DTO ANUAL 27,99€/año

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Francisco Blanco Superior de los Misioneros del Sagrado Corazón

“Juan Alonso era un misionero de cuerpo entero, un ejemplo para todos los demás”

“La última señora que lo vio con vida me contó que tres militares nicaragüenses lo mataron y lo dejaron en un barranco”

Francisco Blanco, superior de los Misioneros del Sagrado Corazón.

Francisco Blanco, superior de los Misioneros del Sagrado Corazón.

El sacerdote Francisco Blanco (Valladolid, 1946) prefiere que le llamen Paco. Es el superior provincial de los Misioneros del Sagrado Corazón, es decir, el máximo responsable de la orden en España. Mañana estará en Oviedo para asistir a la misa que tendrá lugar en la Catedral –a las siete y media de la tarde– para celebrar la reciente beatificación del asturiano Juan Alonso Fernández, asesinado el 15 de febrero de 1981 por el Ejército en Guatemala cuando se encontraba de misión en el departamento de Quiché. El Papa Francisco firmó en enero del año pasado el decreto que reconoce el “martirio” de Alonso, dos compañeros españoles del Sagrado Corazón de Jesús y otros siete indígenas laicos entre 1980 y 1991. Entre ellos, un niño de 12 años. Todos ellos fueron beatificados durante una ceremonia que tuvo lugar el pasado 23 de abril en Santa Cruz de El Quiché (noroeste de Guatemala) junto al misionero allerano, que era natural de la localidad de Cuérigo y de la misma orden que Paco Blanco.

–¿Conocía usted personalmente a Juan Alonso Fernández?

–Claro que lo conocí. Coincidíamos en las reuniones que teníamos los misioneros, tanto en España como en Sudamérica. La última vez que lo vi fue en febrero del año 1980.

–¿Y cómo era?

–Juan Alonso era la persona más sencilla que uno se pueda imaginar. Era muy poco exigente y siempre estaba disponible para irse a trabajar a los sitios más difíciles y con la gente más pobre. Era un misionero de cuerpo entero, todo un ejemplo para los demás. Recuerdo que una vez hubo problemas políticos y tensiones en Indonesia y que expulsaron a unos sacerdotes holandeses. A Juan le pidieron ayuda y allí que se fue el primero. Todavía lo recuerdan por allí por su gran trabajo, lo dicen los compañeros que todavía están en ese país.

–¿Siguen quedando misioneros con esa raza?

–No es nada fácil imitarle, eso está claro. Repito que era un hombre tan sencillo que vivía con casi nada. De hecho se parecía mucho a los indígenas porque vivía con muy pocas necesidades, con muy poco le sobraba.

–¿Qué sabe usted de su trágico final?

–El asesinato de Juan Alonso hay que centrarlo en un contexto de persecución a la Iglesia, en un auténtico genocidio, que se desarrolla en Guatemala entre los años 1976 y 1986. Esos diez años fueron de auténtica persecución a la Iglesia en el país. Los misioneros, además de anunciar a Jesús, queremos promover la dignidad humana, algo que no le gustaba nada por entonces al Ejército nicaragüense, que no respetaba los derechos humanos. Mis compañeros lo que hacían era promover escuelas, carreteras o atención médica, pero eso no se permitía porque el Ejército estaba al servicio de los grandes capitales y no les interesaba. Tampoco querían que los indígenas aprendieran a exigir sus derechos.

–Y entonces asesinaron al misionero asturiano.

–Ya habían matado a dos compañeros y habían intentado matar al obispo, así que Juan y el resto de los compañeros dejaron la diócesis durante unos meses porque veían que el asunto estaba muy complicado, pero después volvieron de nuevo porque se les necesitaba. Como siempre, Juan Alonso se ofreció y eligió el sitio más difícil, la parte norte del departamento de Quiché. Al poco de llegar lo llamaron, le intentaron emborrachar una noche y le amenazaron, pero él dijo que solo era sacerdote y que no quería saber nada de política. A pesar de todo, un domingo por la tarde, cuando iba a decir misa con su moto, lo mataron. A mí me lo ha contado recientemente la última señora que lo vio vivo, me lo dijo durante mi última estancia en Guatemala.

–¿Qué le contó exactamente?

–Se llama doña Ángela. Dice que escuchó un tiro y que después vio a Juan Alonso custodiado por tres soldados. Cuenta que iba con el brazo como en cabestrillo, que estaba sangrando y que le pidió agua, pero que los militares no le dejaron dársela. Dice que dos de ellos iban arrastrándolo y que el tercero empujaba su moto. Lo llevaron así durante una distancia aproximada de un kilómetro y después, en una especie de barranco en el que yo he estado, lo remataron. Solo quería dar misa a las comunidades cristianas.

–Se ha tardado cuarenta años en beatificar a Juan Alonso y a sus compañeros, ¿eso es normal?

–Realmente es muy poco tiempo porque para beatificar a alguien hay que tener perspectiva histórica, para no confundirse. Por otra parte, hay que tener en cuenta que no solo se beatificó a tres sacerdotes, se beatificó a siete laicos que eran catequistas o gente que ayudaba a las comunidades cristianas. Eran personas que iban desde los 80 años hasta un niño de 12 años. Todo aquel que tenía la Biblia, un rosario o que se reunía para rezar era declarado como enemigo de la nación y del Ejército. Muchos, por miedo se hicieron evangélicos, que no estaban perseguidos como los católicos.

–Usted estuvo en el acto de beatificación que se celebró en Guatemala, ¿cómo fue?

–A pesar de las limitaciones que impone la pandemia fue una auténtica fiesta para la zona indígena del país. Todos ellos se sintieron dignificados y reconocidos como pueblo creyente gracias a personas como Juan y por eso acudieron a reconocer su labor y la del resto de beatificados. Yo también tuve la suerte de estar en el último pueblo en el que él trabajó, que se llama Lancetillo. Allí hizo una iglesia muy grande que aún hoy no sé cómo pudo construirse porque cuando la hizo no había ni caminos. La patrona de la iglesia es Covadonga y a Juan se le recuerda como una figura impresionante. Juan aún no ha muerto en Guatemala, su recuerdo sigue muy vivo. La beatificación del compañero está más que merecida por su inmensa labor.

–¿El covid ha echado para atrás a los Misioneros del Sagrado Corazón?

–Muchos lo hemos pasado y ha muerto un compañero, pero aun así ninguno ha dejado el país en el que está trabajando. Nadie por el covid se ha vuelto a casa. Seguimos metidos en medio mundo y seguiremos mientras se necesite.

Compartir el artículo

stats