La luz y la música de Amaya Rodríguez (Oviedo, 1962) se extinguieron ayer para siempre. La violinista, profesora en la Escuela de Música, pionera del folk asturiano y colaboradora de la Orquesta de Cámara de Siero (OCAS), falleció ayer, después de pelear contra el cáncer durante los últimos meses. Deja una saga de músicos apasionados, desde su hijo, Elio Bernalte, a Gabriel Ordás, el joven compositor que encontró en ella no solo a una de sus primeras profesoras sino también un apoyo en toda su carrera.

Nacida en Oviedo, donde residió y desarrolló casi toda su carrera, tenía orígenes vascos y gallegos, aunque Asturias fue la tierra que amó. También su música, y de hecho formó parte en la década de los ochenta, junto a músicos como Xuaco Amieva, Michael Lee Wolf o Pedro Pangua, de “Ubiña”, una de las formaciones seminales de la escena folk asturiana. Como “pionera” la recordaba ayer el guitarrista de Pitsburg: “La conocí el primer día que pisé Oviedo y me siento afortunado de haber compartido grabaciones, carretera y escenarios con ella”.

Amieva, compañero de ellos en aquel grupo tb recordó a la violinista: "Estuvimos en Ubiña unos años, tocamos por Europa en giras en las que viajábamos en furgoneta y tengo gratos recuerdos de aquella convivencia, de su alegría y optimismo y de su profesionalidad como violinista, es una gran perdida".

Amaya Rodríguez alternó trabajos de docencia –en el conservatorio de Gijón– con los de intérprete –en la primera orquesta de Oviedo– y en 1995 sacó la primera plaza de profesora de violín en la recién creada Escuela de Música, donde estuvo trabajando hasta el pasado mes de marzo.

Con el paso de los años, también regresó al ámbito de la interpretación como colaboradora de la Orquestas de Cámara de Siero (OCAS). Su director, Manuel Paz, daba muestras de la “consternación” que vivía la gran familia de la orquesta. “Era una mujer con mucha personalidad, siempre dispuesta a lo que se le pidiera”. Con ellos disfrutó mucho, tocando y viajando.

Pero fue su labor educativa en el centro municipal ovetense, con alumnos de entre siete y once años, uno de los lugares donde encontró la excelencia, y de esas aulas salieron algunos músicos tan destacados como el joven compositor Gabriel Ordás. Ayer, precisamente, recogía en la Felguera el IV premio “Fundación Marino Gutiérrez” a la composición y se lo dedicó a su querida profesora. Ordás explicaba cómo Amaya Rodríguez le apoyó durante toda su carrera, involucrándose incluso, justo antes de la pandemia, en el estreno de una obra suya en Santander, ofreciéndose como violinista y llevando a parte de los músicos en su coche. “Detalles como ese ejemplifican su forma de ser, y ahora por eso estamos atónitos, porque no acabamos de entender cómo esa luz que ella tenía parece haberse difuminado”.

Una educadora

Su hijo, Elio Bernalte, también músico, destacaba ayer esta faceta entusiasta y docente de su madre. “Se le daba muy bien tratar con los niños, no solo formarlos en el campo de la música, sino tratar con ellos como una educadora, llevándolos de excursión, invitándoles…”. Además de Ordás, fue habitual ver a Amaya Rodríguez involucrándose en la carrera de algunos alumnos excepcionales, como fue el caso de Silvia Carbajal (“Electrónic Firefly”) o Marina González.

En el ámbito personal, su familia la recordaba ayer como una persona “muy fuerte, que no quería dejarse ayudar, quería tirar con todo y que, para lo bueno y para lo malo, luchaba siempre por sus ideas, tuviera o no razón”.

Amaya Rodríguez no quiso funerales pero hoy, en el tanatorio de El Salvador, su familia recibirá de 10 a 13 horas en la sala 2.