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Alfonso II, de San Salvador a Santiago: El reino del Rey Casto

Este 2021, Año Santo Jacobeo, la figura del noveno rey asturiano se ha visto magnificada como primer peregrino

Estatua de Alfonso II junto a la Catedral.

Estatua de Alfonso II junto a la Catedral. LNE

Fuera del Jardín de los Reyes Caudillos –donde se inmortalizan en piedra once de los doce monarcas que tuvo el Asturorum Regnum (718-910), con el triunfante Pelayo al frente– la escultura, a medias entre monje, monarca y guerrero, de Alfonso II El Casto, obra de Víctor Hevia, vigila la plaza de la Catedral y el templo mayor de la ciudad que convirtió en capital regia en un lejanísimo siglo IX. El conjunto escultórico, de inicios de los años cuarenta del pasado siglo XX, fue encargado a prestigiosos artistas para simbolizar un pasado glorioso que la dictadura uso ideológicamente. Pero por encima de la utilización interesada de la Historia, ayer y hoy la Historia va desvelando su verdad, tesón investigador mediante.

De todos los reyes de aquel tiempo mítico, la imagen de Alfonso II renace en la ciudad que transformó en sede permanente de un reino pequeño, hasta entonces itinerante. Pese a ser el noveno, Alfonso II era biznieto de Pelayo por vía materna, nieto de Alfonso I El Católico, que había extendido los dominios, e hijo de Fruela, casado con la princesa vasca Munia, con lo que el núcleo inicial, sin gran implantación todavía, se extendía por la cornisa cantábrica con incursiones ocasionales al sur inestable. Alfonso II, nacido en Oviedo, tuvo un reinado inusualmente largo (791-842) y antes de heredar el trono de su padre Fruela, de muerte violenta, vivió infancia y juventud incierta al amparo de su tía Adosinda, esposa del rey Silo, en Pravia, cuidado un tiempo en el monasterio de Samos (Lugo) y refugiado otro en la vasconia materna. Hasta cuatro reyes mediaron entre su padre y él, con luchas intensas entre las ramas de la familia. Una vez en el trono cumplió con creces su misión, tras las breves y destructoras incursiones musulmanas del 793- 795, promovidas por el emir cordobés Hisam I. Logró estabilizar las posesiones astures, crear una corte con administración palatina, protocolo, palacio e iglesias, enfrentarse a la herejía adopcionista toledana y establecer relaciones diplomáticas con Carlomagno, el monarca más poderoso de la cristiandad, “emperador romano” desde el año 800 con trono en Aquisgrán (Alemania).

Todo lo que hizo El Casto tuvo como objetivo la consolidación territorial contra los ataques externos y las rebeldías internas gallega y vasca. Pocas son las fuentes que de su largo reinado dan información. Las crónicas posteriores de Alfonso III el Magno están destinadas a su propia loa y justificación, como es normal; y las referencias de las fuentes históricas musulmanas han de ser tomadas también con prudencia. De su tiempo poco resta, aunque sí sus obras. Se tiene referencia de edificaciones palaciales. Existen noticias de la restauración de una iglesia primitiva de San Salvador con capillas dedicadas a los doce apóstoles y restos constructivos maravillosos de la Cámara Santa. Permanece la joya en piedra de Santullano, San Julián de los Prados, con su hechura prerrománica, orgullo real, con sus magníficas pinturas murales policromadas de significado aún enigmático, Monumento Histórico Artístico desde 1917, Patrimonio de la Humanidad (1998). Los esposos San Julián y Santa Basilisa, a cuya advocación se dedica, fueron mártires de las persecuciones de Diocleciano en el siglo IV en Antioquía y gozan de veneración en iglesias de otras localidades, particularmente en el norte de común historia. Por su fábrica y ornamentación San Julián de los Prados debió formar parte de un entorno palacial ya de cierta envergadura, acorde con la capitalidad.

Necesitado el reino de cohesión territorial de este a oeste, el descubrimiento de la tumba del apóstol Santiago (Iacobus) en las proximidades de la vieja sede episcopal de origen romano de Iria Flavia, a pocos kilómetros de Santiago de Compostela, significó “un descubrimiento singular”. Cuentan que a su puerto había llegado la barca con los restos del Apóstol, rescatados por dos discípulos que lo alejaron de los enemigos de la fe en Palestina y lo trajeron en el siglo I donde se acababa la tierra, a Finis Terrae (Finisterre). Según el relato, en el siglo IX un ermitaño llamado Pelayo (casualidades), informó al obispo Teodomiro de Iria de prodigios luminosos en el Campus Stellae, descubriendo la tumba de Santiago. Avisado el rey Alfonso II, peregrinó él primero y, comprobado el hallazgo, promovió levantar la Catedral como tumba santa.

