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El Campoamor, escenario ingrávido

Merzouki y sus bailarines desafían las leyes de la Física con la potente coreografía de “Vertikal” y se ganan bravos y largos aplausos del público

Los bailarines de la Compañía Käfig, ayer, sobre el escenario del teatro Campoamor. | Irma Collín

Los bailarines de la Compañía Käfig, ayer, sobre el escenario del teatro Campoamor. | Irma Collín

Semejando alzar el vuelo como los pájaros, contorsionándose y evolucionando en el espacio, casi ajenos a la ley de la gravedad, los bailarines de la Compañía Käfig, del Centro Coreográfico Nacional de Créteil, en París, electrizaron al público ovetense que acudió ayer al Campoamor para asistir a un nuevo espectáculo del Festival de Danza de Oviedo. La potente y energizante coreografía de Mourad Merzouki, el director de la institución francesa, cumplió bien con lo que avanzaba el título de la producción, “Vertikal”, y los espectadores lo agradecieron con entusiasmo al final de la actuación, con bravos y largos aplausos. Los bailarines salieron hasta tres veces a escena para recibir su ovación.

“Vertikal” comenzó en un escenario, el del Campoamor, en penumbra, con cuatro bailarines incorporándose a la escena, uno a uno, en un encuadre cúbico perfecto en el que la danza empezó a insinuar pronto esa verticalidad que da carácter a la pieza. La escena se fue iluminando, tenuemente, y la danza, tal y como la concibió Merzouki para este espectáculo, fue adquiriendo consistencia y elevándose.

Para conseguirlo el coreógrafo ha recurrido a una serie de dispositivos diseñados por Retouramont, una compañía especializada en técnicas de danza vertical. Arneses, colgaduras, apoyos en la pared y cintas elásticas contribuyen a sostener la danza en el aire y ayudan a los bailarines a transmitir esa sensación de querer ascender y escapar que consiguieron mantener durante la hora larga que duró el espectáculo.

Hubo baile “hip-hop”, acrobacias, movimientos robóticos y mucho de la danza urbana con la que Merzouki construye sus coreografías, pero también contoneos que evocaban Oriente y momentos líricos de gran clasicismo, como el que protagonizó una de las bailarinas, ya hacia el final del espectáculo, sublimando esa sensación general de ingravidez.

Diez bailarines, cinco varones y cinco mujeres, pasaron por el escenario del Campoamor para componer la pieza. A ellos se les sumaron, en un par de momentos, sus propias sombras, bailando al fondo del escenario, amplificadas por la iluminación. A lo largo del espectáculo iban cambiando la intensidad de la luz y los colores de la escena, que pasaron del negro al gris, al añil profundo al rojo y al verde.

También fueron variando los de la gran pieza central, como de cemento, formada por varias columnas que tan pronto se unían, dando la impresión de ser una sola, como se separaban. A través de ellas salían y entraban los bailarines, de ellas se colgaban y sobre sus paredes bailaban, de modo que a veces el público tenía la sensación de estar viendo el espectáculo en un plano cenital.

La danza pasó por instantes románticos, por episodios que recordaban a las peleas entre pandilleros, actuaciones corales y otras de lucimiento individual. La misma diversidad que en la música de Armand Amar, que empezó con una suave melodía y una voz femenina entonando unos versos y que, a medida que pasaba el tiempo, fue adquiriendo tonos más electrónicos e industriales, incorporando un estruendo como de engranajes y un molesto zumbido, hacia el final.

La próxima cita con la danza en el teatro Campoamor será el 25 de mayo, con los espectáculos “Risonanza” y “The Great Bean”, ambos de Scapino Ballet Rotterdam.

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