La conversación entre Antonio López y Ricardo Mojardín ayer en el teatro Filarmónica, dentro de la Semana Profesional del Arte organizada por la Fundación Municipal de Cultura y que patrocina LA NUEVA ESPAÑA, empezó con una fotografía rescatada por el artista asturiano en la que se ve al maestro manchego en el Cerro de Almodóvar junto a su mujer, María Moreno, el R6 aparcado al lado, y una gran tabla anclada con vientos al suelo en la que pinta Madrid desde fuera. Mojardín quiso ver en esa fotografía una posible metáfora, planteando la pregunta inicial sobre adónde irían todos si el viento se levantara. “A mí no me llevaría. Al lienzo, sí. Por eso los vientos”.

Insistió Antonio López en explicarse de forma racional pero esencial. Así, habló de su primera formación con su tío, Antonio López Torres, un pintor de los que salía al campo a pintar y allí “hacía su labor”. Era, explicó, el trabajo que habían iniciado los impresionistas en el XIX, una novedad que trajo la pintura en tubos y que “ahora se ha convertido en una rareza”. Para lo suyo, en todo caso, para “ir a pintar Madrid desde fuera”, como le protestaban algunos amigos que iban a ayudarle, “había que echar coraje”.

Dónde está ahora el arte y que función cumple estuvo muy presente, en círculos, en la conversación entre Mojardín y López. Al manchego, insistió, le gusta mucho su oficio, pero reconoció que ahora hay otras urgencias: “Estamos más necesitados de ciencia que de arte”. No era una frase al viento. Minutos antes de la charla, y después de la performance de Izíar Gayo con la que se abrió la sesión, la directora de la Semana, Marta Fermín, había invitado al escenario al ingeniero Marcos Castillo para explicar el proyecto de respiradores universales desarrollado durante la pandemia desde Asturias al mundo, cuyo prototipo se exhibe estos días en La Vega.

Antonio López, ayer, en Oviedo. | Irma Collín

Antonio López, ayer, en Oviedo. | Irma Collín

La conclusión, para Antonio López, es que, aunque el arte puede servirles a algunos, “a la hora de la verdad, si estás enfermo, necesitas a la ciencia”.

No suele haber en su discurso, y ayer tampoco las hubo, críticas duras al arte contemporáneo, pero sí una reflexión sobre la complejidad de la relación entre artes plásticas y sociedad, que para él tiene mucho que ver con la verdad, la hermosura y el engaño.

Antes era más fácil: “El hombre griego subía al Partenón y lo que veía allí era comprensible para todos. Pero ahora el arte es tan sumamente individual que si no estás en el sitio adecuado no se comprende. Es la mayor desgracia del artista bueno del siglo XX, que lo ponemos muy difícil. Piense en una exposición de Bacon en Tomelloso. ¿Quién puede acercarse allí y sacar algo de utilidad? Y si tiene alguna utilidad... ¡Es tan negra!

El arte contemporáneo como espejo del lado más amargo del hombre le dio pie a rescatar algunas anécdotas y recalar en otras artes, como la literatura, para un hombre, como él, bien alimentado de libros, con un ansia por saber y conocer que sigue alimentando a sus 86 años. “Es lo que decía Baroja de ‘La casa de los muertos’ de Dostoievski”, explicó en referencia al arte que lleva a los caminos más oscuros, “que era para leerlo solo una vez”. Esa consideración también la extendió a la gran novela de Oviedo. “La novela ya era muy dura cuando Clarín escribió ‘La Regenta’, y en Rusia luego lo fue más”.

La complejidad reside, pues, en “acercarse a la sociedad sin mentirle”. El cine, consideró el manchego, lo ha logrado. Y antes de ese camino iniciado en el XIX de buscar “la sinceridad extrema”, el arte “mentía mucho”. Era arte “para que los ricos disfrutaran del cuadro de una señora desnuda en su salón”.

