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El pentagrama de “La Regenta”: un experto en música desvela los secretos musicales de la obra

La novela de Clarín ofrece un ajustado retrato de los gustos melómanos de la época

La Regenta en una imagen de archivo

La Regenta en una imagen de archivo

Entre las mejores novelas de la Literatura española, traducida a numerosos idiomas y adaptada para el cine y la televisión, es a la vez, una fuente inagotable de estudio. Que si la religión y la política, el Realismo o el Naturalismo, el amor, el desamor y hasta el humor. Es también una ciudad convertida en una polifonía de personajes que, como polos opuestos, se quieren y se odian, se buscan y se encuentran en el paseo y en la catedral, en el casino, o en el viejo Teatro del Fontán.

Hago mío el catalejo del Magistral y me propongo la relectura de la novela de Vetusta, mejor dicho, de su “partitura”, que como un fino orbayo se cuela entre las rendijas de la ciudad que dormía la siesta, la que olía a olla podrida, a humedad, o a incienso entre los arcos góticos de su catedral. Así pues, y siempre como telón de fondo, la música. La que se escucha con olor a prado y romería, y donde la gaita y el tambor son protagonistas; la música que acompaña a una danza folclórica, o al callejeo de unas canciones infantiles. También, la que alimenta el alma desde las sutíles voces de los canónigos de San Salvador (que Clarín describe con ironía carbayona, como “funcionarios entre bostezos”); las mismas voces que entre cirios e inciensos, se evaporan hacia el cielo; la música que, eso sí, precisando de un vestuario anticatarral, se da cita en el viejo Teatro del Fontán a modo de reclamo social, y donde a veces una sesión de zarzuela o de ópera marcaba el colofón de una tarde plomiza y lluviosa. Es la música, en definitiva, y Vetusta no podía faltar a la cita.

Nanas. Ana Ozores, el alma de este largo concierto hecho novela, en plena nostalgia infantil, a la hora de acostarse recordaba las canciones que su madre le cantaba y que ahora oye de lejos cuando en la calle otras madres arrullan a sus hijos: “Estaba la pájara pinta / a la sombra de un verde limón …”.

Precisamente en base a los polos sociales opuestos a que antes me refería, el Círculo, una junta de hombres libérrimos alejada de los dogmas religiosos, se posicionaba frente a las instituciones eclesiales, las cuales hacían suyas otras coplas infantiles que los niños cantaban a coro: “…Venid y vamos todos / con flores a María...”.

A veces, algunas canciones religiosas eran secularizadas por sus espontáneas intérpretes. Era el caso de Teresina, la criada de Víctor Quintanar, que convertía en “Malagueñas” lo que eran canciones de iglesia, ante el regocijo de su propio patrón. También, la tarde en que Doña Anuncia reunida con su hermana Águeda, ambas tías de Ana Ozores, evocando antiguos amores recordaba una canción que ella misma acompañaba con la guitarra a modo de canto llano: “Esa luna que brilla en el cielo / melancólicamente me inspira, / es el último son de mi lira / que por una vez resonó”.

Por si fuera poco, y entre humoradas y secularizaciones, la Misa de Gallo dió protagonismo una noche en la catedral de Vetusta, a los más humildes sones populares cuando el organista hizo de aquel acto solemne una estampa de alegres canciones marineras y de romería. Ana Ozores, entre tanto, consideraba aquello un logro de la religión sin barreras: “ … la naturaleza entraba a borbotones por la puerta de la iglesia ...”. El Arcediano Glocester y en aras de juntar lo profano y lo religioso, como el que no quiere la cosa tomó la palabra para leer la espístola de San Pablo. A continuación, otra vez llenó el aire de la catedral “ … con chorritos de canciones alegres ...”. Por último, y cuando Don Cayetano Ripamilán se disponía a leer el evangelio, de nuevo el órgano “ … la emprendió con ‘La mandilona’”. Y todo mientras los asistentes, carlistas y liberales, celebraban la gracia entre risas. Eran los polos opuestos de Vetusta, tan presentes en “La Regenta”, y que la propia Ana Ozores creía unidos ante la grandeza de Dios.

Pero más allá de la frivolidad de una Misa, a ratos secularizada por el organista, cuando Ana le confesaba al Magistral su aburrimiento y hastío, el Provisor le replicaba: “…a la iglesia, hija, oyendo música del órgano, y del excelente coro de capilla, oliendo cirios, contemplando las misteriosas poéticas de las vidrieras...”. Claro que, para música, la que el propio Don Fermín de Pas creía escuchar cuando veía a “…aquella… señora inocente, sin mundo...”, y de quien una sola palabra o una sonrisa, se convertía en un coro de ángeles gozando en el Paraíso.

