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Fallece Julio Rodríguez Camblor, el gran amigo asturiano de Suárez

Ajeno a la política pero íntimo del expresidente del Gobierno, el empresario, entreguín de nacimiento, ovetense de adopción, deja un reguero de amigos, una amplia y unida familia, y una intensa trayectoria vital

Julio Rodríguez Camblor, en su casa de El Condado. | LNE

A veces, cuando una negociación se torcía, cuando todo parecía perdido, Julio, que en El Entrego había sido Julio el de La Laguna, soltaba un chiste y deshacía el nudo.

Julio Rodríguez Camblor (El Entrego, 1939), empresario versátil, entreguín de nacimiento y corazón, ovetense de adopción, falleció el pasado domingo, a los 83 años, muy cerca de sus cuatro hijos (Pedro, Inés, Julio y Pablo) y de su esposa, María Teresa Rodero. Pudieron acompañarle, a pie de cama, hasta un final que vivió con la placidez que en los últimos tiempos le había dado la enfermedad neurológica que sufría.

Tras de sí, un reguero interminable de amigos infalibles, fieles como él lo fue a ellos. Emprendedor de los pies a la cabeza, arrancó, casi de niño, echando sidra para Matilde y Alfredo en el bar de La Laguna y acabó levantando edificios con Iroca y dirigiendo Hormigones del Nalón durante décadas. Y fue, entre otras muchas cosas, el íntimo amigo asturiano de Adolfo Suárez. Nunca tuvo militancia pero sí inquietudes en la Transición. Conoció al joven político y, años después, le ayudó a buscar gente para las listas del CDS en la cuenca del Nalón y en media Asturias. Suárez no hacía amigos en la política, pero Julio fue una excepción. Quizá porque Julio no quiso ser político y sí amigo. Quizá porque la casa que se hizo con Teresa en El Condado (Laviana) se abrió de par en par para los Suárez; quizá porque el pequeño Adolfo (Suárez Illana) llegó a ser su quinto hijo y la relación con él se hizo después aun más intensa que con el padre.

Al poco de nacer Julio, el tercero de los cuatro Rodríguez Rodero, la familia se trasladó a Oviedo. Y, con los años, a los chicos los empezaron a conocer por el apellido de la madre que, tiempo después, pusieron por delante. Así que los hijos de Julio Rodríguez Camblor son "los Rodero". Julio y Pablo llevan ahora las empresas; Inés trabaja en una multinacional tecnológica y Pedro, abogado, es socio director del despacho internacional Ontier. Le han dado trece nietos: Luis, Pedro y Marina; Paula, Íñigo, Macarena y Jaime; Eugenia, Julio y Fernando, y Marta, Pablo y Nicolás. A todos los pudo disfrutar, mucho, el abuelo. En su casa de Oviedo pero, sobre todo, en esa finca de El Condado, acogedora, festiva, donde todos entran, hijos, nietos, amigos, amigos de amigos...

Julio Rodríguez Camblor tenía el don de dejar huella en todo aquel que le conocía. "Fue un emprendedor de los pies a la cabeza, trabajó como nadie y triunfó, no solo en el ámbito empresarial sino en el difícil arte de la amistad, haciendo siempre la vida muy agradable a cuantos le rodeaban", decía ayer, emocionado, Bernardo Gutiérrez de la Roza, fundador y consejero delegado de Ontier. Sus hijos destacan "su calidad humana para ayudar a la gente, su honestidad en el trabajo, su fidelidad a los compromisos adquiridos, su generosidad, y sobre todo su mirada limpia, siempre de frente".

Y su capacidad de trabajo. "Cierro el último y abro el primero", decía cuando montó por su cuenta un negocio de hostelería. Ahí era donde cerraba tarde. Y abría pronto muy cerca, en su tienda de ropa, para la que convenció a los dueños de Cortefiel, la familia Hinojosa, para vender su marca en exclusiva. Tuvo más tarde una fábrica textil en El Entrego junto a quien sería su socio toda la vida, Ángel Iglesias, fallecido el año pasado por estas fechas. Vendieron cientos de miles de pantalones por toda España, viajaban a las ferias, Milán, París...

Y luego llegaron Hormigones del Nalón, con planta todavía en Langreo, e Iroca, la constructora asentada en Oviedo, donde Julio situó a su familia y vio crecer a sus hijos y nietos junto a Teresa.

No se lo había puesto fácil, años atrás, aquella joven que había ido a estudiar a Francia y que regresaba a El Entrego para ampliar el negocio de su madre. Guapa, seria y responsable, en sus planes no entraba comprometerse con él por muy apuesto y simpático que fuese. Pero Julio se empeñó y lo consiguió. Y trabajó mucho en los negocios que fue poniendo a funcionar. Con sacrificio, con entrega, con tiempo y con un tremendo sentido del humor, del que hizo su mejor arma. "Era capaz de contar un chiste en momentos en que la tensión se cortaba en el ambiente", decía ayer Pablo Rodero, el cuarto de sus hijos, desde un velatorio que la familia ha preferido mantener en la intimidad. Próximamente, en una fecha por decidir, se celebrará el funeral.

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