En la hábil política del monarca astur, el lugar santo de Santiago fue una noticia que recorrió la cristiandad, convirtiéndose en centro de peregrinación que serviría para integrar el territorio y crear una red de caminos que ligara los distintos pueblos. Potenciado siglos después con la Catedral compostelana y su consagración, el Camino de Santiago, avanzada la Reconquista al valle del Duero, fue motor de poblamiento y riqueza, de creación y expansión urbana, mientras Santiago Apóstol devino en patrono de España y espada santa ideológica contra el Islam.

Este 2021, Año Santo Jacobeo, que sucede cuando la festividad del 25 de julio cae en domingo, la figura histórica de Alfonso II El Casto se ha visto magnificada, identificada como «origen del Camino». Y es que todo en El Casto está en clave religiosa, alianza necesaria del poder. Se dice que fue ungido rey un 14 de septiembre, día de la Exaltación de la Santa Cruz; que “fue amable a Dios y a los hombres”; que tras un reinado largo “llevando una vida llena de gloria, casta, púdica, sobria e inmaculada” falleció octogenario “de buena vejez” un 20 de marzo del 842. Sin descendencia, el poder pasó a la rama familiar de Alfonso I, el yerno de Pelayo. Ramiro, construyó los admirables monumentos de Santa María del Naranco y San Miguel de Lillo y, tiempo después, otro Alfonso, III, El Magno (866-910), afianzó la reconquista hasta el Duero, lo que motivó el traslado de la corte y su séquito a León.

De los doce reyes asturianos, salvando los mitos fundacionales de Pelayo y Covadonga tan frecuentes en la onomástica popular, los tres alfonsos marcaron impronta como nombres reales. Hubo hasta seis monarcas portugueses con este nombre, cinco aragoneses y nada menos que once castellano-leoneses hasta el siglo XIV. Y todos, casi, tuvieron apodos de resonancias positivas. Por ceñirnos a los castellanos: “El Bravo” (Alfonso VI), “El Emperador” (Alfonso VII), “El Noble” (Alfonso VIII), “El Sabio” (Alfonso X), “El Justiciero” (Alfonso XI). A partir del siglo XIV cesan los alfonsos. Tal vez el romanticismo del XIX, volviendo la mirada hacia la Edad Media, lo hizo retornar cinco siglos después con Alfonso XII, al que promocionaron como “El Pacificador”.

De vuelta al décimo siglo, Oviedo dejó de ser centro de la monarquía y perdió influencia. Se convirtió en poder episcopal y reforzó su atracción religiosa con la valoración de las reliquias de la Cámara Santa (Arca Santa, Santo Sudario, Cruz de la Victoria, Cruz de los Ángeles y Caja de las Ágatas) que El Casto, “humilde siervo de Cristo” habría mandado traer desde el Montsacro a este recinto, el más viejo junto a la cripta de Santa Leocadia y la Torre de San Miguel del entorno catedralicio. La Catedral de San Salvador se fue levantando a lo largo del medievo. Nadie está sobre Dios, de ahí el eslogan de que “quien va a Santiago y no al Salvador, visita al Criado y olvida al Señor”. Un empuje temprano a las reliquias astures lo dio la visita en el siglo XI de Alfonso VI a la Sancta Ovetensis reforzando su sentido de lugar privilegiado de peregrinaje. Oviedo se alzó con su jubileo particular del 14 al 21 de septiembre (de la Exaltación de la Cruz a San Mateo) y su “Perdonanza” hasta avanzada la Edad Moderna. En el callejero urbano hay una Gascona o una Rúa, reminiscencias galas. Se levantaron hospitales y albergues y una secuencia de capillas poblaban los caminos, el primitivo, el de la costa o el de la meseta hasta aquí y a Santiago.

Además de las motivaciones religiosas y espirituales que se mantienen hoy, las peregrinaciones y sus caminos forman parte de un potenciado turismo cultural cuyo desarrollo en este caso se amplió desde la década de los ochenta del siglo pasado. En pleno auge trasciende fronteras y revitaliza la economía. Y, aunque no es el más transitado, el Camino Primitivo, desde Oviedo hasta Santiago de Compostela, discurriendo por la belleza verde del «paraíso natural» es, a poco que se cuide su patrimonio histórico, tan necesitado, un buen camino.

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