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Crítica de la ópera "La traviata" en Oviedo: "Romper las costuras"

Este título que llena las arcas y genera expectación es muy adecuado para propiciar versiones dispares y miradas que pueden llegar a ser divergentes

Cosme Marina

Cosme Marina

Hace ya bastantes décadas que el repertorio tradicional es objeto de revisiones continuas que buscan, esencialmente, un acercamiento del mismo a nuestro tiempo con el fin de interpelar al espectador de manera más directa. No siempre se acierta con estas propuestas que, unas veces, son epidérmicas en exceso, como si con un cambio de vestuario o de escenografía fuese suficiente, y otras se fuerza demasiado de manera que se traiciona el espíritu original de una obra determinada.

"La traviata" de Giuseppe Verdi es muy adecuada para propiciar versiones dispares y miradas que pueden llegar a ser divergentes en grado sumo. La temporada de ópera de Oviedo presenta estos días la obra con gran expectación previa –estamos ante un título que llena las arcas, algo que viene muy bien en nuestros precarios tiempos– y un singular acercamiento de Paco Azorín que ha sido coproducido con el Festival de Peralada. Las declaraciones previas de su responsable escénico ahondan en la intención de revisitarla desde una "lectura feminista". Para ello se trae la acción a nuestro tiempo y se empodera al personaje principal frente a los roles masculinos que giran alrededor de ella como elementos decorativos de un tiovivo. La dramaturgia, de este modo, se plantea sin mayores sobresaltos con una lectura coherente teniendo en cuenta el prisma desde el que se realiza el enfoque.

FICHA DE LA OBRA

Teatro Campoamor. 9 de diciembre.

Autor: Giuseppe Verdi.

Intérpretes: Ekaterina Bakanova (soprano, Violetta Valéry), Anna Gomà (mezzosoprano, Flora Bervoix), Andrea Jiménez (soprano, Annina), Leonardo Sánchez (tenor, Alfredo Germont), Juan Jesús Rodríguez (barítono, Giorgio Germont), Jorge Rodríguez-Norton (tenor, Gastone), José Manuel Díaz (barítono, Barón Douphol), David Oller (barítono, Marqués d’Obigny), Stefano Palatchi (bajo, Doctor Grenvil), Gaspar Braña (tenor, Giuseppe), Francisco Sierra (barítono, criado), Pablo Joel de Bruine (barítono, comisionista).

Dirección Musical: Óliver Díaz.

Dirección de escena: Paco Azorín.

Oviedo Filarmonía, Coro Intermezzo -titular de la Ópera de Oviedo-

Si algo caracteriza a Azorín y a su equipo es, siempre, un trabajo dramático impecable, de una plasticidad y eficacia narrativa absolutas. Aquí no fue una excepción. Un espacio opresivo, con una especie de sala de billares que se va moviendo y unos acróbatas colgados del decorado (que sirven al plano del subconsciente recreando situaciones oníricas, obsesivas) sirven de marco de acción. Magnífica la escenografía del propio Azorín, el vestuario contemporáneo de Ulises Mérida, el impecable movimiento escénico y la coreografía de Carlos Martos, la aportación videográfica de Pedro Chamizo o la iluminación tenebrista de Albert Faura. Sin embargo, no acaba de convencer en plenitud, y de hecho parte del público protestó con fuerza al terminar la sesión. Hay demasiado "ruido" visual en el escenario que distrae, una sucesión de bacanales forzadas, la presencia de una hija de los protagonistas que sirve para dar un giro a la acción pero que es ajena a la obra original, y una continua pulsión sexual que acaba siendo repetitiva quizá por falta de gradación de la misma. Puede que el intento de llevar la obra a ras de tierra tenga como principal virtud la de dotar a la trama de una expresividad más descarnada, pero en ese viaje se dejan jirones, no sale gratis, y se acaba perdiendo parte del halo romántico que también es consustancial a la misma y que, no lo obviemos, también encierra un sustrato sórdido.

Un punto de vista tan particular necesita de complicidades, de compartir una visión con generosidad por todas las partes. En este sentido se percibió implicación tanto en los solistas como en el maestro musical. Por eso adquiere especial relieve el trabajo desde el foso de Óliver Díaz. El maestro asturiano es siempre garante de la mayor calidad en el repertorio, de cuidado de las voces, de trabajo impecable con el coro –sensacionales las prestaciones de Intermezzo, titular de la temporada, tanto musical como escénicamente– y de cuidado en el discurso orquestal. Su lectura fue vibrante e incisiva, proporcionando a la partitura una plasticidad soberbia. Oviedo Filarmonía se volcó y fruto del magnífico entendimiento con el maestro se consiguió una velada musicalmente hablando de enorme interés que crecerá en los próximos días.

Necesita "La traviata" de un trío de personajes principales de primerísimo nivel. En esta ocasión podríamos decir que la irregularidad fue la nota preponderante. Empecemos por lo mejor: Juan Jesús Rodríguez fue un Giorgio Germont sobresaliente. Estamos ante una de las mejores voces verdinas del momento. Muy pocos barítonos, a día de hoy, pueden interpretar este rol con la capacidad expresiva que él le aporta. Su célebre romanza "Di Provenza, il mar" fue verdaderamente solar, exhibiendo un canto noble, argénteo, perfecto en cada inflexión, absolutamente ajustado al estilo verdiano. Fue la suya, de principio a fin, una verdadera lección de canto. Violetta Valéry es uno de esos papeles ambicionados por las grandes sopranos y su grado de exigencia es tremendo; Ekaterina Bakanova lo tiene muy bien trabajado y sabe ocultar carencias y resaltar las virtudes, que tiene y muchas. Sale indemne del primer acto –economiza notas de la cabaletta en el aria que lo culmina con una coloratura limpia, aunque no demasiado robusta– en una interpretación demasiado controlada, para después construir con Juan Jesús Rodríguez un magnífico segundo acto y encumbrarse en el último con un espectacular y emotivísimo "Addio del passato". En definitiva, su balance de conjunto fue muy favorable y sumó desde una aproximación inteligente al rol. Quien no tuvo su noche fue el tenor Leonardo Sánchez como Alfredo Germont. Sus intervenciones fueron una vertiginosa montaña rusa, con un primer acto en el que faltaba homogeneidad a su emisión vocal, y un segundo que parecía más seguro pero que, sin embargo, llegó al naufragio en el primer cuadro, para luego rematar ya el resto de la velada con una correcta discreción. Sus problemas en la zona aguda le impidieron afrontar este rol con la garantía precisa, sobre todo porque, en este caso, sus compañeros de elenco rindieron a otro nivel.

Muy bien resuelto el resto del extenso reparto. Un lujo contar con Jorge Rodríguez-Norton como Gastone, estupenda Anna Gomà como Flora Bervoix, resolutiva la Annina de Andrea Jiménez e impecables el Barón Douphoi de José Manuel Díaz, el Marqués d’Obigny de David Oller y el doctor Grenvil de Stefano Palatchi.

En el hall del teatro se distribuyó un avance de la próxima temporada. Salvo "Arabella" de R. Strauss, se ha optado por un ciclo conservador, de repertorio, con "Anna Bolena" de Donizetti, "El barbero de Sevilla" de Rossini, "Aida" de Verdi y "Las bodas de Fígaro" de Mozart. Fuera del repertorio hace frío, dentro el refugio suele ser más confortable.

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