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Despedida íntima y entre sollozos para Erika: “Era tan dulce y tan frágil...”

“Que el asesino se pudra en la cárcel”, piden allegados que arroparon en la capilla de las Religiosas de María Inmaculada a una familia destrozada

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EN IMÁGENES: Capilla ardiente por la adolescente asesinada en Oviedo Fernando Rodríguez

A primera hora de la mañana, la sede que ocupan las Religiosas de María Inmaculada en la calle de San Vicente aparentaba una jornada cualquiera: trasiego constante de alumnos, desamparados que se acercan a pedir cobijo a las puertas del centro social y alguna que otra religiosa dejando el patio impoluto con la escoba. Sin embargo, era una apariencia de calma engañosa: a todo transeúnte que se acercaba a solicitar información o ayuda se le respondía con serenidad: “Hoy va a ser complicado, estamos de luto”. La congregación se encontraba a la espera de la llegada de los restos mortales de Erika Yunga Alvarado, la menor acuchillada el martes en Vallobín.

La congregación quiso ser partícipe del adiós a la fallecida, ya que el vínculo entre ambas tiene tantos años como los que vivió la joven. Hace 14 nació Erika en Oviedo cuando su madre, Alba Alvarado, ya trabajaba como recepcionista de la residencia femenina María Inmaculada. Ella y su marido acabaron bajo la protección de sor Alicia Fernández, que hizo las veces de encargada social y madrina –literalmente, porque fue honrada con ese título en el bautizo de la pequeña–. “Les encontramos trabajo y vivienda. Demostraron que eran cumplidores y salieron adelante”, aseguró Fernández, quien cumplió con su papel de amadrinar hasta el último día: “En marzo fue su cumpleaños. Le regalé un libro y un angelito”.

"No quieren transmitir odio", aseguran los conocidos de la familia de Erika

"No quieren transmitir odio", aseguran los conocidos de la familia de Erika Agencia ATLAS

La capilla ardiente acogió a familiares y allegados en un ambiente tan íntimo como multitudinario, en el que los muros de la parroquia resguardaron a la familia hundida mientras gran cantidad de personas procesionaba hacia el interior. Los pésames fueron breves e intensos, ya que el dolor de los padres y los dos hermanos acogía el calor de su gente pero imposibilitaba un aforo constante, tal como comunicaron las hermanas. “Están destrozados”, coincidían los asistentes: “Ni siquiera tienen fuerzas para pedir justicia”.

Sí alzaba la voz en su nombre el colectivo de ecuatorianos, con bandera incluida, y la hermana Alicia. “Era tan dulce y tan frágil...”, expresaba a caballo entre la rabia y el cariño Jaqueline Abalco, cuya hija también participaba en las actividades del centro. Yesenia Villaroel reconoció que el mismo día del suceso, al arropar a su pequeña por la noche, la estremeció una pregunta que no se le iba de la cabeza: “¿Y si hubiera sido ella?”. La misma pregunta que se hicieron los vecinos del bloque y un miedo que flotaba entre los que empatizaban desde el papel de padres. “Yo no soy madre pero me puedo imaginar lo que se siente”, reconocía la monja. Por eso, desde la agrupación de Ecuador reclamaron alto y claro: “Queremos justicia, pero no como en otras ocasiones en las que el asesino ha salido pronto de prisión o se le ha declarado demente”. Matizaban: “¡Que se pudra en la cárcel!”. Yolanda Jara, propietaria de un restaurante de comida latinoamericana, no dudó en acudir como parte del colectivo: “Quizá no conocemos todas las caras, pero somos de la misma tierra y eso nos lleva a apoyarnos”.

Quienes tuvieron la fuerza de tomar la palabra coincidieron en vincular los siguientes adjetivos con los Yunga Alvarado: trabajadores, bondadosos y de gran generosidad. Muestra de ello es su participación activa en el secretariado de la congregación y su ánimo para invitar a otros inmigrantes a buscar el calor de la comunidad. Ejemplo de ello es una amiga de la familia, de nombre Carmen y de origen mexicano, a la que acogieron en su casa cuando llegó a Asturias hace cuatro años: “No tenía nada y ellos me abrieron las puertas de su hogar”, recuerda. Ayer, lloraba a la pequeña, que por aquel entonces tenía 10 años y a la que recuerda siempre tras la espalda de su madre: “Estaban muy unidas. Donde iba la una lo hacía también la otra”.

El desconcierto ante el trágico episodio, que más bien se asemejaba a un mal sueño, o a “una cosa del mal”, tal como lo describió Fernández, era palpable en el ambiente. Nadie podía ampararse en un motivo, y ninguno sabía quién era realmente ese presunto asesino que se estrenó como vecino en el número 69 de Vázquez de Mella hace menos de un mes. “No se conocían. Erika era una niña estudiosa y se relacionaba con gente de su edad”, asegura la monja. “Al parecer ni se habían cruzado”, decían allegados. “No sabemos con quién podemos estar conviviendo”, concluían.

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