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Yolanda Vidal, un pulso diario a la esclerosis múltiple

La edil de Ciudadanos, baja en el Ayuntamiento por una recaída, cuenta veinte años de lucha contra la enfermedad

Yolanda Vidal, esta semana, en la redacción de LA NUEVA ESPAÑA. | Irma Collín

Yolanda Vidal, esta semana, en la redacción de LA NUEVA ESPAÑA. | Irma Collín

La primera vez que un médico le habló a Yolanda Vidal de esclerosis múltiple, estuvo días llorando hasta que su madre la sacó a rastras de casa y la plantó delante de la Catedral. Veinte años más tarde, a la concejala saliente de Ciudadanos se le escapa una lágrima si lee la despedida que le ha escrito su compañero de partido y consistorio Luis Pacho, pero no cuando tiene que anunciar que deja el Ayuntamiento por problemas de salud.

Yolanda Vidal (Mieres, 1969) puede emocionarse por el cariño recibido estos días, pero no autocompadecerse por el camino recorrido desde aquel mediodía de agosto del 2000 en que se desmayó en medio de la calle Uría. Ni por el que le queda por recorrer.

Esta historia empieza cuando la docente más joven de España, dando clase en el conservatorio desde los 19, brillante pianista acompañante, tenía treinta años y acababa de pasar una varicela que le había dejado cierta jaqueca y una molestia en el ojo izquierdo. Cuando despertó, la llevaron al HUCA y relató aquellos síntomas y el colapso, el médico de urgencias dijo: “o es esclerosis múltiple o un tumor cerebral”.

El médico de urgencias dijo: “o es esclerosis múltiple o un tumor cerebral”

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Después de las resonancias, potenciales evocados y una punción lumbar que le dejó tocada, no había tumor y sí un diagnóstico de posible esclerosis. “Lo llevé muy mal, mi conocimiento de la enfermedad era nulo, me sonaba a telefilme malo de Antena3 en el que la pobre chica se queda en silla de ruedas de un día para otro. Tu esquema vital se va al garete y te preguntas. ‘¿Y que hago yo ahora?’”.

Quien hizo mucho y bien fue su madre, Paquita Valles, de Santa Rosa, Mieres. Aquel día que se cansó de ver a su hija llorando como una magdalena en el sillón. Le mandó que se pusiera unas zapatillas y saliera de casa. Le obligó a ir de Ciudad Naranco a la Catedral. Y allí, en la plaza, le dijo unas palabras que desde entonces han sido su mandamiento: “Llora todo lo que quieres ahora si te atreves porque va a ser lo último que llores. No te quiero ver regalar ni un minuto a una enfermedad con la que vas a tener que vivir toda la vida”.

Yolanda Vidal rescata todos estos recuerdos en un relato vivaz, luminoso, con un hablar alto y rápido, como si en el hecho de contar su pulso a una enfermedad degenerativa crónica estuviera ya parte del triunfo. A los tres días de haber renunciado como concejala de Educación por una recaída que le ha afectado ahora la movilidad del brazo y la mano derecha, mantiene esa convicción materna inculcada a sangre y fuego: “La vida no se va a parar por los brotes. Yo, de lo único que me he bajado, es de los tacones. Salgo todos los días, no dejo de pintarme la raya. Día a día y siempre adelante”.

“La vida no se va a parar por los brotes. Yo, de lo único que me he bajado, es de los tacones. Salgo todos los días, no dejo de pintarme la raya. Día a día y siempre adelante”

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Cuatro años siguió Yolanda alternando clases en el conservatorio y giras por el mundo, del Metropolitan a Buenos Aires, hasta que un día, tomando un café con su amigo Jota Jota en una cafetería de la calle Jovellanos, perdió la vista de golpe. Fue un mes en el hospital para recuperarse medianamente de aquella inflamación que la había afectado de nuevo a la vista, pero de forma más generalizada.

Los brotes de la esclerosis (una especie de cortocircuitarse los cables del cerebro, pues la enfermedad destruye la mielina, que es la sustancia que recubre y protege las neuronas) se recuperan poco a poco en una primera fase. El tratamiento habitual son los corticoides. Yolanda todavía arrastró aquel 2004 algunas secuelas. Los colores se le habían palidecido y una amiga le preguntó en un concierto de Josep Pons en el Campoamor qué hacía con esos zapatos amarillo pollo que ella creía marfil. En octubre de ese año acompañó a Mariola Cantarero y notó, cuando preparaba las obras de Granados, Donizetti, Rossini, que fallaba en la lectura a primera vista de la partitura y fallaba en algunos saltos de la mano izquierda.

Pero la vista volvió y aquella fue, casi, la mejor temporada en su carrera como pianista. Viajó por todo el mundo durante cinco años, y pese a que se había confirmado el diagnóstico de esclerosis, esta vez no hubo ni depresión ni llanto. Al revés, se cuidó poco entre viajes y clases. Y otra vez cerca de la Catedral de Oviedo su vida dio otro vuelco. No por lo previsible menos accidentado. Tomaba el café con Alfonso, su pareja, y un embarazo de nueve meses en la calle Jesús cuando rompió aguas. Cuarenta años y esclerosis era un embarazo de riesgo y nadie se atrevió a ponerle epidural. Puede que aquel esfuerzo físico tuviera algo que ver, pero durante los dos años siguientes la sillita de su hijo Álvaro fue convirtiéndose en un apoyo para caminar casi sin darse cuenta. La enfermedad había entrado en otra fase, la progresiva. Caminaba cada vez con mayor dificultad y todavía durante unos años aguantó como pudo. Fueron, dice, los peores. Cuando acabó por subirse a la silla de ruedas fue “como meterse en la nave de Star Wars”. Se sintió aliviada y mucho más capaz en el día a día. Durante los primeros años de crianza agradeció al director del conservatorio, Fernando Agüeria, que la pusiera en la secretaría y le aliviara la docencia. Le costaba más tocar el piano, por los pedales, aunque hoy, retirada de los recitales, dice que no añora aquella vida. Tuvo la suerte de empezar muy joven y está satisfecha de su carrera. Hizo mucho y lo hizo bien. Ahora disfruta de la música de otra forma. “Dejó de tocar, pero la música es mi vida, nunca la dejaré”. La escucha, lee la partitura. la prepara, y la degusta en los conciertos de otros.

Su paso a la política era otra vuelta de tuerca a ese polvorín que lleva dentro. Quizá no calibró, lamenta ahora, que entre tanta silla de ruedas y su aversión al deporte y la rehabilitación, la enfermedad podía resentirse. De ahí su retirada del Ayuntamiento después de año y medio gestionando la concejalía de Educación.

–¿Planes?

–No muchos. He tomado conciencia de mi familia, mi vida, mi deterioro y mi edad. Mi objetivo a corto plazo es la recuperación. Una forma de solucionar los grandes problemas es ir poco a poco. No puedo pensar más allá.

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