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Alma de Oviedo

Bea Morán, el palo y la calabaza

La primogénita del cirujano Manuel García-Morán cambió su taller de restauración por una floristería donde comparte sociedad y amistad

Bea Morán posa en el interior de su floristería. | Irma Collín

La primera vez que Bea Morán recuerda haber visto una calabaza tuvo que ser en Deerfield, Nueva York. La última, hace un segundo, nada más cerrar la puerta de El Invernadero, la floristería que comparte con Elena Belzunce y Belén Berjano, donde los frutos del otoño se multiplican por las paredes de ladrillo y entre la cestería. En aquel pueblo junto al lago Ontario cumplió 6 años y vivió, en los sesenta como en las pelis que vería en los ochenta: bus amarillo para ir al cole, Halloween, las calabazas.

Toda la familia en Senegal: desde la izquierda, Paula, Bea, Luis Álvarez, Beatriz, Luis (hijo) y Pedro.

El cirujano ovetense Manuel García-Morán y la enfermera soriana Beatriz Bezares habían llegado allí con toda la familia después de que al regreso de una primera estancia de seis meses en el país la mujer descubriera, con horror, que su hija pequeña, Elvira, ya no la conocía. La habían dejado con los abuelos maternos y con su hermano Alfredo. A la mayor, a Beatriz, le tocó quedarse en el chalé del Naranco de los paternos, y cree que allí forjó parte de su carácter, resolutivo y sin problemas para ocupar horas de trabajo en soledad. Se lo debe en parte a la abuela Cecilia, una gran señora con la que jugaba a la brisca y que tenía gallinas por el jardín. La niña Bea tiene recuerdos confusos de aquel incidente. Las pitas acercándose, ella que se pone de pie con un palo en la mano, luego nada y por fin al jardinero con el animal cogido por las patas: "¡Mataste a la gallina!".

Con su padre en Deerfield, entre sus hermanos, Alfredo y Elvira.

Por eso ante la nueva posibilidad de ir a la New York University para experimentar con trasplantes hepáticos en perros la familia viajó junta. Una experiencia corta e intensa. Por lo vivido y revivido. Desde el regreso, ya instalados en Cervantes, fueron habituales las sesiones para "ver las fotos de América", donde había mucho deporte en la nieve, como tenía que ser en un médico que antes de cirujano había sido campeón de esquí y olímpico.

Bea Morán, con sus hermanos, Domingo de Ramos en la calle Cervantes.

Los deportes de invierno siguieron en la vida ovetense, niña de la Gesta, y casi sin proponérselo repitió unos pasos muy idénticos a los de sus padres al conocer al que sería su marido en Pajares –ellos en Navacerrada–. Tenía 15 años y la adolescencia y primera juventud pasó rápida y divertida, con poca presión en casa y la posibilidad de empezar a restaurar obras de arte en el estudio de Ángeles Figaredo.

En el taller de restauración en los 80.

Bea Morán tiene unos ojos pequeños y muy vivos que parecen achicarse un poco más cuando se divierte y también en el lamento, como si concentrase allí todo el remango emocional. Se le nota cuando cuenta su experiencia madrileña en plena movida y su regreso a Oviedo con momentánea crisis de pareja. La superó al cobijo de las que hoy son sus socias. Las tres se hicieron muy amigas, ella empezó a colaborar en la tienda en 1987. Cuando quedó embarazada de su hijo Luis y ante los problemas que le podía ocasionar el manejo de tóxicos en el estudio de restauración, fue la primera vez que se planteó cambiar. Al final, la oferta de sus amigas para comprar una parte inclinó la balanza al lado contrario y pasó de las horas en soledad trabajando con piezas de cerámica mientras sonaba Chris Isaak en Radio 3 en el estudio de Marqués de Pidal al no parar de clientes entre centros y ramos en González del Valle. Allí sigue.

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