La Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias en versión barroca dejó ayer una buena entrada en el Auditorio Príncipe Felipe y un recital de música sacra que Juan de la Rubia condujo con pasión, bien desde el órgano, bien desde el clave, y que remató la voz de la soprano Núria Roca.

Abrió el programa el Concierto de Brandemburgo nº 3 en sol mayor, BWV 1048, de Johann Sebastian Bach, con la sonoridad del clave reforzada por el que tocaba Juan de la Rubia. El director empleó todo su cuerpo en la dirección de la orquesta, poniendo cabeza y pies en la conducción de la Orquesta allí donde tenía las manos ocupadas de la partitura.

El concierto nº3 de Brandemburgo fue una buena introducción a la velada barroca y dio paso a las cantatas de Bach, ya con Núria Rial en el escenario, muy aplaudida por le público.

La soprano despejó rápidamente cierto nerviosismo que se pudo percibir en los primeros compases de la nº 146 “Wir müssen durch viel Trübsal” (“Muchas tribulaciones debemos padecer para entrar al reino de Dios”), BWV 146, y finalizó su primera interpretación deleitándose en el remate de las frases, prolongando los finales con una tesitura brillante, admirable,

En juego muy atinado con la flauta de Myra Pearse, Rial afrontó otra cantanta de Bach, la número 82, «Ich habe genug” (“Tengo suficiente”), BWV 82, para cerrar esta primera parte de la velada con una gran ovación y el público rendido a las cualidades vocales de la soprano.

A diferencia del programa ofrecido el día antes en Gijón, y quizá para equilibrar la parte vocal, se alteró el orden del programa y fue “Rodelinda, Reina de Lombardía”, HWV 19, de Haendel, de nuevo con Núria Rial, la primera en sonar, dejando de nuevo a la orquesta en solitario para despedir el concierto. De nuevo la soprano dejó una interpretación emocionante y fue despedida por el público y los músicos con una cerrada ovación.

La OSPA se despidió con el Concierto en fa mayor para órgano nº 13, HWV 295, con un De la Rubia feliz al órgano, en especial en el Allegro, donde las sonoridades de la consola jugaron a imitar, con eficacia, al “cuco y el ruiseñor” del título. La música sacra de Bach a Haendel, de una religiosidad más tormentosa a otra más humana, dejó una sesión barroca llena de pasión y maestría.