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El niño tutelado que se hizo hostelero

Miguel Tejedor, antiguo menor acogido por “Mensajeros de la Paz”, recibió la visita sorpresa del Padre Ángel en su bar: “Dijo que estaba orgulloso”

Miguel Tejedor muestra las fotos con el Padre Ángel. Elena Vélez

“Un café con leche, por favor”. Un hombre de pelo canoso, gafas y mediana estatura entró en un pequeño bar de la calle San Melchor García Sampedro, en Otero, el 17 julio del año pasado para darle una sorpresa al dueño. Entre la mascarilla, la ropa corriente y lo estándar de su consumición, pasó desapercibido en un primer momento. Sin embargo, cuando el hostelero le llevó la taza a la mesa y le miró a los ojos, se dio cuenta de que lo conocía. Llevaban veintiséis años sin verse. El cliente era el Padre Ángel y el dueño del establecimiento, Miguel Tejedor, uno de los miles de niños que han pasado por los hogares de acogida de “Mensajeros de la Paz”.

Miguel Tejedor muestra una escultura de "Mensajeros de la Paz" Luisma Murias

El sacerdote mierense Ángel García Rodríguez, conocido como el Padre Ángel, decidió visitar a Miguel tras recibir la llamada de una amiga y clienta de ese bar -“La Penela”- en la que le decía que uno de sus chicos era una de las personas más queridas del barrio de Otero y además dueño de un bar. El Padre Ángel pasaba entonces unos días en Asturias. Agradeció a la Santina, a las ONGs asturianas; a Protección Civil; a los cuerpos de seguridad; al presidente asturiano, Adrián Barbón; a la delegada del Gobierno, Delia Losa; y a los alcaldes de Oviedo y Mieres, Alfredo Canteli y Aníbal Vázquez, la ayuda y el trabajo realizado "para salvar vidas" durante la primera ola de la pandemia.

“Me dio una sorpresa tremenda. La última vez que le vi fue en 1994, cuando a ‘Mensajeros de la Paz le dieron el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia. Yo, que entonces tenía 19 años, acudí en representación de la asociación a uno de los actos previos a la ceremonia. Fue en la Fundación Laboral de la Construcción, en El Caleyo”, explica a LA NUEVA ESPAÑA el hostelero, que ha colgado un collage en una de las paredes con las fotos de la inesperada visita del Padre Ángel a su local.

Tejedor entró con 12 años en un centro de acogida de menores en Zamora. Estuvo dos años y luego pasó, en la misma localidad, a otro regentado por la asociación fundada por el Padre Ángel. Más tarde, con 17, se mudó a Oviedo a un piso tutelado de la asociación hasta que con 21 se hizo independiente. Prefiere no entrar en detalles sobra las circunstancias que hicieron que Protección de Menores interviniese y le separase de sus padres. “Asuntos familiares”, se limita a decir.

De su estancia por los hogares de “Mensajeros de la Paz” guarda buen recuerdo y amistades para toda la vida. Uno de los educadores que tuvo en Oviedo es el padrino de su hija y otros son clientes habituales. “Llevo trabajando desde los 19 años. Cuando estaba en el piso tutelado, el 40% de mi sueldo era para mí y el otro 60 lo entregaba en la oficina de ‘La Cruz de los Ángeles’ (la primera asociación fundada por el Padre Ángel). Cuando me marché a vivir solo me dieron una cartilla con ese dinero ahorrado: 300.000 pesetas. Una pasada”, relata.

Tejedor regenta el bar “La Penela” hace 18 años, pero trabaja en el entorno desde hace más, siempre en hostelería. Tiene pareja y una hija y trabaja él sólo en el establecimiento. “Voy tirando, que tal y como están los tiempos ya es bastante”, comenta. Acostumbrado a luchar, aprovecha la ocasión para llamar la atención sobre los chavales que viven en riesgo de exclusión: “Hay muchas familias pasándolo mal aquí mismo. Guajes con unos problemas y unas carencias tremendas a los que hay que ayudar. Detrás del comportamiento de un chico adolescente suele haber traumas y vivencias muy duras. Eso les pasa a los de aquí y a los que vienen de fuera. Todos los chicos en situación de exclusión social merecen respeto, comprensión y ayuda”.  Para Tejeder, la labor de los educadores de los hogares de menores y pisos de acogida está poco reconocida: “Yo mismo no valdría, hay que saber empatizar y reconducir comportamientos”.

La visita del Padre Ángel hizo que ambos recuperasen el contacto. El sacerdote le envió una carta de felicitación por su negocio en la que le decía “que estaba orgulloso y lo mucho que le había prestado verme”.

Ahora, el bar luce las fotos del fundador de “Mensajeros de la Paz” y una pequeña escultura de la asociación con la filosofía del Padre Ángel como lema: “Sólo ante Dios, un niño, un anciano y una persona sin hogar, debemos ponernos de rodillas”.

 

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