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Oviedo: el centro lo era porque tenía cines

Ir al cine era un plan, a veces la película era secundaria, las carteleras estaban por las calles principales cuando no había mupis y se iba a ver los fotogramas

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Así era un Oviedo lleno de cines

El centro era el centro porque tenía tiendas y cines. Hace años, las tiendas no eran sitios para pasarlo tan bien como ahora porque la ropa era cara y se compraba para protegerse del frío o aliviarse del calor. Pasarlo bien era cosa del cine.

–A ver…

–A ver al cine.

Más que la película era un plan. Había ovetenses –y sobre todo ovetensas– abonados a un día, una sesión, unas butacas concretas del cine Principado, pusieran lo que pusieran.

El cine estaba en el centro de la ciudad y fuera del cine. En la entrada del Pasaje por Uría se colgaban las carteleras de Jano (un vaquero solitario, una pareja infeliz) o de Frank McCarthy (James Bond, muchos actores en acción de guerra o de catástrofe) que anunciaban las películas. A la entrada de las salas exhibían media docena de fotogramas de la película del interior.

–Es del Oeste.

–Esta es picante. ¡Mira qué cacha!

–Meca, una de risa de Louis de Funes.

–Esta debe ser miedo o de suspense.

En los fotogramas te hacías una idea, pero no te enterabas de lo que habían hecho con Solange. ("¿Qué habéis hecho son Solange?", Massimo Dallamano, 1972. Cine Ayala). Las carteleras se iban a ver más que cualquier escaparate.

En el mundo de ayer las películas escaseaban fuera del cine, salvo los ciclos de la tele que presentaba Alfonso Sánchez los jueves, la sesión de tarde de los sábados y la sesión de noche de los domingos. Para ver películas había que ir al centro como para ir de compras había que subir o bajar a la calle Uría. Llegó a haber siete cines en el centro. El cine siempre fue caro en Oviedo.

El Santa Cruz –en la calle homónima– tenía matinales y sesiones continuas. En aquel cajón oscuro a media calle –sólo patio de butacas– vivía "Fantomas" al final, como habían vivido el Gordo y el Flaco o Ken Maynard, Buck Jones y otros vaqueros. Su especialidad eran las películas baratas y toleradas porque los niños de entonces desarrollaron intolerancia al celuloide adulto y tenían que esperar a los 14 años para ver unas películas y 18 para otras. El sistema de proyección en bucle producía un trajín de gente porque se entraba a película empezada y se salía cuando se llegaba al mismo momento en la siguiente proyección. Ahí importaba más el cine que la película.

El Santa Cruz cerró y abrió Giovi a mediados de los años 70, el primer drugstore de Oviedo que reventó los rígidos horarios comerciales de la ciudad. Tenía de todo a muchas horas y algunas pesetas más. Luego fue el Bingo del Real Oviedo y hace décadas que parece ocultar una plantación secreta de champiñones.

El Principado era un pedazo de cine lujoso campeón en calidad de imagen y sonido. La fachada del cine de Cabo Noval, construido en 1928, lució a partir de los sesenta las letras de Todd AO, un formato cinematográfico del inventor de Cinerama que superaba al cinemascope. Todd AO en anuncio vertical. Fue la sala del sensurround en la película "Terremoto" (Mark Robson, 1974), que prometía sensaciones sísmicas, aunque el bramido de la tierra entraba desincronizado del vapuelo destructor de San Francisco.

En mayo, cuando Franco venía a pescar salmones, Carmen Polo iba a la sesión de las 5 con Ramona Bustelo, la mujer de Camilo Alonso Vega. El inolvidable Enrique García la recibía con bombones y la sentaba en butaca de entresuelo, donde no tenía a nadie detrás. Si iba a otro cine de los Fernández Arango tenía que dejar vacías las tres filas anteriores y posteriores. Nunca nadie preguntó por el precio de las entradas ni pagó por ellas, aunque alguna vez se llamó a la taquilla para decir cuántos salmones había pescado el generalísimo.

–Uy, Ramona, me dice el acomodador que Paco, tres.

El Principado era de "El día más largo" y de los grandes estrenos de Samuel Bronston, el cine católico para la familia cristiana de los sesenta, rodado con grandes actores de Hollywood y extras hambrientos de Madrid entre los que dejaron unas vocaciones inextinguidas, vivas aún en los años ochenta en las pensiones de Malasaña.

Hasta Graciano García y su fundación, Principado era una calle, que estaba en la calle Principado, y un cine que estaba en la calle Cabo Noval. Tenía colas incómodas por la estrechez de la calle, la fila de coches aparcados y la circulación, pero entre "Jena" e "Impala" ofrecía la posibilidad de comer buenos pinchos de tortilla. Cerró en 1996.

