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El Plan Director de la Catedral suma 5,25 millones de inversión en 25 años

El macroproyecto para restaurar el templo celebra un cuarto de siglo con un grado de cumplimiento del 90% tras 24 intervenciones

La Catedral de Oviedo.

El 1 de julio de 1996 dos kilos de piedra del bocelón interior del rosetón norte del crucero de la Catedral de Oviedo se desprendieron a las pocas horas de que la hermana de Juan Carlos I, Pilar de Borbón, de viaje en la ciudad para una consulta en la clínica Fernández Vega, hubiera visitado el panteón real, allí mismo, en la capilla del Rey Casto. La virtualidad de un accidente fortuito en el que la vetusta dolomía de Laspra hubiera acabado con un miembro de la corona española tuvo que ser, tal y como supone ahora el arquitecto Jorge Hevia, redactor del Plan Director de la Catedral junto a su socio de entonces, Cosme Cuenca, el detonante que impulsó la puesta en marcha de aquel macroproyecto para devolver al gran templo asturiano su mejor expresión arquitectónica. Las obras para reparar el rosetón comenzaron unos meses después, en diciembre de 1996. Se cumplen ahora 25 años y el Plan Director, en este cuarto de siglo, se ha completado en un 90%, tras 24 intervenciones que han supuesto 5,25 millones de euros de inversión de las administraciones públicas, de la propia Iglesia y de algunos patrocinadores privados. Por cuantía, destaca el Principado de Asturias, promotor de un 53% de las obras, y el Estado, a cargo de un 37,26% a través del Ministerio de Cultura o de Fomento.

Jorge Hevia contempla ahora el trabajo realizado durante estos años con cierta satisfacción. Más allá de los resultados, de un templo conservado en buenas condiciones, considera que se lograron cumplir los criterios previos de un plan a largo plazo como fue este. En realidad, Hevia y Cuenca habían redactado un avance del Plan Director un año antes, en diciembre de 1995, y el documento definitivo se presentó un año después, en 1997, pero el inicio de las obras, motivadas por la urgencia de los desprendimientos en el rosetón norte, fueron al final los que marcan esos 25 años de trabajos.

La metodología previa que se empleó parte de cuatro preguntas esenciales: ¿Qué observas? ¿Qué haces? ¿Por qué lo haces? ¿Cómo lo haces? Lo primero, era ver qué le pasaba al templo, cuáles eran sus daños y sus patologías; y ahí se constató que uno de los problemas principales era el desprendimiento de fragmentos pétreos, motivados en muchos casos por las filtraciones de agua. La respuesta a esta situación, la segunda pregunta, obligaba a plantear unas propuestas concretas de intervención, la terapia, que debía de estar justificada (¿por qué lo haces?) y tenía que acabar materializándose en proyectos concretos, la fase del cómo.

Y con esa filosofía de la intervención como cimientos del plan se decidió que el primer paso era evitar más daños en los contenedores antes de empezar a reparar los contenidos. Había que sellar el templo, conseguir la estanquidad en todos los recintos antes de empezar a trabajar en su interior. Lo contrario, concluyeron, sería tirar el dinero. Ese método se utilizó a lo largo de todo el proyecto. La Cámara Santa se aisló antes de empezar a trabajar en la recuperación de su apostolado. Y en todo el templo se comenzó con la reposición de las cubiertas. En algunas partes no fue nada fácil. En especial, la capilla de los Vigiles fue una de las partes más complicadas, y a la postre, la restauración en su interior ha sido una de las últimas piezas en completarse. El problema, allí, es que es la única zona de la Catedral que no tiene cubierta de teja. El arquitecto, quizá inspirado por un modelo neoclásico y en este caso equivocado dado el clima de Asturias, diseñó una cubierta pétrea. A lo largo de los siglos, el orbayu había ido calando en esa piedra hasta el punto, relata Jorge Hevia, que en el interior de la capilla de los Vigiles, cuando llovía, “llovía piedra, se podía percibir el desprendimiento de fragmentos”. El verdín y la ruina de esa cubierta se solucionaron con una sobrecubierta de cobre que el tiempo ha ido camuflando con el resto de la fábrica. Se colocó dejando una separación suficiente por el medio e instalando una doble cubierta de vidrio a distinta altura que impidiera pasar la lluvia pero permitiera circular al aire. Toda esa intervención permitió un secado lentísimo pero muy eficaz de la cubierta, que al cabo de los años, cuando el capilla había perdido toda aquella humedad acumulada, permitió intervenir en su interior con seguridad.

“Organizar la restauración de un gran y heterogéneo complejo que se ha ido conformando durante más de un milenio, tras numerosas adiciones, reformas, sustituciones, transformaciones y reconstrucciones, exige una planificación”, reflexiona Jorge Hevia. La Catedral de Oviedo incluye, en su mayor parte, fábrica que va el siglo VIII al XVIII. El Plan Director exigía una enfoque pluridisciplinar, tanto en el análisis previo como en la actuación final. “El equipo que ha intervenido en las restauraciones”, detalla el responsable del Plan, “ha estado integrado por arquitectos, aparejadores, arqueólogos, fotógrafos, fotogrametristas, geólogos, historiadores, ingenieros, luminotécnicos, petrólogos, restauradores y topógrafos, con el apoyo y la colaboración de los técnicos de las diversas empresas que han trabajado, especializadas en la disciplina de la restauración monumental”.

Hevia tampoco se olvida de los apoyos privados. En el Plan Director la Fundación Endesa financió los trabajos de iluminación y la Fundación María Cristina Masaveu, los de la mejora de los accesos a la Cámara Santa. Además, la Fundación Hidrocantábrico patrocinó la restauración del retablo de la capilla de San Martín. Pero sí hubo otra figura crucial en la consecución de las 24 intervenciones, esa fue la del deán Benito Gallego, que desde su condición de canónigo fabriquero fue la gota china para reclamar los dineros a las administraciones, ordenar las actuaciones y efectuar, con los fondos propios, aquellos trabajos de mayor urgencia.

En esos 25 años hubo tiempos de mayor y menor inversión, la crisis de 2008 paralizó las ayudas culturales y hubo un gran temor, asegura Hevia, ante lo que llama los “conciertos sísmicos” provocados por las actuaciones en San Mateo en la plaza de la Catedral. Tanto aquellos volúmenes como las hogueras de San Juan muy próximas a un campanario con unas maderas ya muy atacadas por los insectos, llegaron a poner en lo peor al arquitecto. Hoy, celebra, esos peligros han desaparecido y a falta de las vidrieras sur y de los accesos a la torre, prácticamente todo está hecho y el deber de “mantener y conservar la Catedral en el mejor estado posible para las futuras generaciones”, cumplido.

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