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Roberto Martínez, el malabarista de la barra de 25 años que encandila con acrobacias de vasos y botellas a sus clientes en Trascorrales (Oviedo)

El "barman", de origen leonés, aprendió la técnica a base de ver vídeos y películas: “Vi en internet a gente lanzando botellas. Entonces me dije, ¿cómo es que ellos hacen eso y yo no?"

Un camarero malabarista en Trascorrales: "La gente me pide show" Elena Vélez

“Estamos flipando. Vinimos a celebrar un cumpleaños en ‘petit comité’ y no sabíamos que había show. Es muy chulo. Vamos a pedir unos cócteles para ver cómo nos los sirven”. Cuatro chicas interrumpen de sopetón su charleta en la terraza de un restaurante de la plaza de Trascorrales para quedarse mirando (quizás con la boca abierta, aunque con la mascarilla es difícil saberlo) a uno de los camareros. Roberto Martínez, de 25 años, está en pleno espectáculo de coctelería, o lo que es lo mismo, de “flairtending” o “flair”. Una modalidad acrobática con botellas con la que los especialistas preparan y sirven desde margaritas hasta mojitos pasando por piña colada y gintonic.

El chaval, de origen leonés, aprendió la técnica hace un par de años a base de ver vídeos y películas. “Cuando trabajaba de camarero en León vi en internet a gente lanzando botellas. Entonces me dije, ‘Qué bien se lo pasan. ¿Cómo es que ellos hacen eso y yo no?’. Luego, poco a poco, aprendí por mí mismo”. Roberto se puso manos a la obra en su casa usando primero botellas de plástico y de goma para evitar disgustos y pasando después a las de cristal. Las toallas en el suelo y el césped de su casa familiar se convirtieron en sus mejores aliados para los ejercicios junto a una película de culto de los ochenta: “Cocktail”. Esa en la que Tom Cruise enamora a medio Nueva York trabajando de “barman” en un club nocturno para pagarse los estudios y lanza al aire cocteleras, copas y botellas al ritmo de los “Beach boys”.

El camarero del “Floridita”, en Trascorrales, también estudió en la “Eureopean Bartender School” de Madrid con la intención de ser un camarero de primera e incluso tener su propio negocio. Y llegó a hacerlo. Abrió una escuela de coctelería en Gijón con un amigo, Christian Fernández, pero la pandemia les cortó el grifo y los alumnos y tuvieron que cerrar forzosamente la “Dram Bartender School”. Ahora, mientras su entonces socio ha reabierto la escuela gijonesa, él ha encontrado trabajo en Trascorrales.

“Justo después de la cuarentena quedé libre y me llamó el dueño del local porque tenía un proyecto muy bueno de coctelería con terraza que encajaba mucho con lo que yo hago. Fui a ver el local y me convenció”, explica mientras prepara su bebida preferida, un Pisco sour, una bebida típica de Perú que lleva pisco (destilado de uva), lima, azúcar y clara de huevo, y que se decora con “unas gotinas” de angostura.

Las mesas de la terraza se van ocupando y Roberto interrumpe la entrevista con LA NUEVA ESPAÑA para servir y hacer su show. Enciende un altavoz y pone “Sex bomb”, de Tom Jones. El número acaba cuando logra sostener la copa en el codo y la sirve a un cliente completamente alucinado. “Una persona que viene a tomar un cóctel quiere disfrutar y yo disfruto haciéndolo y sirviéndolo, así que creo que eso se transmite y el comensal lo nota. No es lo mismo que te lleven la bebida a la mesa a que venga el coctelero y te lo sirva con el codo”, comenta el camarero de vuelta a la barra.

La familia y los amigos de Roberto también son sus fans. Él mismo lo dice: “Al principio me decían que me pusiese en un semáforo a hacer malabares. Pero ahora que van viendo progresión me piden show”.

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