Stabat Mater. Estamos, claro, en la catedral, siempre la catedral como escenario principal de este concierto de emociones encontradas. Un día El Magistral entró saludando al Palomo, reconocido empleado de la propia basílica, y acercándose al facistol comenzó a solfear en voz baja. “…Todo estaba bien… los órganos allá arriba… deslumbrantes; parecían dos soles cara a cara… ángeles dorados tocaban el violín… las ventanas y los rosetones dejaban la luz, deshaciéndola...”. Era otra vez, la música del alma y de los encuentros con Dios; era una arquitectura de piedra hecha concierto.

Y en los actos de la Semana Santa, las más grandes emociones. Durante la Novena de la Virgen de los Dolores en la Basílica sonaban el órgano, violines y flautas. Era nada menos que el “Stabat Mater” (de Rossini), es decir, el momento que describe el sufrimiento de la madre de Cristo cuando éste es sacrificado en la cruz. La Regenta entre tanto, en su fantasía espiritual y religiosa, se dejaba llevar por la imaginación sintiéndose María, pero en este caso a los pies del Magistral, el cual estaba siendo sacrificado y despreciado por todos, como Cristo en la cruz. Era la exaltación que Ana Ozores precisaba, para transportarse musicalmente en su vía dolorosa particular. Finalmente, volvió en sí para declarar su amor a la Virgen de los Dolores: “… y se arrojó a las olas de la música triste, con un arranque de suicida...”.

La partitura de Vetusta se cuela como fino orbayo entre las rendijas de la ciudad que dormía la siesta

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Y es que la música emocionaba más si cabe, con un tono espiritual. Don Fermín de Pas no era muy proclive a dejarse llevar por las estrellas, ya lo había hecho en su etapa de seminarista, pero ahora, ya Magistral, una noche prefirió dejarse acunar por su fuerza interior contemplando los astros, y darle crédito a la teoría de Pitágoras: “…tenía razón, parece que cantan...” (los astros, quería decir). Entre tanto, Ana Ozores en sus idas y venidas espirituales, en su cortejo emocional con la santa de Ávila, a la que, unas veces seguía al pie de la letra, y otras olvidaba, sentía la fuerza de Dios: “…presiento amorosamente el coro de los mundos, la creación infinita...”.

La naturaleza también, en todo su esplendor, se convertía en el programa de un pequeño concierto. Los cánticos de los grillos y las cigarras, suenan en “La Regenta” con un aire de pasiones y emociones musicales a veces desgarradas. Así lo sentía el mismo Magistral espiando celoso el paso de Ana Ozores cuando ésta regresaba de una fiesta en coche de caballos, y nada menos que sentada junto a su rival, Álvaro Mesía.

En otra tarde festiva en casa de los Marqueses de Vegallana, la falsa cordialidad de todos los asistentes escondía, como siempre, envidias y rencores, disputas políticas y chismorreos vetustenses de toda condición. Sin embargo, Clarín salpica este pasaje con un aire impresionista, en donde el viento mece las hojas de los árboles en la finca de El Vivero, describiendo un concierto de sonajas que, junto a los surtidores de agua, eran una orquesta para el alma. Poco más adelante y con el mismo aire musical, en otra tarde de merienda en los altos de Vistalegre, “…los sapos cantaban en los prados, el viento cuchicheaba en las ramas desnudas, que chocaban alegres, inclinándose, preñadas ya de nuevas hojas...”.

Gaitas y pianos. En la finca referida (que era La Quintana de los Ozores), o en la Fiesta de San Pedro, la gaita y el tambor llenaban el aire de notas alegres o melancólicas. En su vida real, Clarín asistía a las romerías de Guimarán y Serín, donde la gaita y el tambor eran protagonistas. Pues bien, acompañado de estos dos instrumentos, una tarde nuestro novelista se atrevió a bailar una danza en pareja con un cabo de la Guardia Civil. ¡Qué difícil nos resulta imaginar esta estampa del catedrático de la Universidad de Oviedo, Don Leopoldo Enrique García-Alas y Urueña, tan celoso hasta de su propia estatura física! ¡Qué extraño, verlo salir al ruedo bailando una danza asturiana en plena romería! Era otro apunte más, acerca de los polos opuestos tan presentes en los personajes de “La Regenta”. Siguiendo en El Vivero, lo mismo sonaban los aires regionales ya descritos, que podían bailarse un minué, o una polka de Salacia interpretada al piano por Visitación Olías (la esposa del banquero Cuervo), quien hacía alarde de concertista recordando el espectáculo que incluía dicha polka en aquellas noches teatrales, imaginamos que, en el Teatro de El Fontán.

