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El perfil de Conchita Quirós, librera por vocación, pionera por actitud

La propietaria de Cervantes fue una mujer luchadora y polvorilla, con una enorme voluntad de colaboración con sus colegas

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Conchita Quirós, propietaria de la Librería Cervantes: una vida en imágenes

Subía caminando desde las escuelas del Postigo, donde cursó sus primeros estudios, hasta la calle Doctor Casal, donde estaba la librería de su padre. Allí estaba Angelín el de María y sus amigos Paco y Manuel, que echaban una mano y de paso leían todo lo que podían. Los tres eran diez años mayor que la pequeña Conchita, pero hicieron buenas migas. Con el tiempo ella sería una de las libreras más importantes de España y ellos pasarían a ser Ángel González, Manolo Lombardero y Paco Ignacio Taibo.

Pero volviendo a la infancia, a los años 40, y a la librería Cervantes que Alfredo Quirós había fundado en 1921. Cuando a Conchita le preguntaban qué quería ser de mayor, siempre decía lo mismo: "De mayor quiero leer". Y lo decía con las manos negras como una carbonera. La tinta de los libros, el polvillo negro, lo manchaba todo y puede que incluso sea el origen del asma que Conchita Quirós arrastra desde hace mucho.

Allí empezó todo, en aquel pequeño reducto de libertad que siempre fue Cervantes, un espacio que marcó la historia de Oviedo. ¿Serían aquellos tres chavales lo que fueron después si no hubiese existido la librería de don Alfredo, si aquel librero liberal casado con una maestra y con cuatro hijos no les hubiese dejado trastear entre libros?

La niña siguió estudiando, acabó en la escuela y pasó al instituto que estaba en General Elorza, había nacido un año después de la Revolución de Octubre y un año antes del estallido de una guerra incivil. Pero su padre le enseñó que los libros, que la literatura, está por encima de cualquier contienda y que todo se explica en letra impresa.

Conchita fue la única de los cuatro hermanos que optó por las letras, ya que quería seguir la senda de su padre. Una bióloga, un ingeniero de minas y un economista completan la nómina de los hermanos Quirós. Así que Conchita tiró por la rama de sus padres. Era librera de profesión oficialmente desde 1957 y de vocación desde niña, pero maestra de titulación (su madre sí que ejerció). Estudió Magisterio y Filosofía y Letras, pero ella quería ser librera. Cuando acabó los estudios, recibió una beca para ampliar conocimientos en París. En la capital francesa había cursos de formación para libreros y ella quería estar allí. Se lo propuso a su padre, un hombre liberal y de mente abierta, pero... De aquella, en la segunda mitad del siglo XX, con España viviendo una dictadura, a París sólo iban las chachas y las putas, así que a don Alfredo no le hacía mucha gracia. Conchita entendió a su padre y llegó a descartar la idea, pero el librero finalmente la animó y allá se fue la joven ovetense a estudiar y a trabajar en una librería, una experiencia de esas que conforman a la persona. Fue el primero de muchos viajes.

Conchita nunca dejó de trabajar junto a su padre. No entendió nunca la vida sin un libro, de papel, en las manos.

La estancia en París devolvió a Oviedo a una mujer más adulta, más independiente. Se compró un coche y fue la primera mujer que circuló al volante por el Oviedín del alma. No era fácil esquivar miradas y comentarios de censura por tal atrevimiento. Uno de ellos le ha quedado grabado como anécdota divertida, pero que en realidad desprende el tufo machista de la época. Conchita pasaba todos los días en coche por el mismo sitio, un lugar en el que había un guardia que le abría paso entre el resto de conductores y le decía con displicencia: "Muy bien, muy bien, ánimo, hoy lo haces mejor que ayer".

Pero no era Conchita mujer de echarse para atrás ante las críticas o los envites de la vida. Lo heredó de su padre, un tipo que tenía muy clara su obligación como librero. Un ejemplo. Cuando se publicó "Nosotros, los Rivero", de Dolores Medio, los libros no llegaban a Oviedo, así que Alfredo Quirós tomó un tren y se fue a buscarlos. Volvió cargado de cajas a la estación del Norte y puso a disposición de los ovetenses un libro que no estaba previsto que llegase a su escenario natural hasta dos días después. Esa actitud es la que heredó su hija Conchita, que nunca dejó de hacer "reboticas" en su librería, ahora un poco más abajo en Doctor Casal y mucho más grande que la que heredó de su padre, fallecido en 1995.

Mujer luchadora y polvorilla, con una férrea mano izquierda para tratar a sus enemigos si los hubiera, pero también con una enorme voluntad de colaboración con sus colegas. Leyó tanto y se formó tanto que su criterio estaba por encima de toda duda, tan es así que en 2014 la convocaron como jurado del premio "Alfaguara" de novela, uno de los más prestigiosos de España. En el acto se iba presentando a los miembros del jurado, nadie sabía quiénes eran; a Conchita la llamaron la última y entonces el salón en pleno se levantó y prorrumpió en un gran aplauso. Fue una de las mayores satisfacciones que ha tenido en los últimos años, recibir el reconocimiento de los suyos, de gente a la que ella ni siquiera conocía pero para los que era un referente en la literatura española.

A sus 80 años decidió dejarse el pelo blanco y no teñirse más. No era mujer vanidosa pero sí coqueta. Incluso en sus últimos años, hacía gala de una vitalidad que la permitía viajar en tren a Madrid por la mañana para comer con una autora y regresar esa misma tarde sintiéndose "un poco cansada" tras diez horas de viaje. La fuerza de esta mujer era tal que, en los últimos años, preparaba sin descanso los actos del centenario de Cervantes. Ahora, el equipo de la librería Cervantes y El Búho Lector se ha conjurado para que este "primer centenario", como a Conchita le gustaba definirlo, se convierta en un homenaje a su persona.

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