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Análisis

Abamia desnuda a Santullano

San Julián de los Prados

San Julián de los Prados

Santullano está desnudo. Esa piedra vista, tan cara a la sensibilidad romántica, nunca fue la solución elegida por sus constructores. En el siglo IX, un edificio sin enlucir se entendería inacabado, tanto por cuestiones estéticas como por razones de naturaleza estrictamente técnica: el enlucido era, y es, una protección necesaria para los muros, al exterior y al interior. En el caso de San Julián de los Prados, con sus paredes decoradas con pinturas, esa línea de defensa que aporta el revoco es aún más pertinente.

Hay poderosas razones histórico-artísticas para enlucir Santullano, un templo declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. La más importante la dejó clara el Instituto de Patrimonio Cultural de España (IPCE), en un informe cuyas conclusiones sintetizó días atrás LA NUEVA ESPAÑA: “La causa fundamental del deterioro de las pinturas murales de la iglesia se encuentra en la falta de revestimiento exterior de los muros de mampostería”. Por ello, el IPCE rechaza restaurar la decoración interior de Santullano, el mayor y más importante conjunto de pintura mural altomedieval de toda Europa Occidental, si antes no se aplica una protección a la cara externa de los muros.

Abamia desnuda a Santullano

Santullano estaba enlucido en su origen. De hecho, ha estado enlucido durante once de sus doce siglos de existencia. No fue hasta 1912 cuando Fortunato de Selgas, en su interés por devolver al templo su aspecto original, retiró el recubrimiento barroco, tanto al interior como al exterior del templo. Esto propició que aflorasen las valiosas pinturas, que se encontraban ocultas bajo una capa de enlucido, pero a su vez las dejó sin protección alguna, al retirar el revestimiento al exterior. La contaminación de la sensibilidad romántica probablemente llevó a Selgas a pensar que, en su origen, el templo mostraba orgulloso sus pétreos muros. Obviamente, se equivocaba.

La desnudez de Santullano se tornó trágica en 1971, cuando se desarrolló la autopista “Y”, ejecutándose la entrada a Oviedo a escasos cinco metros del templo. Santullano, sin ese enlucido original, lleva medio siglo absorbiendo los humos de los escapes de cientos y cientos de coches cada día. Toda esa polución alcanza los muros desprotegidos del templo, se cuela entre las piedras y golea con dureza las pinturas.

El enlucido ayudaría al templo a protegerse de esas partículas y tiene además la ventaja de que resulta inocuo para los muros y totalmente reversible. Existe incluso la posibilidad de aplicar una emulsión hidrofugante invisible, aunque en ese caso sí que puede afectar a la piedra y carece de esa cualidad de reversibilidad que sí tiene el revoco tradicional.

Frente a estas poderosas razones para enlucir Santullano, solo hay un argumento en contra: la posible alteración de la imagen consolidada y aceptada del edificio. No es asunto menor, aunque lo parezca. La aplicación de un encalado sobre el templo supondría una modificación sustancial de su aspecto exterior, y a la propia imagen del conjunto del arte prerrománico, que tiene en Santullano uno de sus principales vestigios.

Esta problemática se percibió con nitidez en 2007, cuando se ejecutó la rehabilitación de Santa Eulalia de Abamia, en Corao (Cangas de Onís). Aquella intervención, proyectada por el arquitecto Javier Arbesú, con el asesoramiento del restaurador Jesús Puras y financiada por la Consejería de Cultura del Principado, incluía la recuperación del revoco exterior de la iglesia, una solución que se defendió por ser necesaria para la conservación del templo, y por el interés por recuperar su esplendor original.

Vista en perspectiva, la restauración de Abamia podría considerarse una suerte de experiencia piloto, una prueba para ver cómo respondía la ciudadanía ante el enlucido de un bien patrimonial. Si realmente ese fue el ánimo de los promotores, resultó un fiasco. La intervención fue respondida con un rechazo frontal por parte de los vecinos, y entre la propia comunidad académica generó opiniones encontradas.

La polémica se centró en tres aspectos. El primero, el color elegido para el enlucido, un ocre-amarillo similar a los restos que Puras detectó en la mampostería del templo, pero que resultaba muy fuerte para la sensibilidad actual. El segundo, la decisión de revocar incluso los contrafuertes del templo, unos elementos menos frágiles que los muros de sillarejo o mampostería, al estar realizados en sillería, y que por tanto no se suelen revocar. Algo que se decidió al hallar, también en esas zonas, restos de pintura.

Estos dos aspectos generaron controversia, incluso malestar. Pero lo que dinamitó la polémica fue una nefasta ejecución, producto de permitir a la empresa adjudicataria subcontratar las obras. Tras diversos parones y disputas, la obra se concluyó ese mismo año. Pero pronto se empezaron a constatar, a simple vista, las consecuencias de una incorrecta aplicación del enlucido. A las pocas semanas de concluir la obra, ya se podían apreciar varias grietas en el enlucido, e incluso zonas abombadas, en las que la carga se estaba desprendiendo.

La polémica por la restauración de Abamia llegó a tal punto que obligó a la Consejería de Cultura a realizar una segunda intervención, para rectificar las deficiencias de ejecución y algunos aspectos de la primera actuación, como la aplicación de un revoco a los contrafuertes.

Pero el fiasco de Abamia ha tenido otras repercusiones menos visibles, aunque más relevantes. La Administración no ha vuelto a plantear una intervención tan agresiva sobre un bien patrimonial, y en estos catorce años la posibilidad de enlucir Santullano se ha tomado siempre con una cautela extraordinaria, pese a contar con el respaldo total de la comunidad académica. Podría decirse que Abamia mantiene desnudo a Santullano.

La diferencia es que ahora toca afrontar el debate sí o sí, hay que abrir el melón. El dictamen del IPCE, que está dispuesto a afrontar la cuantiosa inversión que requiere la restauración de las pinturas de Santullano, obliga al Principado a mover ficha. Y de su decisión depende la supervivencia de uno de los principales edificios del Prerrománico. Lo único que nos hace únicos.

Hoy, último día de la exposición de LA NUEVA ESPAÑA en Trascorrales

“Santullano, viaje al siglo IX” cierra hoy sus puertas. La muestra de LA NUEVA ESPAÑA sobre el templo prerrománico se abrió al público el pasado 8 de julio y, en menos de un mes, miles de visitantes completaron un recorrido expositivo que, a través de los sentidos, lleva a turistas y vecinos a los años en los que se construyó la iglesia de San Julián de los Prados, para disfrutar del monumento en todo su esplendor. La exposición, alojada en Trascorrales, está organizada por el Ayuntamiento de Oviedo en el marco de las actividades culturales de promoción de Oviedo como origen del Camino de Santiago, campaña subvencionada por el Gobierno del Principado. “Santullano, viaje al siglo IX” propone un itinerario sensorial en el que los visitantes pueden escuchar los sonidos que imperaban alrededor y dentro del templo en tiempos del rey Alfonso II el Casto, oler las esencias y los aromas de la época y descubrir las texturas de la piedra, las pinturas del templo y las joyas del Reino de Asturias. Todo ello antes de ver, a través de sus propios dispositivos móviles, una reconstrucción digital del interior de San Julián de los Prados en los años inmediatamente posteriores a su construcción, contemplando los valiosos frescos del templo tal y como fueron concebidos. Una milagrosa vuelta al pasado gracias a las nuevas tecnologías.

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