En el arte clásico, contó, hubo un juego peligroso de mirarse en el arte antiguo y sustituir “belleza por verdad”. Los neoclásicos buscaron ese tipo de cánones. Eran siglos en los que “la vida era muy áspera como para atreverse con la verdad”. Pero hubo algunos. López citó a Velázquez, a Caravaggio y cómo rebasaba los límites, a Miguel Ángel a punto de ser vetado o la respuesta de Inocencio X ante el retrato que le hizo Velázquez: “¡Demasiado verdadero!”. Pero Velázquez, siguió Antonio López, tuvo suerte. “Suerte de tener un rey, Felipe IV, al que le gustaba mucho tenerlo ahí, y le consintió ser Velázquez. Si no, lo hubiera pasado mal. Es muy importante tener tu sitio”.

En esa idea, la de encontrar el lugar desde el que crear, Antonio López admitió que incluso en el siglo XX, con todos los problemas, hay quien quiere la verdad y artistas como Bacon han triunfado, o a Giacometti le han apoyado.

Otros tienen que buscar su sitio. Citó a Luis Fernández, alguien le recordó que se marchó a París y le sirvió para seguir con esa reflexión del camino: “A lo mejor se tuvo que marchar, como los que llegan en cayucos. No se hace por gusto. Se hace para aprender. Yo tenía mi mundo en Tomelloso. Pero me fui a Madrid. Ese errabundar buscando donde poder desarrollar tu vida es básico. Hay gente que tiene instinto y acierta. Otros andan de acá para allá.

Pero en ese decir la verdad también hay matices. “Si no dices más que la verdad hay un momento en que no se te puede aguantar”, bromeó. Y también, “un arte apoyado en la falsa verdad” como, citó, el del meteorito derribando al Papa  (“La nona ora” de Maurizio Cattelan). Al revés, hay otros artistas a los que no les costó llegar a la verdad. Caravaggio, volvió a decir, pintó esos santos “con esa luz y esos movimientos”. “Mi tío y Mary”, concluyó López citando a su esposa, la pintora María Moreno, fallecida hace un año “también decían la verdad. Todo lo dulce de la vida estaba en su pintura. Si tienes la suerte de tener ese don...”. El público, en el cierre de la charla, le preguntaría de nuevo sobre su mujer, y el maestro devolvió unas palabras emocionantes: “Mary me gustaba mucho, era estupenda, muy guapa. Nos casamos en julio, nos fuimos a Alicante y estuvimos pintando. Era extraordinaria. Era la pureza, lo natural, la limpieza, la falta de influencias. Como Francisco López. Ellos me alertaron de la pureza, que es la autenticidad, que es ser como cada cual es, pase lo que pase”.

¿Qué papel juega la suerte en todas estas vidas del arte y los artistas? Siguió Mojardín. Suerte, sí, “para saber quién te puede echar una mano”. No para la creación. “Copiar bien no es el mejor camino”. Lo otro, la trascendencia de la obra de arte es “una sensación poderosa”, difícil de transmitir y donde hay “muchos tramposos”.

Volvió López a fustigar los malos hábitos de los malos gustos y las malas dietas culturales. “Si no hubiera programas de televisión que malacostumbren a la gente, no tendrían la tentación de lo venenoso”. Sobre los artistas, la dificultad de tener un trabajo honesto y ganarse la vida. “Puedes no tener paciencia de aprender y querer que el dinero entre pronto. Algunos se van por eso a la enseñanza y ahí se encierran. Los hay que no tienen talento pero sí la habilidad, y eso ha creado muy malos espectadores de la figuración, porque son obras a las que no se les puede pedir más”.

