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Así logró ahuyentar al virus el Colegio de Educación Especial de Latores

El centro ovetense, el más grande de Asturias con 174 alumnos, logra una modélica adaptación a las medidas anticovid

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Un día en el colegio de educación especial de Latores Luisma Murias

“El covid nos ha robado la alegría”. La pena muda el rostro de Marta Rodríguez de la Flor, la directora del colegio de Educación Especial de Latores, cuando pronuncia estas palabras. Las restricciones sanitarias han obligado al centro, el mayor de Asturias, a aplicar un complejo sistema de grupos y movilidad para evitar contagios. Sus 174 alumnos, con edades comprendidas entre los 3 y los 21 años, se reparten en 39 tutorías. La relación entre esos grupos está muy limitada, como también las horas de patio, que se cierra los días de lluvia. Esas jornadas son especialmente difíciles en el centro, con los alumnos confinados durante casi todo el día en el mismo aula. “Las tardes son toledanas”, resume Ana Iglesias, jefa de estudios y tutora de un grupo de infantil.

La lluvia cercaba Latores este jueves, cuando LA NUEVA ESPAÑA acudió al colegio para ver cómo ha logrado el centro adaptarse, con singular éxito, a las restricciones sanitarias. Algo nada fácil dada la diversidad de su alumnado y la particular situación de un centro que se ha quedado pequeño.

Los alumnos de educación especial se dividen en tres etapas. Entre los tres y los cinco años cursan infantil. A partir de los seis años se incorporan a la Educación Básica Obligatoria (EBO), que se divide a su vez en dos subetapas: EBO 1 (de seis a doce años) y EBO 2 (de doce a dieciséis años). Entre los dieciséis y los dieciocho años, prorrogable hasta los veintiuno, los alumnos cursan Transición a la Vida Adulta (TVA). Al cumplir los veintiuno, todos deben abandonar el centro, siendo el destino de muchos de ellos los Centros de Apoyo a la Integración (CAI).

Nada más entrar, lo primero que llama la atención es la profusión de señales visuales, en el suelo y las paredes, que indican a los alumnos las pautas de movilidad y seguridad para prevenir contagios. Esas líneas marcan a cada grupo los itinerarios entre sus aulas y los espacios comunes. En los pasillos, manos pintadas del mismo color indican a los niños que tienen que ir bien pegados a la pared. Siguiendo la línea azul, se llega a la clase del grupo de infantil, bajo la tutela de Ana Iglesias. Se compone de cinco niños, pero el jueves solo tres habían acudido a Latores: los otros dos estaban en un centro convencional, ya que siguen un régimen de educación combinada, partiendo su horario entre los dos colegios.

Los cinco alumnos, todos entre los tres y los cuatro años, tienen trastornos del espectro autista (TEA), aunque a niveles muy diferentes. Cada uno tiene un color asignado, marcado ya en la propia bata, lo que les facilita distinguir los objetos propios de los de sus compañeros. Nicolás lleva una roja, como roja es también la plastilina que amasa con fuerza.

Durante sus siete horas de jornada escolar, de 10.00 a 17.00 horas, los cinco alumnos alternan las actividades en grupo, que comienzan al inicio del día con una asamblea, con las terapias individuales. En ese momento, entra al aula Carmen Bobes, la logopeda, que se lleva a Nicolás con ella. Su destino es un pequeño habitáculo que se ha preparado justo al lado: un trozo de pasillo convertido en aula individual. Ante la necesidad de ampliar el número de espacios por el covid, en un centro ya de por sí por encima de su capacidad, como es el de Latores, han tenido que tirar de ingenio.

Carmen Bobes trabaja con Nicolás la comunicación. Trata de que el niño construya frases con dos palabras, usando el apoyo visual de unas pequeñas tarjetas. Es la hora del tentempié, y Nicolás ha traído fruta. “Pídemela”, le dice la logopeda. “Quiero manzana”, atina a decir Nicolás. Al recibir la fruta, el pequeño aplaude con alborozo, se intuye que más por haber logrado construir la frase que por la manzana en sí.

En otro ala del edificio, Yolanda del Arco imparte EBO 2 a un grupo de cuatro alumnos: Sara, Paula, Andrea y Abraham, todos entre los trece y los quince años. El aula es pequeña, y los cuatro alumnos están dispuestos al modo tradicional, con los pupitres orientados a la pizarra. “No es lo ideal. Si no fuera por el covid estaríamos de otro modo, con las mesas juntas en el centro. Pero ahora hay que atender a la distancia”, explica Yolanda del Arco. Las mascarillas no son obligatorias en este tipo de centros, ya que los alumnos tienden a quitársela porque les molesta, o no se la ponen adecuadamente. En el centro compensan esta circunstancia extremando la higiene, con continuos lavados de manos, y siguiendo a rajatabla el protocolo. “Al principio del curso pensé que era inviable, porque además cada caso de covid supone aislar varias clases, ya que aquí tenemos a muchos especialistas que trabajan con diferentes grupos. Pero la verdad es que el año ha ido bien, gracias a un alumnado y a un claustro maravillosos y muy implicados”, celebra Marta Rodríguez de la Flor. Por edad, el grupo de Yolanda del Arco equivaldría al de un segundo curso de la enseñanza secundaria obligatoria (ESO), pero los chavales trabajan con puzzles sencillos y recortables. El objetivo no es que tengan más conocimientos, sino más autonomía.