¿Y cómo no iba a salir al escenario de Vetusta, el instrumento más acariciado por la alta sociedad de la época? Las más de las veces, eso, simplemente acariciado, o sólo como mueble decorativo para ocupar un espacio bien visible del piso más noble de la estancia. Era el caso del piano de cola “Erard”, que presidía el salón palaciego del político carlista Francisco de Asís Carraspique, situado justo enfrente de la casona de los Ozores, en la Plaza Nueva. Es el tal Carraspique quien se atreve además, a certificar las virtudes de la mocedad: “nada de teatros, ni de bailes… en casa se rezan todas las horas canónicas, maitines, vísperas… después el rosario… y nada de balcón, ni de tertulia, ni de amigas, que son peligrosas. Eso sí, tocar el piano si se quiere, y coser a discreción...”.

Ana Ozores mientras tanto, y dotada de tantas gracias, no había alcanzado la de la música; se limitaba a tocar “Casta Diva” con un sólo dedo. ¡Pobre Bellini! Pero su sensibilidad le permitía, en cambio, y si tenía un día subido de ánimo, escuchar música hasta en las gotas de lluvia de la Quintana de El Vivero. Es decir, lo que en otro momento le podría resultar un tormentoso y pertinaz orbayo, ahora y a tenor de su optimismo espiritual, se convertía otra vez en una emoción poética de aire impresionista: “…¿Qué es el agua que cae sobre esas colinas, esos prados y esos bosques? El tocado de la naturaleza… además aquí, en el campo, la lluvia es una música…”. Por eso y ante tanta alegría, Ana Ozores abre la ventana y oye música:“El rumor de la lluvia / sobre las hojas / y el ruido de las alas / de las palomas”.

En su biografía real, sin embargo, Clarín tuvo en su señora esposa Onofre Gía Argüelles (a la que una enfermedad había dejado un poco coja), tuvo en su enamorada, como apunto, a la mejor concertista musical de su vida. No en vano había sido alumna del maestro Víctor Sáenz, lo que demostraba en ocasiones, al piano, amenizando reuniones familiares con pequeños conciertos.

Vals. Y en medio de todo, la otra catedral social de Vetusta, El Casino, donde de nuevo tirios y troyanos luchaban por dar preponderancia a sus estatus, a sus creencias religiosas o políticas, cuando no a sus tonterías más sonadas, y donde Ana Ozores era siempre la sensación más esperada. “…La orquesta anuncia un rigodón, y las violas y violines, los clarinetes y las flautas acompañadas de un piano de cola… comenzaron a llenar el aire con sus acordes...”. Después, un vals. Sin embargo, no todos podían exhibirse elegantes o vestidos de frac, lo cual atestiguaba de por sí, una posición social relevante. Pese a todo, y otra vez dando lugar a la coexistencia de polos opuestos, a última hora en El Casino también entraban a bailar los de levita, y hasta los de cazadora.

Había, no obstante, que mantener las formas. El Arcipreste Don Cayetano Ripamilán exhortaba a los jóvenes de Vetusta con sus prédicas: “…¿De dónde sacan que puede ser buena crianza coger a una señorita por la cintura y apretarla contra el pecho?”. El clero también remarcaba su oposición a aquellos “bailes peseteros del Teatro”, donde el mismo Arcipreste creía que “…nacía la corrupción de Vetusta...”. Otra tarde de tantas en El Casino, Don Frutos Redondo el indiano del Barrio Nuevo, Foja el exalcalde de la ciudad, y Joaquinito Orgaz, alardeaban sus extravagancias. Este último “comenzó un baile flamenco con perfección clásica. No faltaron jaleadores, y sonaron palmas mientras cantaba el mediquillo con voz ronca y melancolía de chulo”:“Es una cosa / que maravilla, mamá / ver al Frascuelo la pantorrilla, mamá”.

Ópera. Pero Vetusta no sería tal, sin la zarzuela y la ópera. “La Regenta” está salpicada de apuntes que establecen gradaciones entre una y otra, incluso entre la primera y la poesía. En cierta ocasión, discutían varios vetustenses acerca de las bondades de uno y otro género. Todos ellos se atrevían a pontificar; el caso era quedar por encima de los demás, aunque fuera con argumentos minúsculos. Que si Pallavicini: “…Ah, qué voz de arcángel...” decía el ya nombrado ex alcalde Foja: “…Yo, como al barítono Battistini, no he oído a nadie...”. Sin embargo, el diputado provincial Ronzal trató de superponerse a tanto sabio musicólogo: “…la música es el ruido que menos me incomoda...”. Y por si fueran pocos aquellos “tratados musicales”, los contertulios se atrevían a establecer criterios entre cuáles de las voces masculinas eran más varoniles; uno de ellos decía que la del barítono: “...más que la del tenor y la del bajo...”. Mientras, el ex regente Quintanar, aunque echaba de menos los conciertos al aire libre de sus veraneos en la costa, le hacía grandes guiños a la zarzuela, que él mismo consideraba un género “híbrido”, pero en el que reconocía algunos títulos que tildaba de categoría “seria”. Eran los casos de “Marina”, “El dominó azul”, o “El juramento”.

