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Rebelión en La Granxa contra las carreras ilegales: “No podemos ni sacar la basura”

Los vecinos de la localidad situada junto al puente de Villapérez temen que los coches desbocados causen una desgracia

De izquierda a derecha, Ismael Fuertes, Luis Vázquez, Noah Vázquez, Rubén Vázquez y Víctor Romero IRMA COLLIN

La entrada al pueblo de La Granxa es una golosina para los amantes de la conducción temeraria. Así lo describen los vecinos de esta localidad ovetense, a un paso de La Corredoria y muy cerca ya de Villapérez. Curvas mal peraltadas, cambios de rasante de escasa visibilidad y ningún control más allá de la señal del limite de 40 por hora son el caldo de cultivo para una suscesión de carreras ilegales durante los fines de semana. "No podemos ni sacar la basura tranquilos", explican los residentes, temerosos de que, una mala noche, alguno de los coches desbocados cause un desgracia. Son el mismo grupo, dice un lugareño, que la policía desactivó el fin de semana pasado en Olloniego en plena competición al margen de la ley.

 Rubén Vázquez cuenta que se llevó un susto de muerte el viernes pasado. Circulaba junto a su mujer y su hijo Noah, de casi un año, cuando un conductor a gran velocidad le obligó a lanzarse al arcén para no sufrir un impacto. "Tuve suerte porque ya conozco la situación y siempre voy a 20 por hora en esa zona, pero pudimos habernos matado". En ese mismo lugar, dos noches antes, un coche había quedado colgando y la valla de seguridad destrozada.

Hace ya una década que conviven con estos sustos, con sus consecuencias y con todo tipo de circunstancias ligadas a los coches: vallas de ganado rotas, ruidosas concentraciones de coches tuneados en el parque, los jugadores del Oviedo que pasan como flechas de camino al entrenamiento y, por supuesto, las competiciones clandestinas, que describen al más puro estilo de las películas "Fast and Furious". Fuera de toda norma.

Luis Vázquez, vecino, asegura que son los mismos corredores que los de Olloniego, que se citan en el antiguo Eroski de La Corredoria y van cambiando de ubicación: "Esto es aún más grave, estamos hablando de una zona habitada, con tránsito de gente". Hay algunos jóvenes que cruzan de un lado a otro para ver a sus abuelos, mascotas y mucho viandante que se animó a recorrer caminos verdes tras la pandemia. Incluso coger la línea de autobús se convierte en una odisea, ya que ni siquiera hay marquesina, tan solo un poste que señaliza el paso de este transporte público al pie de la vía.

A Víctor Romero le gusta dar paseos acompañado de su perro “Zar”, una afición que, en especial los fines de semana, se complica debido al temor a que pueda suceder algo. El camino que une el Conceyín con La Granxa no es largo, pero carece de aceras o asfaltado y expone los cuerpos a la suerte, o a la celeridad que lleven los automovilistas. "Lo raro es que todavía no haya muerto nadie", afirma. "Hasta que no pase algo gordo, no se tomarán medidas", afirma otro. "Cuando veo venir un coche me paro hasta que pasa. Una vez incluso caí en una acequia", dice Ismael Fuertes, que vive allí hace 55 años y ha visto la evolución del problema. "Está peor iluminada la carretera ahora que cuando yo venía a cortejar de joven", bromea sobre otro de los problemas de la localidad, la falta de luz. Al parecer, entre Ayuntamiento y Principado se pasan la pelota unos a otros con la propiedad de la carretera, pero desde hace años "aquí nadie arregla nada".

La petición de los residentes, aseguran, es tan sencilla como unos badenes que obliguen a echar el freno. "Ni siquiera demandamos radares o controles. Otros lugares disponen de este mecanismo de seguridad, mismamente Villapérez, y a nosotros nos hacen falta", aclaran. Según cuentan hace un tiempo intentaron reunirse con el Consistorio pero desde este aseguran que no forma parte de su competencia. Por eso, han tenido que tomar medidas por su cuenta, como instalar macetas y pivotes para que los jóvenes no se instalen en la zona ajardinada de la torre del agua a celebrar fiestas antes o después de las carreras. “Venían como a una juerga, abrían los maleteros, ponían música... Todo esto al lado de nuestras viviendas”, cuenta Rubén.

Los residentes de esta zona rural se sienten abandonados, y aseguran que a pesar de la carencia de atención e infraestructura, lo que resulta más preocupante es que en este caso hay vidas en juego. La última petición fue arreglar las farolas que se encontraban fundidas y obligaban a la gente a desplazarse de un lado a otro con la linterna del móvil, lo cual aumenta la peligrosidad de la situación. “No nos importa limpiar el pueblo o no tener luces de navidad, pero pedimos unos servicios básicos que nos eviten el peligro, en especial a los niños y los más mayores”, afirman.

La Granxa es una localidad pequeña, donde residen aproximadamente una docena de familias, pero sus habitantes reclaman la misma tranquilidad de la que disfrutan otros núcleos rurales de la zona. “Hablan de la España vacía pero no ponen remedio a sus dificultades”, exclaman. Al menos respirarían tranquilos si la única competición de vehículos fuese el “Scalextric” de los más pequeños.

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