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El hospicio de Oviedo servía de centro de reclusión para mendigos, según una tesis

“En el siglo XVIII, la capital de Asturias era una ciudad pequeña pero no atrasada, estaba dotada de una vida urbana”, afirma Alberto Morán

El antiguo hospicio, hoy Hotel de la Reconquista, en una imagen de 1918.

El antiguo hospicio, hoy Hotel de la Reconquista, en una imagen de 1918.

El antiguo hospicio de Oviedo, edificado en el tercer cuarto del siglo XVIII por Isidoro Gil de Jaz, complementaba sus funciones como residencia para niños huérfanos y expósitos con la de centro de reclusión para “pobres mendigos”, personas de cualquier edad que tenían que cumplir en el recinto una pena por mendigar. Esa es una de las revelaciones de la tesis doctoral “Pobreza y asistencia en Asturias durante el siglo XVIII: el modelo de la ciudad de Oviedo”, defendida días atrás en la Universidad de León por el historiador langreano Alberto Morán Corte. Un trabajo que arroja una visión renovada sobre la ciudad en la Edad Moderna y sobre su sistema asistencial.

“Oviedo era una ciudad pequeña, pero no atrasada. Ya a principios del siglo XVII se empieza a ver una masa muy potente de artesanos, de profesiones liberales, de trabajos relacionados con la administración, de un importante sector terciario... Igual que pasa en la mayor parte de las ciudades de Castilla, Aragón y Europa, solo que a un nivel más pequeño. Pero sus rasgos son claramente urbanos, y era una ciudad que estaba dotada de una cierta vida urbana”, sostiene el historiador.

“Por un lado, llevaban allí a huérfanos en edad infantil y a niños expósitos, que habían sido abandonados, y luego a los que Gil de Jaz denominaba ‘pobres mendigos’: hay niños, pero sobre todo personas mayoritariamente adultas, en edad de trabajar”

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Sobre este marco, Morán estudia la política asistencial de la ciudad. “Aunque había una cierta vida urbana, la pobreza era estructural. Pero eso pasa igual en Asturias y en Madrid o en Levante”, sostiene. En Asturias, en cualquier caso, Morán encuentra una singularidad: “La mayor parte de los hospitales eran de fundación particular, cuando en otras zonas del noroeste peninsular suelen ser de fundación eclesiástica”.

Además de los hospitales, en la ciudad proliferaban las llamadas “limosnas institucionales”, que otorgaban el Cabildo catedralicio y el Ayuntamiento, y que Morán rastreó en los libros de actas. “Se recogen casos como el de la viuda de un antiguo empleado del Ayuntamiento, al que se otorga una limosna porque no puede pagar el alquiler, o de las huérfanas de un antiguo trabajador de la Catedral. Suelen ser personas que piden dinero porque están en un momento de pobreza coyuntural”, reflexiona Morán.

Alberto Morán.

Alberto Morán.

Pobres mendigos

Estas prácticas asistenciales se complementan con la labor de los hospicios. Al impulsado por Gil de Jaz en la ciudad, en el edificio que hoy acoge el Hotel de la Reconquista, dedica Morán buena parte de su estudio, aunque lo afronta desde una óptica novedosa: “Quería evitar el estudio institucional de la fundación, hice apenas un resumen, y tampoco entré a analizar los momentos de crisis económica o a identificar quiénes fueron sus directores. Lo que me interesaba era hacer un estudio social del hospicio, no institucional”.

“Mucha de esa gente estaba entrando a la fuerza al hospicio, iban a cumplir una pena: Llegó a funcionar como una cárcel en la que tenían que cumplir equis años. Incluso había gente que se escapaba, o que lo intentaba”

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A partir de las propias ordenanzas del hospicio, Alberto Morán profundizó en su función social y en el tipo de personas que acogía la institución. “Por un lado, llevaban allí a huérfanos en edad infantil y a niños expósitos, que habían sido abandonados. Estas dos clases de usuarios ya habían sido estudiadas, pero hay una tercera, y esto es lo más interesante, que era a los que Gil de Jaz denominaba ‘pobres mendigos’. Y estos ya no son niños: los hay, pero también jóvenes, adultos, viejos, hombres, mujeres... De todo, pero personas mayoritariamente adultas, en edad de trabajar”, explica Morán.

Lo más relevante es que, según se extrae de la documentación exhumada por el historiador, esos “pobres mendigos” no acudían siempre al hospicio de forma voluntaria: “Mucha de esa gente estaba entrando a la fuerza al hospicio, iban a cumplir una pena. No se trataba solo de que, si estabas pidiendo, pudieses entrar a pedir ayuda. Llegó a funcionar como una cárcel en la que tenían que cumplir equis años. Incluso había gente que se escapaba, o que lo intentaba”, relata Morán, que dibuja en su estudio la imagen de una institución similar a las que retrataba Charles Dickens en obras como “Oliver Twist”. “Algo de eso hay”, concede Morán, “es un modelo como el de una ‘workhouse’ inglesa, el mismo modelo de institución ilustrada que pretendía el control de la población. Había cárceles, por un lado, y luego estaba el hospicio, que era una institución a medio camino entre la asistencia y el control, entre la caridad y el castigo”, sentencia.

Una vez defendida su tesis con éxito, bajo la dirección de María José Pérez Álvarez y Alfredo Martín García, Alberto Morán, formado en la Universidad de Oviedo y que se incorporó a la de León mediante un contrato de investigación, ya piensa en su publicación, bien como un estudio monográfico, bien separando la parte de la tesis centrada en el antiguo hospicio de Oviedo.

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