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Una patrulla de queda para dar el toque

La Policía Local recorre las calles casi desiertas en una noche que se salda con una multa y las excusas de los noctámbulos

Arriba, un vecino explica a los agentes sus razones para estar fuera de casa pasada la medianoche. A la izquierda, el furgón se dirige a identificar a un viandante. | Julián Rus

Arriba, un vecino explica a los agentes sus razones para estar fuera de casa pasada la medianoche. A la izquierda, el furgón se dirige a identificar a un viandante. | Julián Rus

“Tenemos orden de ser comprensivos”, explica el subinspector Bernardo de la Policía Local mientras se sube a uno de los furgones que controlan el cumplimiento del toque de queda. Especialmente durante las primeras noches. Son las 00.00 horas y las calles ya están prácticamente desiertas. El tráfico, salvando taxis, equipos

Los pocos coches particulares que circulan al dar las doce lo hacen con prisa, casi todos de vuelta a sus domicilios. Oviedo, en jerga policial, se divide en dos secciones cortadas por la calle Uría, y al furgón “Charly–2” le ha tocado “la zona alta”. El equipo hace el primer alto en la plaza América. Allí, dos jóvenes se despiden y dos de los agentes bajan del furgón. Vienen de un bar que, sospechan, ha cerrado algo más tarde de lo preceptivo. En teoría a las 23.00 horas debería haber echado el cierre. Pero, pocos minutos después de que las agujas diesen las doce, hay un leve goteo de viandantes con la misma procedencia.

Mientras el subinspector apremia a los jóvenes a volver a sus casas, pasa un hombre al que se dirigen con los mismos términos.

–Buenas noches, ¿de dónde viene?, pregunta Bernardo.

–Estoy volviendo a casa, responde el hombre, que no hace ademán de detenerse.

–Oiga, ¿No sabe qué no se puede estar por la calle a estas horas? Insiste el agente.

–¡Que te den!

–¿Qué ha dicho?

El hombre se baja la mascarilla y repite la frase. Esta vez un poco más despacio. Un poco más alto. Craso error. Los agentes le requieren el DNI. Uno de ellos le toma los datos, mientras el subinspector le informa de las sanciones a las que se enfrentará. Saltarse el toque de queda, quitarse la mascarilla y “la coletilla” de las formas. Más de mil euros por la broma de saltarse las restricciones contra la pandemia. El vecino les requiere las identificaciones y amenaza, móvil en mano: “mañana lo sabrá vuestro jefe”. Los agentes se sonríen ante la provocación.

Ya en el furgón. Los policías le observan sacar las llaves y entrar en su portal. No dan crédito. “Si no se hubiese puesto así no se llevaría la receta, pero...”, dice uno de ellos. El que se sienta en la parte trasera del furgón explica que la gente está “muy irascible”. No estamos acostumbrados a vivir en un “estado policial”. Y, la noche, ahora, es territorio de los cuerpos de seguridad. Las calles estarían prácticamente desiertas de no ser por las incesantes luces azules que se ven al final de las vías y reflejadas en los escaparates de la ciudad. El último intento de toque de queda en España tuvo lugar el 23 de febrero de 1981, cuando se produjo el fallido “tejerazo”.

Aparece un coche conducido por un puertorriqueño que dice venir de Santander. “Mi mujer me echó de casa”, asegura

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El furgón sigue circulando a baja velocidad por “la zona alta”, entre anécdotas de otros servicios nocturnos y la cadencia de la radio policial de fondo. Es “una noche fea, con poco movimiento; pero como tiene que ser. El fin de semana seguro que será diferente”, explican. Este viernes “seguro que nos toca desarticular alguna fiesta en algún domicilio”, relata el subinspector. “Esos sí que van de fiesta, que llevan luces y todo”, señala el conductor del vehículo refiriéndose a un coche patrulla de la Policía Nacional.

Según va avanzando la noche, el movimiento es menor. Por las calles casi no hay nadie. Y quien se deja ver tiene las más variopintas razones para hacerlo. Los agentes, verdaderamente, son comprensivos. Un joven –que no lleva reloj– explica a las 00.30 horas que viene de cuidar a su madre enferma, que vuelve a su domicilio, donde reside con su pareja. El DNI no lo tiene porque lo perdió el día del Barça–Madrid. Le apremian a volver a su domicilio. Uno de los agentes, declarado madridista, bromea con que la pérdida del DNI en fecha tan señalada estaba “de sobra justificada”.

Un momento del patrullaje Julián Rus

De lejos, pasada la una de la mañana, el furgón avista a otro ciudadano que camina con parsimonia. Le dan el alto. Resulta ser inspector de residuos y encontrarse en plena jornada laboral. Los agentes le dan las buenas noches y prosiguen con la patrulla. La radio policial habla de un robo de un Seat blanco en Avilés con el que los delincuentes, después, dieron “un palo en Lugones”. Ante la posibilidad de tener algo de acción si “la banda del Seat o unos imitadores” se dirigiesen a la ciudad, los policías redoblan la atención al escaso tráfico rodado.

En la plaza de la Libertad los agentes dan el alto a un turismo de color rojo. El furgón da las luces y se sitúa paralelo al deportivo. Un ciudadano puertorriqueño cuenta que viene “de Santander”. Los agentes se miran unos a otros sorprendidos y le preguntan que cómo ha llegado hasta Oviedo, estando tanto la Comunidad como la ciudad bajo un cierre perimetral. El joven se encoje de hombros y explica que discutió con su mujer y que, horas antes del encuentro, ella le echó de la casa. El reloj marca la una y media de la mañana y se muestra un poco perdido. Viene a casa de una prima y pregunta que “si está muy lejos la calle Benjamín Ortiz y si por allí podrá aparcar”.

Los policías durante la noche Julián Rus

Poco después, en la calle Toreno un hombre vestido de negro se sube a un monovolumen y arranca en dirección a la plaza de América. El furgón sigue el mismo procedimiento. Al situarse a su altura el subinspector se dispone a hacerle al conductor las mismas preguntas que lleva haciendo desde que comenzó la patrulla, pero la primera respuesta le vuelve a descolocar.

–Buenas noches ¿de dónde viene?

–De la adoración nocturna. De rezar por todos ustedes.

–Ah, pues muchas gracias. Circule, concluye el policía. El conductor le recrimina en tono bromista que se está “ablandando”. Los agentes prosiguen con una patrulla que se va volviendo más monótona según pasan las horas y que no terminará hasta las cinco de la mañana. “Yo conocía muchos adoradores de la noche, pero a ningún adorador nocturno”, resume uno de los policías mientras se dirigen a realizar un control. De los segundos hay pocos, y de los primeros cada vez menos.

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