Hace muchos años, allá por la primera mitad del siglo pasado, un chavalín llamado Ricardo Velasco se forjaba un futuro estudiando en la escuela de aprendices de la fábrica de armas de La Vega. Ayer, su hijo Toño Velasco volvió al mismo espacio y lo hizo como profesor para impartir un taller a una veintena de aprendices de pintor.

Toño Velasco abrió esa especie de aula didáctica que la primera Semana Profesional del Arte, patrocinada por LA NUEVA ESPAÑA, ha abierto durante diez días en la escuela de aprendices.

El artista impartió un taller de pintura “alla prima”, al natural, en el que los alumnos primero atendieron las explicaciones del profesor y luego pintaron su propio lienzo.

Cruzana Egocheaga se confesaba “fan” de Velasco mientras este la daba indicaciones de cómo debía pintar un cubo que formaba parte del bodegón que estaba dibujando. En una mesa cercana, Paloma Muñiz (Palldove) y Vanesa Reigoso, reconocían que se habían apuntado al taller porque tenía poco que ver con su estilo. Se trataba de pintar bodegones, algo muy alejado de la mente vectorial de Muñiz, que es diseñadora gráfica, o de la fotografía que realiza Reigoso. También, “que el taller sea en la fábrica de La Vega ha sido un aliciente”.

La sala de la escuela de aprendices se llenó de frutas, verduras, jarrones, antiguas mesitas y todo tipo de productos para que los alumnos los llevasen a sus lienzos. El trazo rápido y largo de Toño Velasco, que en varias ocasiones se confesó “pintor-dibujante”, contrastaba con el detalle que alguno de los alumnos imprimían a sus creaciones.

Algunos no eran precisamente inexpertos. Era el caso de la pintora ovetense Sara Bárcena, con varias exposiciones individuales en su curriculum. Poco tienen que ver los bodegones con la pintura abstracta que pinta la artista, pero ella lo tenía claro, había acudido al taller porque “es necesario volver a la pintura al natural, a los inicios, a medir las proporciones con el pincel”. Ayer todos volvieron a los inicios y el profe, además, a la juventud de su padre.