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Una ciudad deslumbrante

Una exposición fotográfica que retrata el pasado de Oviedo y refleja cómo perdió su ruralidad a favor de la política del Ensanche

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“La ciudad despierta”: Memoria gráfica de siglo y medio de historia de Oviedo

La exposición “La ciudad despierta. Oviedo en la colección fotográfica del Museo del Pueblo de Asturias. Homenaje a Francisco Quirós Linares”, en la sala Sabadell Herrero, debe ser valorada como un acontecimiento en la ciudad. En ella se muestran más de seiscientas fotografías históricas de Oviedo, fechadas entre 1858 y 1978. Curiosamente ese aparato gráfico procede de Gijón, del reputado como mejor museo de España en su género, el Museo del Pueblo de Asturias. La exposición es un logro de este museo, dirigido por Juaco López, su comisario, Francisco Crabiffosse, y las instituciones que la patrocinan. Con ella se rinde homenaje al desaparecido catedrático de Geografía de la Universidad de Oviedo Francisco Quirós Linares, partícipe destacado en la obtención de los fondos fotográficos del museo, que fue una autoridad en el conocimiento de las ciudades del pasado, para quien las viejas instantáneas representaban un apoyo inestimable en la tarea fascinante que es la interpretación del paisaje urbano.

La amplitud cronológica del material exhibido, la variedad de autores, soportes y finalidades, así como la diversidad temática, multiplican exponencialmente el valor informativo y el poder de evocación. Tanto las imágenes de motivo arquitectónico o monumental, como las vistas urbanas y de los contornos, cobran mayor sentido al relacionarlas con las estampas de los ambientes cotidianos (los trabajos y los días), la excepcionalidad de las celebraciones y acontecimientos, los motores de vida y las expresiones del atraso o el progreso, más los retratos de los miembros (casi siempre prominentes) de la comunidad. El conjunto resultante admite muy diversas lecturas, incluso contradictorias entre sí. Viene a recordarnos que últimamente han decaído las investigaciones sobre el desarrollo contemporáneo de Oviedo, aunque quedan etapas recientes y aspectos sustanciales por estudiar. El visitante percibe con nitidez la sucesión de modelos urbanos y la intensidad del proceso de modernización, con el cual la ciudad antigua fue perdiendo su ruralidad, ganó el Ensanche, los paisajes industriales y las experiencias de ciudad jardín, hasta que la devastación bélica facilite la entrada del urbanismo funcional de los polígonos, las torres y los bloques. El crecimiento quizá no resulta tan llamativo como la continua reconstrucción o adaptación del viejo recinto, donde quedan estratos superpuestos de distinta generación, formalmente muy ricos. Los escenarios urbanos desaparecidos a causa de la guerra civil u otras razones, así como los elementos y conjuntos supervivientes, ponen en evidencia que las ciudades españolas eran, hasta mediados del siglo XX, mucho más parecidas a las de Europa Occidental.

La plaza del Sol en 1920.

La plaza del Sol en 1920.

Nada más acertado que el título de la exposición, “La ciudad despierta”, para una población culta, con ambición de gran ciudad, a la que llegaban enseguida las novedades a pesar de su situación ultra periférica. Los errores cometidos y las oportunidades perdidas no fueron pocos, siendo muy de lamentar por ejemplo la ausencia de una calle importante con soportales en el Ensanche, o el abandono del proyecto para desarrollar un paseo y fachada urbana noble mirando al Aramo, entre San Lázaro y El Cristo, en los años veinte. Pero lo cierto es que todas las épocas dejaron herencias de enorme interés, cuya suma determina la personalidad geográfica y la identidad urbana. El Oviedo del primer tercio del siglo XX aparece como una ciudad deslumbrante con sus villas primorosamente ajardinadas, de tan corta vida casi todas, el empaque de sus edificios y espacios públicos, la trepidante vida social, así como un opulento y refinado comercio; quizá brillaba aún más por contraste con la parte correspondiente a los desheredados, que raramente fue retratada en forma directa. Hubo, por el contrario, interés en captar el cosmopolitismo de la arquitectura y el urbanismo, cuyo cénit se situó entre 1900 y 1930. Pero incluso en tiempo posterior a la guerra civil, la tragedia vivida y unas difíciles condiciones materiales no impidieron que se siguieran manejando referencias del exterior, gracias a las cuales pueden encontrarse edificios parecidos a las viviendas sindicales de Vallobín en lugares tan lejanos como Chicago, y construcciones semejantes a la Facultad de Ciencias en Seattle. El legado de la reconstrucción es por cierto un recurso cultural del que la ciudad no saca partido.

Una imagen de Buenavista en 1960.

Recomiendo especialmente a los más jóvenes visitar la exposición, reconocerse en el pasado rural que transmiten muchas de las imágenes o sentir la fuerza del bastidor natural que asoma en otras, a través de la fronda y el vigoroso relieve. La muestra exhorta a participar de la cultura conservacionista y colaborar en la obra colectiva que es la ciudad. El primer paso consiste en practicar la lectura de los paisajes, extrayendo en ellos las claves fundamentales que permiten obtener enseñanzas del pasado. Una de ellas parece decirnos que los edificios más dispares conviven a veces o se reconcilian entre sí mejor que las personas. Tampoco debemos ignorar que los paisajes actuales son el observatorio privilegiado para la comprensión de nuestras tensiones y conflictos. Aparte de eso, el visitante de más edad sentirá sin duda la emoción de los recuerdos que, en mi caso, se inician precisamente en la fecha de las últimas fotografías. Inesperadamente volvió a mí el olor de la panadería El Molinón (calle del Águila), en el entorno de la antigua Facultad de Letras de la plaza de San Vicente; el olor a quemado de los autobuses de Traval cuando llegaban arriba de la cuesta de la Vega. Recuperé la estampa de las casas negras contra la lluvia incesante, los chigres oscuros y los enormes rótulos de los comercios del centro: La Amistad, Al Pelayo, Ural, Botas.

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