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El Carbayón, el Oviedo que fue y el que pudo haber sido

La exposición “La ciudad despierta”, con fotografías del Muséu del Pueblu d’Asturies y un merecido homenaje a Francisco Quirós, aviva el interés ciudadano y bate récords de visitas

El Carbayón en la calle Uría, 1879. | Fernando del Fresno

El Carbayón en la calle Uría, 1879. | Fernando del Fresno

Sucedió el 2 de octubre de 1879, en medio de una gran polémica ciudadana y con los partidos políticos divididos. El Carbayón, “el árbol secular y sagrado de la ciudad”, en palabras de Fermín Canella, fue talado. El viejo roble de la calle Uría caía víctima, una vez más, de la modernidad mal entendida, aquella capaz de sacrificar un símbolo ciudadano de seis siglos para hacer una calle recta. El árbol fue inmolado, pero los ovetenses reivindicaron su memoria y su historia, y lucen con orgullo, desde entonces, el gentilicio de “carbayones”.

Que una ciudad tenga como referente y símbolo un árbol, dice algo de su amor por la naturaleza. La exposición “La ciudad despierta”, organizada por la Consejería de Cultura y que se exhibe con enorme éxito de público en la sala del Banco Sabadell, abre con una imagen del Carbayón, realizada por Jean Laurent en 1862, una selección de 651 fotografías de Oviedo que pertenecen a la colección del Muséu del Pueblu d’Asturies.

El comisario, Francisco Crabiffosse Cuesta, asegura que la tala de este magnífico ejemplar fue precedida y seguida por un derribo indiscriminado de árboles autóctonos realizado en el campo San Francisco, denunciado reiteradamente por periódicos como “El Carbayón” o “La Voz de Asturias”, en medio de un gran clamor popular en contra. Uno de los periodistas que más destacó por sus denuncias, en los años veinte del pasado siglo, fue Gil Nuño del Robledal, quien escribió en “La Voz de Asturias” contra las podas, las talas y la no plantación de nuevos árboles.

Precisamente en “El Carbayón” se publicó en el año 1887, como anónimo de la emigración, un poema contra la tala del roble ovetense, que acompaña a la foto. Crabiffosse cree que el texto está escrito en La Habana y aventura que su autor podría ser Perfecto Usatorre, Nolón, amigo de Teodoro Cuesta. Dice así:

En Oviedo nació, siglos enteros.

La fama de su nombre pregonaron;

Carbayones de Oviedo apellidaron

A los hijos de Oviedo bullangueros.

Recordarán los siglos venideros

Bajo el cielo ovetense su memoria.

Allí cayó, donde vivió con gloria,

Y al caer, una voz, una armonía,

Oyóse entre sus ramas que decía:

No morirás en la ovetense historia.

La exposición atrapa épocas y momentos de la ciudad entre los años 1858 y 1978 y es un homenaje a Francisco Quirós Linares (Zamora, 1933- Oviedo, 2018), maestro de la Geografía española, catedrático de la Universidad de Oviedo y pionero en el estudio de las ciudades. Un merecido y oportuno recuerdo a una personalidad tan brillante en lo profesional como discreta en lo personal, magnífico universitario y buen conocedor de Asturias.

Autor, entre otras obras, de “El crecimiento espacial de Oviedo”, el profesor Quirós concedía una gran importancia al conocimiento de los procesos históricos en la interpretación de los planos de las ciudades y, en esa transformación, daba un gran protagonismo a la fotografía como documento fundamental para conocer ese desarrollo. Él fue uno de los apoyos de Xuaco López, director del Muséu del Pueblu d’Asturies, en la formación de la colección de fotografía de la institución, formada en la actualidad por cerca de dos millones de imágenes. Supo ver, como indicó Xuaco López el día de la inauguración, “el valor de la cultura material y de la fotografía en una época que no interesaba a nadie”.

Este protagonismo de la imagen en la investigación puede apreciarse en dos fotografías de Feliciano Pardo, en las que se ven las casas de la antigua plazuela de la Catedral y marcados en lápiz rojo los datos de las viviendas, su localización y el nombre de sus propietarios, empleadas para su expropiación. Ambas formaban parte de la colección propia de Francisco Quirós.

