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Alma de Oviedo

Las cinco vidas de Cati Tartiere

La cuarta hija del empresario Carlos Tartiere Díaz e Ingeborg Reiber es una influencer con canal de cocina sin casi pretenderlo que se quita en las redes la espina de no haber sido actriz

Ninguna de las cinco hijas de Ingeborg Reiber, tampoco su hijo Carlos, viajó con frecuencia a la Baviera materna. La madre, sí. Todos los años se iba un mes a Alemania, y su hija Catalina medía aquellas ausencias metiéndose en el cuarto de sus padres –sexta planta del edificio de Cajastur en la Escandalera– abriendo el vestidor e inspirando profundamente. Los primeros días “olía a mamá”, pero sucedía, con las semanas, que una mañana, al repetir la operación, Cati Tartiere salía corriendo a buscar a Chelo, la tata gallega, gritándole alborozada por los pasillos: “¡Ya no huele, ya no huele, está a punto de llegar!”.

La primera vida de la cuarta hija del empresario Carlos Tartiere Díaz fue una infancia divertida en un matrimonio apacible donde el choque cultural entre aquella mujer que se había venido de “au pair” para cuidar a los hijos de tío Pitocho (Jose) y la saga familiar de Tartiere Lenegre se resolvió sin más traumas que la vigilancia de la “froilan” de la familia durante el noviazgo, una falda que Maruja Díaz López-Villamil le cosió en el traje de baño a la nuera para ir a Gijón a la playa y el consejo del sacerdote de que, pese al mandato de nada en domingo, Ingeborg sí podía tejer a condición de que deshiciera la labor el lunes.

En la vida de Cati Tartiere apenas se cuelan recuerdos del chalé en Uría, pero sí los días de cuestación con sus hermanas, capita azul y cofia, chicas de la Cruz Roja que presidía su abuela. Más, los fines de semana en el palacio de Agüeria con los primos, acompañar a papá a pescar en el Narcea y un humor estupendo e imperturbable que esta mujer conserva con mimo como maravillosa herencia paterna cuando estalla en carcajadas en medio de la charla. Es la misma explosión de su padre cuando, cansada la hija de escuchar a sus compañeras con suspensos un “me van a matar” que ella desconocía en casa, una tarde le soltó: “Suspendí seis”. Carlos Tartiere Díaz dobló el periódico, arqueó la ceja, sorprendió con un “¡meca!” y siguió leyendo.

La segunda vida, después de una adolescencia con fiestas maravillosas en aquella terraza desde la que veían a los estudiantes correr delante de los grises hacia el Caserón de San Francisco mientras ellas comían sándwiches de pavo, fue un Madrid bipolar entre los amigos pijos del Oh! Madrid, carretera de La Coruña, y los macarras de Malasaña. “No era para mí, ni lo uno ni lo otro”. Volvió a Oviedo, estudió Magisterio e Historia y llegó a probar los ochenta en la Santa, un día con el pelo teñido de rojo, otro de blanco, todas las fiestas, hasta que se encontró en Luanco con Carlos Blanco, vivió un flechazo parecido al de sus padres en la estación del Norte y guardó toda la pólvora. El sector de la construcción y algunas casualidades llevaron al matrimonio a instalarse en Luarca. Cati fue, durante más de una década, de 1995 a 2008, una más de la pandilla de las panaderas, los inviernos en la plaza y los veranos en la playa, criando a su “príncipe” Carlos, hoy estudiante de posgrado de ADE y Derecho en Madrid, el mismo que le dice “mamá, no me etiquetes” para disimular el orgullo de tener una madre influencer con un canal de cocina disparado, @estamalqueyolodiga.

Porque Cati Tartiere volvió a Oviedo, se instalaron en La Fresneda, cumplió 50 y entró en crisis. Un hijo que ya volaba solo, un marido con mucho trabajo y el tercer vinín le convencieron para hacer caso a su cuñada, la fotógrafa Mercedes Blanco, que le repetía aquella tarde: “Tienes que abrir un blog”. Entre el “a ver qué hace esta mema”, que le supone a los curiosos que llegan a su página por el apellido, y el reproche familiar del “¿estás contando las recetas de la familia?”, a Cati ahora la paran por la calle, la contratan para cursos y hasta se cansa de haber publicado ya todo lo que sabe cocinar. No vive para el móvil, pero sabe lo que tendría que hacer. Comprarse un trípode y grabarse cocinando. Sería la forma, suspira, de quitarse esa espina de una carrera de actriz. ¡Pero qué pereza! Y se parte de risa.

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