Marta Rodríguez de la Flor: "Al principio del curso pensé que el protocolo era inviable, porque además cada caso de covid supone aislar varias clases. Pero la verdad es que el año ha ido bien, gracias a un alumnado y a un claustro muy implicados”

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En la clase de Conchita Álvarez, de EBO 1, los alumnos están alineados de dos en dos, en largas mesas que permiten cierta distancia. Conchita Álvarez lleva 24 años impartiendo clases en Latores, y transmite una calma extraordinaria, pese a que algunos de sus alumnos son inquietos. Robert, con once años, está enfadado. El vehículo que lo traía al cole tuvo un problema con una rueda, lo que les retrasó, y tampoco le gusta que haya tantos desconocidos haciendo fotos en la clase. “Viene de Teverga, es uno de los alumnos que tenemos que procede de más lejos”, explica Álvarez. El niño no está cómodo con tantos cambios. “¡No dejan a uno trabajar!”, exclama, sacando su estuche de la mochila. Poco a poco, Robert se calma y empieza con su tarea, e incluso posa para las fotos, imbuido del ánimo de otros compañeros como Roy o Jade, que están encantados con la novedad.

Muy cerca del aula de Conchita Álvarez está el reducto de “los borbollitos”. Así llaman en el centro al grupo de Ana Borbolla: cuatro alumnos que arrancan sonrisas entre todo el personal. “En este nivel solemos tener a algunos alumnos más extrovertidos; los agrupamos y siempre le tocan a Ana Borbolla, de ahí ‘los borbollitos’”, explica la directora. Son Lucas, Diego y los dos Sergios, aunque a uno lo llaman “Sergi”. Este último es extraordinariamente efusivo y muy expresivo: al ver al fotógrafo aplaude y llama su atención. Su entusiasmo es contagioso. El otro Sergio, que tiene problemas de movilidad y usa un andador, no le va a la zaga en desparpajo, y hasta les toma el pelo a las docentes explicándoles a cuál quiere más este jueves.

Al fondo del pasillo donde está el aula de “los borbollitos”, dos alumnos cruzan una puerta con un cesto de lechugas. Son Raúl y Manuel, y vienen del invernadero con Alicia González, toda una institución en Latores. La directora aclara que lleva en el centro desde su apertura, en 1974.

En el invernadero, además de Raúl y Manuel, están Rubén, Íker y Áxel, todos ellos alumnos de transición a la vida adulta (TVA). Rubén, con veinte años, afronta su último curso en Latores. “Lleva con nosotros quince años”, explica Marta Rodríguez de la Flor, no sin pesar.

Plantan lechugas de varios tipos. “Cuando están maduras se las llevan y las venden, así trabajamos el euro y además logramos dinero para abono y semillas”, explica Alicia González. La plantación es autosuficiente, no le cuesta nada al centro. Pero, sobre todo, es útil. Los chavales están entusiasmados. “Este tipo de tareas manuales les gustan mucho, y les vienen muy bien”, aclara Alicia González. De cuando en cuando, Rubén le arranca las lechugas antes de tiempo, pero ni siquiera eso la altera. Alicia González es de esas personas con las que uno se iría a la guerra.

No llueve aún en Latores, y Marta Rodríguez de la Flor cruza los dedos por que aguante y puedan usar el patio. “Cuando hayan estado fuera que llueva lo que quiera, pero es que necesitan salir un poco”, señala. Desde fuera, el colegio se ve trallado, le pesan estos 47 años, y la comunidad educativa ansía el traslado al nuevo equipamiento que se va a construir en Montecerrao. “Cuando se abrió, se tenía otra conciencia de la discapacidad. Lo instalaron aquí arriba porque lo que se trataba era de separarlos. Ellos necesitan que les ayudemos a integrarse. Pero mentiría si dijera que no vamos a echar un poco de menos este entorno: cuando hace bueno, esto es un lujo”, sostiene.

Como casi siempre, Marta Rodríguez de la Flor lleva razón, aunque tras pasar una mañana en el colegio de educación especial de Latores hay que quitársela en una única cosa: el covid no les ha arrebatado la alegría. Les ha hurtado el espacio, las horas de luz y el contacto entre los alumnos, pero si hay algo que tienen de sobra en Latores es, con sus pasillos plagados de colores, sus “rebollitos” y las lechugas de Alicia, es alegría.

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