Entre 160 y 240 personas están visitando a diario la muestra, lo que indica lo acertado del consejo de Francisco Quirós a Xuaco López, y la importancia que ha ido adquiriendo el Muséu del Pueblu d’Asturies como custodio fundamental e imprescindible de nuestra memoria popular. Tanto que, como ya ha sucedido en otras exposiciones, ha generado nuevas donaciones y el Muséu volverá a su sede, en Gijón, con más imágenes de Oviedo y de ovetenses. Es una pena que no se haya hecho un catálogo de la misma.

El Carbayón en la calle Uría, 1879.

Y es una buena ocasión para recordar que esta institución, que custodia la memoria de nuestro pequeño país, está apoyada económicamente solo por el Ayuntamiento de Gijón. Tal vez ha llegado el momento de que la Consejería de Cultura sea más decidida en su apoyo a este extraordinario museo de ámbito regional, con el objetivo de facilitar la tarea de conservación y difusión del importante patrimonio que alberga. Y que ayuntamientos como el de la capital del Principado –el Muséu dispone de una amplísima colección de fotografías de Oviedo y de un valioso catálogo de fotógrafos ovetenses– se planteen la posibilidad de firmar un convenio, que podría traducirse en exposiciones, ediciones de libros o estudios que contribuyan a un mejor conocimiento de lo propio.

El Muséu presentará próximamente en su sede, en Gijón, una exposición del fotógrafo ovetense aficionado Edmundo Lacazette Areces. Y, en esta ocasión, sí habrá catálogo.

El día de la inauguración de “La ciudad despierta”, el Ayuntamiento de Oviedo, inexplicablemente, no estuvo representado. Si asistió, en cambio, el concejal de Cultura de Gijón, Alberto Ferrao, junto a los representantes de las instituciones organizadoras. La prórroga de la muestra, un mes más de lo inicialmente previsto, permitirá a los miembros de la Corporación ovetense que no lo hayan hecho seguir el ejemplo de la ciudadanía y acercarse a conocer el pasado de la ciudad que representan.

Las más de seiscientas fotografías que se cuelgan en la sala del Banco Sabadell, realizadas por profesionales y aficionados –algunas de gran calidad y modernidad–, fruto de una cuidada y pensada selección de Francisco Crabiffosse, nos muestran el Oviedo que fue y sugieren el que pudo haber sido y el de las oportunidades perdidas.

Más de un siglo –en realidad, ciento veinte años– en el que la ciudad vivió y padeció acontecimientos históricos como la Revolución de 1934, que destruyó buena parte de su fisonomía, o la Guerra Civil; un tiempo de burguesía y burgueses con sus palacios y buenas casas, con comercio y hoteles de nivel europeo, que convivían con las lavanderas de la fuente de la Foncalada, los vecinos de las casuchas de la plaza de la Catedral o el antiguo mercado del Progreso; una etapa de moderno desarrollo urbano, en el que buenos proyectos y nuevos barrios se mezclaron con otros en los que la piqueta municipal y los intereses económicos ayudaron a perfilar otra ciudad, con destrucción de algunas de sus mejores señas de identidad. Hay numerosos ejemplos además del Carbayón y, quizás el segundo más doloroso sea el derribo del acueducto de los Pilares, en 1916, como recientemente ha recordado en estas mismas páginas Carlos Fernández Llaneza. Solo la Catedral y su bella torre parecen anunciar su victoria ante el paso del tiempo.

La ciudad de antes nos sitúa ante la ciudad de hoy. Vieja, no sólo por historia sino porque se ha quedado sin jóvenes; con nuevos retos espaciales necesitados de conocimiento, visión de futuro y colaboración institucional; decadente y llena de locales cerrados, a la que la pandemia ha añadido pobreza y tristeza. Una urbe que, pese ello, sigue viva, con hombres y mujeres que trabajan cada día para precisar la imagen del Oviedo del siglo XXI.

Aquel árbol de gran porte y perteneciente a una especie robusta que hoy sobrevive en el recuerdo, sigue siendo el símbolo de los carbayones. El enraizamiento de un roble suele ser profundo y su hoja de un verde intenso, el color de la esperanza. Como dice el poema del inicio: “No morirás en la ovetense historia”.

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