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La ilusión por ver a los Reyes Magos puede con la lluvia y el covid en Oviedo

Caballos, burros, ponis y conejos volvieron a triunfar entre el público más joven, deslumbrado ante las carrozas reales

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En imágenes: Así ha sido la cabalgata de Oviedo

De cabalgata y orbayando, parafraseando al “Presi”, ayer en Oviedo todo el mundo acabó venciendo los miedos víricos y meteorológicos y la magia de esa noche volvió a obrar el milagro: nadie salió pingando del desfile. La lluvia perdonó a los 37 pasos y a los miles de vecinos que, poco a poco, cautos, esperando al último momento, como si la fragilidad de los tiempos fuera a dar al traste y por sorpresa con toda la parafernalia oriental, fueron agolpándose ante las vallas con más holgura que en los años anteriores a la pandemia, pero con la misma ilusión en las miradas y los gritos de los niños. Se volvieron a pedir caramelos como si los fueran a prohibir mañana y pajes de toda condición y tocado los repartieron con esas maneras tan educadas incorporadas en los últimos años: puñados a la mano de cada uno y nada de arrojarlos por el suelo y dejar que los críos se pelearan por el botín. También se volvieron a corear los nombres de los tres Reyes y al éxito inevitable de Melchor, Gaspar y Baltasar, cerrando el desfile en sus carrozas, le salió competencia animalista. Las bestias, después del Rey Mago preferido de cada uno, fueron las estrellas de la noche, los caballos, los burros, los ponis y hasta los pequeños conejos del grupo de pastores.

Todo volvió a salir como siempre, y ni las masacarillas ni la distancia ni las pocas prohibiciones (no fumar, nada de sprays) empañaron la tradición del cinco de enero. Las calles y ventanas volvieron a llenarse para verlos pasar con la ilusión de lo que iban a dejar.

Antes, cuando la banda “Unión musical Principado”, encargada de abrir la cabalgata, todavía no había salido de Minas, el cielo todavía cumplía sus amenazas y la lluvia iba y venía con mayor o menor fuerza, convirtiendo a los primeros grupos de espectadores en coreógrafos de un vals del paraguas a trancas. Los temores se evidenciaban en los huecos impropios de la fecha. Luego acabarían llenándose y en algunos puntos, en especial en la calle Uría, las aglomeraciones casi no desmerecían los tiempos prepandémicos, pero a las seis de la tarde, con las últimas luces del atardecer, la verja de la Junta todavía no era un lugar donde hacer escalada libre, nada de “¿puede apartarse? ¡Que el niño no ve!”. Como había dicho la concejala de Festejos, Covadonga Díaz, había sitio suficiente para todos.

A esa hora tampoco había aún segundas filas y ante la amenaza de lluvia las familias habían ido ocupando sus puntos de observación favoritos sin necesidad de sacar codos ni guardar el metro cuadrado como otros años. Los había, sitio de sobra, en las escaleras el edificio que fue del Banco Asturiano delante de Porlier, donde la madre fabricaba con paciencia sombreros para toda la prole con papel de periódico. Los había en las escaleras del Convento de Santa Clara, donde María Terente aguardaba por sus padres junto a su pareja, Frederic Corre. El sitio de siempre, por más que ahora vivan en Francia, vuelvan a casa “como el turrón, por Navidad” y los niños ya sean chavales de 19 años con otras fechas y otras responsabilidades.

La impresión de que había más vallas que gente, más personal de seguridad que público, cambió por completo cuando el cortejo empezó a desfilar desde Minas. La calle Uría ya era un hervidero. Abajo y en las ventanas. Balcones, terrazas y ventanas de la arteria comercial de la ciudad volvieron a asomarse a ver la cabalgata, vistas privilegiadas aunque sin tener a mano a los pajes repartiendo puñados de caramelos.

Entre las bandas, sultanes, emires y toda la fanfarria orientalista clásica con que en Oviedo se pinta la cabalgata, los caballos brillaban en la noche y recibían el aplauso. Veinte pasaron ayer por las calles. Los niños, antes de poder identificar a sus reyes magos favoritos, admiraban los trotes, los saltos, los dibujos, los pasos: “¡caballito, caballito!”. Y también, claro, el paso de los pastores, un guiño a la Asturias rural que siempre triunfa porque trae bichos. Los burros, los ponis y, en especial, los conejitos, desfilados en cesta de mimbre por algunas de las ayudantes del cuadro pastoril para que la chiquillada pudiera acariciarlos, fueron un reclamo tan solicitado como los caramelos o un saludo de Melchor, Gaspar o Baltasar.

Bernardo Gutiérrez de la Roza, ayudante de Melchor, Miguel García, representante de Gaspar y Ali Myob, encargado de Baltasar, cerraban la comitiva. Volvieron a juntarse en la plaza de la Catedral, donde una representación de la corporación municipal, encabezada por el Alcalde, Alfredo Canteli, junto al Deán de la Catedral, Benito Gallego, aguardaba su llegada para protagonizar el momento de la adoración al niño Jesús.

Su aterrizaje en la plaza fue acompañado por los gritos del público más joven. Niños como Nicolás Serrano se dejaron los pulmones en demostrar cuáles eran los colores de su equipo. Un “¡Baltasar, Baltasar!” rompía la pretendida solemnidad del encuentro entre magos de Oriente, munícipes y representantes del Cabildo. A su lado, el resto de hermanos, primos y amigos (Candela Serrano, Julia Menéndez, Armando Lafuente...) apoyaban la jugada, con algún voto particular dedicado a Melchor o Gaspar. En la plaza, los Reyes se deshacían en elogios para la ciudad: “ Nunca en nuestra vida vimos tanto cariño, enhorabuena por esta ciudad tan bonita que tenéis y por estos niños”.

Algunas palabras más confesadas en voz baja –“que les encantaría volver”, nos han dicho, explicaba Canteli–, despidieron el cuadro de la adoración y los Reyes Magos regresaron a sus carrozas. Otra vez los niños volvían al delirio. Blanca Somolinos López, junto a su hermana pequeña, Inés, volvía a gritarle a Baltasar. Era su preferido y lo que más le había gustado de la cabalgata, junto a los pastores y los caramelos, por eso orden. Subido ya a su trono, todo lujo asiático, sonrisa inmensa, acolchados dorados, Baltasar ofrecía otro resumen de lo que los sabios vieron ayer por Oviedo y de lo que más les gustó: “Los niños, ellos son un espectáculo”.

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