Pero volviendo al primer capítulo de la novela, el sabio Saturnino Bermúdez rememorando tal vez, dice Clarín, alguno de sus amores de niño, o alguna heroína de sus novelas, salía de ronda en noche de luna. Pretendía nada menos que, alcanzar el éxtasis de los místicos, y para ello entonaba “Casta Diva”, “Spirto gentil”, o “Santo Forte”.

Y para contribuir al alimento musical de toda esta tropa, se decía que no pocas compañías artísticas “tronaban” en Vetusta, se disolvían, y alguno de sus cantantes solistas acababa siendo adoptado por los coros locales. Con todo, había que ir al teatro. El frío gélido del coliseo del Fontán (600 localidades, las mismas del actual Teatro Filarmónica), en el que a veces los propios artistas actuaban tiritando, era un inconveniente que había que salvar. Ver, y dejarse ver, era la consigna, y cuando Ana Ozores entraba en el palco de los Vegallana, la admiración era tan grande, o más, que la del propio espectáculo. Otras veces La Regenta acudía con su marido al Teatro Real, y si no, en un estado de aburrimiento o de éxtasis, acababa imaginándoselo. En este caso escuchaba una Cavatina de Rossini: “Ecco ridente il ciel” (“Aquí está el cielo risueño”). También en aquellos viajes en tren, Quintanar, al que ahora le daba por la ópera, soñaba cantando una escena de “El barbero”.

Los pasajes operísticos, como antes apuntaba, están muy presentes en este conjunto de heterogéneos personajes, y para quienes los títulos más señeros forman parte de su cartelera; es decir, de sus exhibiciones, canturreos, o extravagantes tertulias. Una noche El Magistral se asomó a la ventana a observar cómo la luna parecía salir de ronda, posándose de tejado en tejado. Por un momento, escuchó salir de un balcón “…las notas dulces, lánguidas, perezosas, de un violín que tocaban manos expertas...”. Eran unos compases del tercer acto de “Fausto”. Don Fermín no precisaba ser un experto en ópera, para adivinar que aquella música hablaba de amor; era un regalo, incluso peligroso, creía, pero escuchar aquellas notas con tanto deleite, era un placer sensual: “Al pallido chiaror che vien degli astri d´or, dami ancor contemplar il tuo viso...”. (“En la pálida luz que proviene de las estrellas doradas, déjame aún contemplar tu rostro...”).

En otra noche de reunión primaveral, Quintanar se mostraba feliz y dichoso junto a su eposa. En una de éstas: “Don Víctor, satisfecho, sujetó mejor el brazo de su mujer, que colgaba del suyo, le tomó la mano como un tenor de ópera, y cantó: ‘Lasciami, lasciami, / oh lasciami partir’”. Y en medio de tanto delirio campestre, el marido de La Regenta anhelaba la presencia de algunas estrellas de la ópera: “figúrate, en medio del Vivero, ahí junto al estanque, figúrate a Gayarre o Massini, cantando en esta noche tranquila, en este silencio, y nosotros aquí, (…) oyendo, oyendo”.

Aquellas tardes de desenfado y alegría, de pellizcos, juegos, y bromas (casi infantiles), se repetían cada jornada en el campo, donde antes de salir la luna, un concierto de espontáneos artistas irrumpía en medio de la oscuridad de El Vivero. Paco Vegallana (el hijo de los marqueses del mismo nombre), se atrevía con unos fragmentos de “La Favorita”, mientras que Joaquín Orgaz lo hacía por “Malagueñas”; Quintanar se unía al grupo, cantaba y dejaba cantar a los que afinaban más que él.

También a modo de escena operística, Clarín describe la presencia del Magistral en la celebración campestre del Día de San Pedro, con el mismo aire del rondador Mefistófeles, cuando éste es enviado por Fausto (en la ópera del mismo título), a rondar a su amada Margarite. En el mes de julio, ya pasada la fiesta sampedrina, otras muchas festividades ocupaban el calendario de las noches vetustenses, cuando a veces de lejos, “...se oían aquellos cánticos monótonos, pero siempre agradables, dulces y melancólicos de la danza indígena...”, (se supone que de la “Danza prima”).

Sólo queda el final de la obra, y que también como si de una ópera se tratara, acaba en tragedia. Tras el adulterio del que es objeto Quintanar, éste teme por la vida de su esposa Ana Ozores, enferma y extraviada de amor. Ello le recordaba a “La Traviata” en la escena en que, tras engañar a su esposo Alfredo, Violetta muere cantando. Muy poco le quedaba a La Regenta, para yacer en el frío mármol de la catedral de Vetusta, sin música, por esta vez.

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