El Aramo era el cine de Uría, en una casa de los arquitectos Somolinos, frente al Campo San Francisco, al lado de la tecnológica Radio Norte. Hoy es la tienda de moda Sfera (El Corte Inglés) que conserva los elementos más bellos de madera noble de lo que fue el cine de la inmediata posguerra que rindió servicio durante 44 años con un ambigú de camareros uniformados.

Allí se proyectó el primer beso lésbico del cine español (ay, uy) protagonizado por Rocío Dúrcal y Bárbara (novia del) Rey en "Me siento extraña" (Enrique Martí Maqueda, 1977). El orgullo del Oviedo invicto acabó proyectando "cine verde".

El cine Fruela era el culo de la cara del Aramo en el callejón de Palacio Valdes. Tenía una entrada más barata y reestrenaba o ponía cine B. El callejón imponía, lo escueto del cartel y de la taquilla y lo tenebroso de la entrada te advertían a qué clase pertenecía la clase de cine que ibas a ver. Cuando reestrenaron "Callejón sangriento" (William A. Wellman, 1955) daba aprensión entrar por aquel túnel, aunque al fondo estuviera alguien tan de fiar como John Wayne. Era peor cuando la película era de Paul Naschy, que convertía a los campesinos e la España profunda en monstruos tenebrosos sin maquillarlos siquiera. Abrió en 1964 y cerró cuando su cara burguesa de Uría. Mucho más alegre e iluminada es la salida posterior de Sfera.

El Teatro Campoamor dio cine desde 1948. En la peluquería Calzón, justo en frente, la tertulia ovetensérrima y operófila cruzaba la calle para entrar a todas las sesiones de "Ana" (Alberto Lattuada, 1951) en el momento en que empezaba el bayón de Silvana Mangano. Cuando acababa, salían de nuevo, calentinos muy guapos. El Campoamor cumplía por encima del Aramo y del Principado los requisitos del cine como palacio del pueblo. Por una entrada, el espectador podía situarse debajo de la gran lámpara y sentarse en las mismas butacas incómodas en que veía la ópera la burguesía, vestida formal y enjoyada. Espejos, plateas, maderas, molduras, fieltros, baños grandes con sanitarios regios... Construido como teatro tenía entradas tan esquinadas que Charlton Heston parecía un apóstol del Greco de tan sesgado que se le veía.

En los 70 las producciones elegantes preferían el Campoamor: los viajes exóticos con cadáveres basados en relatos de Agatha Christie, los trasatlánticos que se daban la vuelta y hasta el Drácula elegante de George Hamilton ("Amor al primer mordisco", Stan Dragoti, 1979).

El Filarmónica también era un teatro, pero como cine bajaba las pretensiones del Campoamor. Era muy de Tarzán y películas del Oeste, garantía para los chavales. Cuando el cine no era una industria hermana del videojuego ni de los tebeos protagonizada por enmascarados tonificadísimos exhibió un bodrio de "Spiderman" hecho para la televisión con un joven actor en esquijama del Primark tomado con la cámara torcida para que pareciera que trepaba por las paredes.

El Filarmónica, que sigue igual grosso modo, tenía un buen ambigú muy útil en las películas largas con descanso a la mitad, donde un largometraje era largo para comer los triángulos de chocolate de Toblerone y corto para acabar un toffe de la Viuda de Solano.

El Real Cinema, qué gran nombre, daba un aire muy cinematográfico (valga la redundancia), pero visto ahora, arquitectónicamente era una casa baja camuflada por una alta pantalla decorativa que tapaba el tejado. A este cine de la plaza de Longoria Carbajal iban las películas de Disney (allí se estrenó "El libro de la selva", 1967, con Walt ya muerto) y fueron los cien minutos de carcajadas de "El jovencito Frankenstein" (Mel Brooks, 1974).

Allí se exhibió en los años cincuenta "Los crímenes del museo de cera" en tres dimensiones con aquel furor óptico polarizador que daban las gafas de cartón. Era un lío proyectar con dos aparatos a la vez sin que desfasaran en una pantalla que había que pintar de plateado.

En el Real Cinema pusieron un aparato Westinghouse y un cartel de "cine climatizado" que le dio vida los veranos, cuando se bajaba la programación en Oviedo y subía en Luanco y otras villas de veraneo, donde se examinaban en segunda convocatoria los grandes estrenos del año. El ciclo estival "30 días, 30 películas" fue una estrategia para revisar un combinado de cine de éxito y de culto y hacer mejores los aburridísimos veranos capitalinos.

Una operación inmobiliaria hizo mudarse al Real Cinema a la calle Nueve de Mayo, en el local del que había sido el pequeño y anticuado Cine Toreno (antes María Isabel), sesión continua de cantinfladas y chavalería bronca, pipas escupidas, pis descendente entre los pies y la certeza de que un apagón acabaría con el grito de "Acomodador, que me la están chupando". Allí no se chupaban más que caramelos Sugus.

