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Así es el trabajo de los agentes que velan por el cumplimiento de la normativa sanitaria: “La pedagogía ya no sirve, toca multar”

"Estaba viendo un partido con un amigo", la excusa de un ovetense pillado a las tres de la mañana saltándose el toque de queda

“Un hombre que se saltó el toque de queda nos dijo que era por que estaba rezando por nosotros”. Acompañamos a la Policía Local durante una patrulla anti covid Elena Vélez

“Lamentablemente, la pedagogía ya sirve de poco. Cada vez tenemos que multar más”. La fatiga pandémica, término de nuevo cuño nacido para describir de manera breve el hartazgo de restricciones por parte de la ciudadanía, también tiene consecuencias para la Policía Local de Oviedo. En las últimas semanas, el cuerpo municipal está detectando un aumento de incumplimientos de las normativas sanitarias. Gente sin mascarilla por la calle, fumadores que no guardan distancia y noctámbulos desentendidos del toque de queda demuestran la creciente desobediencia frente a la que la concejalía de Seguridad Ciudadana ha optado por reforzar los operativos a pie de calle con 45 efectivos adicionales e intensificar las sanciones.

Durante cuatro días –de Jueves Santo a Domingo de Pascua– los tres turnos encargados de controlar “los puntos calientes” de la ciudad de cuatro de la tarde a dos de la mañana contarán con entre doce y quince efectivos más cada uno. “Consiste en tener pateando la calle a funcionarios destinados habitualmente a otros menesteres”, explica el subinspector Bernardo González, al que LA NUEVA ESPAÑA acompañó ayer en el estreno de los operativos especiales.

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El operativo especial de la Policía Local para velar por las normas sanitarias. Luisma Murias

La calle Catedrático Miguel Traviesas, zona de “terraceo y tardeo” para muchos jóvenes, fue la primera parada. Cuatro furgones enfocan la calle. Inmediatamente, los responsables del operativo se dirigen hacia un joven que fuma tranquilamente de pie junto a la mesa ocupada por un grupo de amigos. “No puede estar ahí, está incumpliendo la normativa”, indica el subinspector al chico, el cual en un principio no se lo tomó muy bien, provocando la reacción tajante del agente. “Pues nada, está propuesto para sanción”, le espetó el funcionario, consiguiendo la enmienda del denunciado. “Me parece justo, no se puede y no se puede”, reconocía tras aportar sus datos a la autoridad para enfrentarse a una multa que podría quedarse en cien euros.

Una vez comprobado el cumplimiento de las normas por parte del resto de los presentes, la caravana policial se desplaza a otro epicentro de la actividad hostelera. La calle Gascona recibe con sorpresa la cabalgata de furgones azul oscuro. “Por favor, no se puede estar de pie en la terraza, súbanse la mascarilla”, espeta González desde la ventanilla de su vehículo sin rotular, haciendo cundir el pánico entre unos clientes que, de inmediato rectifican su comportamiento irregular. “No es de gusto castigar económicamente a gente a la que igual no le sobra, pero tras más de 25 años en el cuerpo te das cuenta que es lo único que funciona”, confiesa uno de los agentes tras demostrar la efectividad de la amenaza de sanción sobre los ciudadanos.

De repente se encienden las alarmas. Vecinos de La Corredoria avisan de un multitudinario botellón en la fallida plaza de abastos del barrio. Los pilotos de los furgones policiales pisan el acelerador y en unos minutos se plantan en el lugar. Un pequeño grupo de adolescentes sale corriendo, uno de ellos con un balón de fútbol bajo el brazo. Las prisas impiden eliminar las pruebas del delito. Una gran botella de refresco llena de calimocho y unos vasos terminan en la basura. “Retiramos la bebida para que no vuelvan, pero no les seguimos, es algo disuasorio”, comentan sobre un episodio que se repite “unas 15 o 20 veces por semana”.

Ya por la noche, llegan las excusas. “Vengo de ver un partido con un amigo”, le espetó un sancionado por saltarse el toque de queda recientemente a un agente en pleno centro de Oviedo, a las tres de la mañana. “Ahora la liga se debe jugar de madrugada”, bromeó González. Es una de las numerosas anécdotas vividas por los miembros de las brigadas anticovid de Oviedo.

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