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Wolfgang E. Schmidt Director y chelista, estará el jueves en "Los conciertos del Auditorio"

"Quería tocar el contrabajo por Rossini, pero era pequeño y elegí el violonchelo"

"En Nueva York, nos falló la orquesta el primer día que iba a dirigir, pero mi mujer decidió montar una propia y hacer el concierto con amigos; así fue como nació la Metamorphosen Berlin"

Wolfgang E. Schmidt.

Wolfgang E. Schmidt (Friburgo, 1971) es uno de los chelistas más destacados de su generación. Alabado por el mismísimo Rostropovich, de quién recibió clases, destaca también en el mundo de la dirección orquestal, dirigiendo desde 2010 la Metamorphosen Berlin, orquesta de cámara que también fundó. Con este conjunto llega a Oviedo pasado mañana, jueves (Auditorio Príncipe Felipe, 20.00 horas), para participar en el ciclo «Los conciertos del Auditorio», con el patrocinio de LA NUEVA ESPAÑA. Aún quedan entradas, a partir de 20 euros, en la web municipal. El concierto tiene dos partes, de 35 minutos cada una, con descanso de un cuarto de hora.  

–Ha dicho que sus padres no eran músicos, pero ¿qué escuchaban en su casa?

–No son músicos, pero crecí en una familia amante de la música. Una de mis grabaciones favoritas eran las «Sonatas para cuerda» de Rossini, por eso quería tocar el contrabajo, pero yo era demasiado pequeño, así que escogí el siguiente en tamaño, el violonchelo. Escuché mucho a Rossini, y teníamos suites de Bach de Pierre Fournier. Mis padres me llevaron a conciertos para violonchelo. Escuché a Rostropovich tocando «Concierto para violonchelo en do mayor» de Haydn. Mis padres me llevaron al backstage y Slava me tocó el pelo y dijo «¡serás un gran violonchelista!» y después no me quería lavar el pelo, así que mis padres lo cortaron y se quedaron con un mechón, que tengo guardado. Veinte años después tuve la oportunidad de estudiar con Rostropovich.

–Estudió en la prestigiosa Juilliard School con Aldo Parisot y con David Geringas en la Musichochschule Lubeck. ¿Cómo influyeron en usted y en su enfoque y visión de la música?

–Siempre fui admirador de Rostropovich. Por casualidad, un amigo, me dijo: «deberías tocar para David Geringas» y arregló que pudiera hacer una clase magistral con él. Fue asombroso, y ahí empecé a tocar el violonchelo. Más tarde, participé en la Competición Rostropovich, pero no gané el primer premio, fui segundo. Estaba decepcionado pero Slava me dijo: «Llámame en cualquier momento y puedes tener clases conmigo». Fui a Juilliard, un momento maravilloso. Era una escuela completamente diferente y para mí era importante tener una influencia distinta. Quiero decir, que mis maestros David Geringa y Slava Rostropovich son los mejores, pero aun así también fue muy bueno para mí escuchar una opinión diferente y tener otro enfoque. Se trata de mantener los ojos abiertos y ver lo que hay en el mundo. Así que para mí era muy importante ir a Nueva York. Además, en el primer día de mi estancia en Nueva York conocí a mi esposa. Ella es actualmente concertino de Metamorphosen Berlin por lo que el concierto en Oviedo va a suceder porque fui a Nueva York.

–¿Qué le inspiró a explorar el mundo de la dirección?

–También sucedió en Nueva York. Hice un programa en Juilliard que se llamaba «estudios profesionales», y en él tenía clases de violonchelo, pero también tenía que estudiar otras dos materias. Así que, decidí estudiar música de cámara y dirección. Teníamos una pequeña orquesta, de los estudiantes de dirección, con unos diez estudiantes. Todos llevábamos nuestros instrumentos y tratábamos de tocar algunas piezas, mientras uno de los estudiantes dirigía. Fue muy divertido, así que decidí que, al menos una vez en la vida, tenía que dirigir. A veces las oportunidades aparecen sin planearlo, y así fue mi primer concierto como director. Se suponía que solo debía tocar un concierto para violonchelo, pero la orquesta canceló y mi esposa decidió crear nuestra propia orquesta de cámara y hacer el concierto con nuestros amigos. Y así empezó Metamorphosen Berlin, hace casi quince años. Así que más o menos, simplemente sucedió. S

–¿Quiénes son sus directores favoritos y quiénes le han influenciado más?