En el nuevo Real Cinema, remozado, pequeño, coqueto se estrenó "La guerra de las galaxias", cuyo imperio llega a nuestros días y a nuestras casas

Los estrenos de septiembre tenían su gran lugar en el Cine Ayala, calle Matemático Pedrayes, una sala de 1962, diseñada con el detallismo dibujístico de Juan Vallaure, ya lanzado a la modernidad, con una decoración de último grito que continuaba en la cafetería Ayala donde sonaba el timbre al inicio de cada sesión. Grandes pinchos los del Ayala, tortilla, triángulos de jamón y queso, medianoches, vegetales.

En la sala, una modernidad funcional iluminada con neones decorativos y un tapizado animal print que duró poco (algunos elementos se conversan en el espacio Spa gimnasio actual), se proyectaba durante una semana de septiembre un título diferente cada día como un avance de la temporada de cine que iban a dar hasta navidad y más allá.

Fue un cine para matrimonios jóvenes que tenían a quién dejar a sus bastantes hijos del babyboom en casa cuando salían los sábados por la noche a hacer plan. Ver "Doctor Zhivago" (David Lean, 1965) era un buen comienzo.

En el Ayala hubo un pulso con la delegación de Información y Turismo de Alejandro Fernández Sordo por la proyección de la película brasileña "Orfeo negro" en versión original. No era por el idioma portugués sino porque esa cinta no había pasado por la censura y podía tener algún minuto que no aceptara la moral al uso. Se proyectó con un "secreta" controlando el minutado. Aunque no era su especialidad, allí se estrenó "Emmanuelle" (Just Jaeckin, 1974) cuando la ola erótica invadió España y bajo riguroso control de edad en el DNI supieron los ovetenses lo que era el soft porno elegante y aburrido clasificado S. El Ayala conoció el siglo XXI.

Como el tiempo es algo que no deja de pasar, lo siguiente más moderno fue el Palladium, la sala de Arte y ensayo que abrió en 1968 impulsada por Enrique García. Patio inclinado con 500 butacas grises, las filas separadas de forma que permitían estirar las piernas, un poco más caro que el resto, proyectaba cine subtitulado. El aburrido No-Do propagandístico era sustituido por animación de la Europa del Este, muda y rara, que llamábamos de "Koniec" ("final" en polaco) porque era lo último que se veía. El escritor José Ignacio Gracia Noriega recordaba la noche de la apertura con la película "Repulsión" (Roman Polanski, 1965).

El cine de los progres, las trenkas, las barbas libres y los "Celtas" cortos o "Ducados", abrió con la calle sin asfaltar al final de Pumarín. En sus 13 años de vida ganó la fama de proyectar películas europeas de significado recóndito, conciertos y documentales de rock, películas de la factoría de Warhol, ciclos de Chaplin y maratones de Tom y Jerry. La transición no le sentó bien al arte y ensayo porque el Palladium dejó de ser la última frontera cinematográfica para convertirse en un cine que quedaba lejos.

Lejos, también, de los cines porque en 1978 aparecieron los minicines que desplazaron el eje exhibidor hacia el oeste de la ciudad. Las primeras tres salas fueron los Clarín, en la calle Valentín Masip, con hermosísimos cuadros de Jaime Herrero y una programación de estrenos –algunos arriesgados–, ciclos de Humphrey Bogart y películas de Woody Allen. Los Clarín crearon el dilema de las pandillas y de las parejas que tenían varias películas a elegir y poco tiempo para hacerlo. Le dieron mucha vida a una calle "nueva". A mediados de los ochenta abrieron los Brooklyn, en General Zuvillaga, decorados por Chus Quirós, con palomitas, primero con dos salas amplias. Tenían todo el encanto del que carecían las minisalas del centro comercial Salesas, anodinas y utilitarias como una cabina de sex-shop.

Los cines eran el centro, pero no estaban solo en el centro. El Roxy abría la Argañosa y cerró dando cine S. El México, en la Tenderina Baja, funcionó unos pocos años en los setenta. En el cine Asturias, en el Postigo, a Manolín le hizo un trabajo manual en la oscuridad una chavala por una peseta en los remotos cincuenta.

El cine del centro permitía la película de impulso, un paseo, el cine al paso, la película que apetecía, la hora adecuada, la cola razonable, un bocata de Juanjo y para dentro. Aquel centro de cine y de comercios se desplazó hacia el centro comercial hace 18 años y el plan, que necesitaba coche, se complementaba con la compra del mes en un hiper y ver una película en un restaurante de palomitas con muchas salas cómodas, bien acondicionadas y algo estridentes. Así sigue siendo.

El cine del centro murió, década tras década, por la especulación inmobiliaria y el rentismo crónico, como antes lo habían hecho los grandes cafés en favor de las oficinas bancarias. Ahora cierran bancos y va a volver un cine al centro de Oviedo. En Foncalada, la primera obra civil del prerrománico, habrá un cine Embajadores del tipo independiente, la última obra civil de la contemporaneidad.

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