Surgió también cómo aprender, entonces, todo esto. Si el camino del autodidacta es válido. “En general el arte no se enseña bien. O se debería de enseñar menos”, razonó el maestro. “La medicina se enseña bien, porque si no nadie iría al médico. Bacon o Chillida fueron autodidactas. Yo, de ir a un sitio, fui al mejor, pero luego el aprendizaje casi corre por tu cuenta”. En la Academia de Bellas Artes de San Fernando, rememoró, “eran pintores mayores arrollados por la modernidad de la época”. Hubo algunos de los que aprendió algo. Pero su mayor suerte fue la de “desear saber”, acudir a las bibliotecas. Ir aprendiendo a medida que escuchaba nombres: Chirico, Klee, Picasso, Dalí... “Yo estaba maravillado. Lo moderno no lo entendía bien pero me fascinaba. Y, como en la ciencia, había que enterarse de lo último que se había hecho. Porque ¿cómo vas a entender a Velázquez si no entiendes a Picasso?”.

Todo el mundo del arte

En una charla con las butacas llenas y todo el mundo del arte allí presente, Antonio López también repasó algunas, pocas, claves de su propia pintura. La galerista que le preguntó ante su cuadro de un cuarto de baño, “¿pero esto quién lo va a comprar?” y la respuesta, al año siguiente de un comprador en América, más acostumbrados a un realismo más duro. También Mojardín inquirió por lo premonitorio del arte, al hilo de su Madrid vacío que parecía anticipar el tiempo del covid. No hay tal, dijo, pero “el arte grande alberga pasado, presente y futuro, y si ves arte de Egipto muy bueno te puedes asustar al pensarlo contemporáneo”. También con Vermeer. “Pone lo más importante al fondo cuando nadie se atrevía, y en esos cuadros ves el peligro de la depresión, adivinó el sentido del mundo real y ante la soledad de la habitación sintió temor. El arte grande es intemporal”.

El último tramo de una conversación que podría haber sido interminable les llevó a los dos artistas a reflexionar sobre museos y la forma en que se podrían exhibir las obras. López descartó la idea de poner a los modernos junto a los clásicos. La primera vez que vio algo así, confesó, le pareció “una estafa”. Porque el antiguo pierde. “La pintura envejece mal y va a parecer muy antigua, que lleva encima muchísimo tiempo para su mal, si no tienes cuidado y le buscas su pared”. No sucede con todos. Los que pintan el mundo imaginario, como Leonardo, no les pasa eso. “A la Mona Lisa le da igual estar más verde, es más monstruoso”. Cuestión distinta es, remató la escultura, que sí puede convivir sin problemas con la pintura. Una escultura que, además, no es tan delicada. “Tú ves los trozos del Partenón en el British Museum y es impresionante, pero la pintura aguanta muy mal”. ¿Y sus cuadros? ¿Qué le pasa al retrato de la familia real al exhibirlo junto a clásicos? “Me quedé sorprendido de lo luminoso que resultaba. ¡Qué oscura se ha vuelto la pintura antigua!”.

La escultura ideada para Oviedo, un proyecto que se va a retomar

Una pregunta de Antonio Masip avivó el interés del pintor. El exalcalde recordó cómo su último acto como regidor fue suscribir un contrato con Antonio López para que él hiciera una escultura para la ciudad. El pintor, acabada la charla, fue a buscar a Masip –no lo encontró– y charló brevemente con el que fue su teniente de alcalde, Avelino Martínez. La escultura, su proyecto, en barro, se hizo y permanece en el estudio desde los años noventa. Ahora, contó a LA NUEVA ESPAÑA, quiere retomarlo. En su momento no se deshizo de él porque le tenía cariño. Es un grupo escultórico de unas niñas, donde tomó como modelos a sus hijas. Tras el encargo de Masip, Gabino de Lorenzo todavía contrató a Ana Muller para que documentara aquel proceso. Pero a mediados de los noventa el artista no vio cómo acabar la obra. Hoy, dice, está decidido a retomarla y acabarla. En principio, para él. Aquel contrato no se formalizó ni hubo pago. Pero si Oviedo está interesada en tener su Antonio López, el artista deja abierta la puerta a que el trabajo, terminado, llegue a la ciudad.