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“Podemos quedarnos sin Naranco”, claman los autores de un estudio sobre el monte

Carlos Fernández Llaneza, Tomás Emilio Díaz González y Manuel Gutiérrez Claverol instan en su obra a retirar eucaliptos y actuar sobre las canteras

Por la izquierda, Manuel Gutiérrez Claverol, Ramón Rodríguez, Tomás Emilio Díaz González y Carlos Fernández Llaneza, ayer, en la sede del RIDEA. | Luisma Murias

Por la izquierda, Manuel Gutiérrez Claverol, Ramón Rodríguez, Tomás Emilio Díaz González y Carlos Fernández Llaneza, ayer, en la sede del RIDEA. | Luisma Murias

Encantados con el libro, pero entre indignados y apesadumbrados ante el escenario que plantea. Así salieron ayer del salón de actos del Real Instituto de Estudios Asturianos (RIDEA) los asistentes a la presentación de “En torno al monte Naranco. Desafíos y oportunidades”, un estudio multidisciplinar coordinado por Tomás Emilio Díaz González, Manuel Gutiérrez Claverol y Carlos Fernández Llaneza, los dos últimos, articulistas de LA NUEVA ESPAÑA. Los tres coautores pusieron de manifiesto durante la presentación de su trabajo el prolongado maltrato al que la acción humana ha sometido a un monte que, como decía Valentín de Andrés (recuperado en el acto por Carlos Fernández Llaneza), “millares de siglos antes de existir Oviedo, ya era ovetense”. Pero ahora, este activo de la capital, emblema y reserva natural y espiritual de la urbe, corre riesgo de pervertirse definitivamente, o incluso algo peor.

“Si no cuidamos su naturaleza, podemos quedarnos sin Naranco”, alertó el geólogo Manuel Gutiérrez Claverol. Se refería, expresamente, a la acción de las canteras, que llevan décadas funcionando sin un plan de restitución adecuado. “No podemos convertir un monte en una depresión”, insistió el geólogo.

La actuación de las canteras del lado norte del Naranco también fue objeto de crítica por parte del director del RIDEA, Ramón Rodríguez, natural de Llanera y que lamentó cómo esas explotaciones “están estropeando el paisaje de mi infancia”.

El biólogo Tomás Emilio Díaz González abundó en esta teoría y explicó que, una vez que las explotaciones alcanzan la roca madre, y si no se articulan actuaciones reparadoras, puede ser demoledor para las especies animales y vegetales. “Si no hay suelo, no hay seres vivos”, señaló. Antes, Tomás Emilio Díaz había desgranado los cambios que se habían registrado en el paisaje vegetal del monte a consecuencia de la intervención del hombre. El biólogo puso el acento en la introducción del eucalipto y en la proliferación de pastos y pastizales, en la actualidad la comunidad vegetal que más terreno ocupa en el monte, en lugar de los carbayedos, que deberían ser dominantes.

Carlos Fernández Llaneza incidió en esta inserción antinatural de esta especie vegetal y solicitó su retirada. “El Naranco tiene que ser un espacio libre de eucaliptos”, señaló el estudioso y amante del monte ovetense, quien aseguró que, una vez retirada esta especie, no haría falta apenas intervención para que las autóctonas recuperen terreno: “Donde se van quitando, se regenera el monte solo”.

Para Fernández Llaneza, que en su intervención repasó la historia cultural, deportiva y festiva del Naranco, la posibilidad de abrir un trazado de la Ronda Norte por el monte es “una salvajada”, ya que se trata de “una estructura anacrónica y sin sentido” ante las actuales necesidades de movilidad que registra la ciudad. El “cronista del Naranco”, como le presentó Ramón Rodríguez, insistió además en que las actividades de limpieza y mantenimiento del monte deben ser mantenidas en el tiempo, porque, en caso contrario, no son efectivas.

“El Ayuntamiento de Oviedo tiene que ser consciente de que el Naranco es un auténtico valor para esta ciudad”, señaló Ramón Rodríguez al abrir un turno de preguntas breve pero intenso en el que se palpó la indignación de los asistentes ante la consistente exposición que los tres ponentes habían hecho del maltrato al monte Naranco. La última pregunta no se refería siquiera al libro: “¿Hay algún representante del Ayuntamiento o del Principado en la sala?”, inquirió un asistente. La respuesta era tan seca como expresiva: un simple y rotundo “no”.

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