–Es difícil decirlo, pero siempre me ha encantado Leonard Bernstein. Sus vídeos dirigiendo son fantásticos. A veces dirige solo con la cara y puedes sentir y leer la música. Por supuesto, nunca lo vi en directo, solo sus vídeos. Dirigiendo en vivo, diría Marek Janowski, de quien más aprendí. Yo era el violonchelista principal para su orquesta en Berlín. Y solo tocando, aprendí mucho sobre cómo trabajar en orquesta.

–También hace arreglos, ¿dónde están los límites al respetar la obra original?

–Bueno, este es un tema serio. Hay algunas obras que, probablemente, no se deberían transcribir. Pero como tenemos un repertorio limitado, me encanta, por ejemplo, coger una pieza de violín y transcribirla. De hecho, en ese momento la mayoría de los compositores estaban bastante abiertos a las transcripciones. Por ejemplo hay una carta de Chopin a Franchomme, quien transcribió algunas de sus piezas, en la que decía que le gustaban mucho cuando estaban hechas con gusto.

–Usted es director artístico y fundador de Metamorphosen Berlin. También músico y director, hace un trabajo integral en la música, tocando cada parte de ella. ¿Cómo encaja todo esto?

–Es bonito porque todo se influye entre sí. La dirección inspira e influye en mi enseñanza, y la enseñanza influye en mi dirección. Como profesor tengo que resolver problemas y esto me permite más tarde saber cómo resolver problemas con la orquesta de cámara. Al final todo está vinculado. El único problema es que mi jornada debería tener 30 horas por lo menos.

–Las grabaciones de la orquesta han recibido un gran reconocimiento, ¿cuál es la diferencia entre tocar en vivo y tocar para una grabación?

–No hay demasiada diferencia. El objetivo es que el CD suene como un concierto. Sin embargo, en un concierto ves al artista y sabes exactamente cómo es la actuación. El problema con el CD es que no ves al artista. Así que en realidad tienes que exagerar. En la grabación existe la tendencia de enfocarse en la perfección, por supuesto que esto es importante en un CD, es lo básico. Pero tratamos también de buscar un resultado emocional.

–Habla de un ideal sonoro de la música romántica.

–Para mí, la música romántica siempre está ligada a las emociones. Y las emociones no son muy estables. Cambian rápidamente. Eso significa que siempre trato de buscar el cambio en la música. El cambio de color, el cambio en la dinámica, el cambio de estructura. Hay algunas partes de la música en las que tienes una estructura muy rítmica y luego, dos compases más tarde, tienes un legato y es completamente libre. Y trato de buscar ese cambio. Ese es básicamente el sentimiento romántico para mí, que todo está cambiando.

–¿Y cómo se traduce esa idea en el programa que vamos a escuchar el jueves?

–En el programa que hacemos en Oviedo tenemos una primera parte clásica con Vivaldi y Haydn, llamativa, brillante. Y luego tenemos la parte romántica con Janacek y Karayev, menos conocidos. Son movimientos diferentes: uno bailable, uno muy oscuro y otro energético. Es una pieza brillante.

–¿Qué aspectos destacaría de Karayev y Janacek, quizá no tan conocidos en Oviedo?

–Nadie conoce a Karayev, y esta obra son solo tres pequeñas miniaturas con diferentes sentimientos. El último de los movimientos es como Shostakovich, enérgico. El segundo es un poco más tranquilo, diría yo. Y el primero es una especie de pintura. Y Janacek es desconocido pero es una música fantástica. Hay un movimiento solo para las cuerdas superiores, sin violonchelo, sin contrabajo, que es uno de los más hermosos que conozco, una música maravillosa.

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