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Crítica

Esfuerzos wagnerianos

La temporada operística se cierra con un "Lohengrin" que deja grandes alegrías en el plano vocal, como las interpretaciones de Miren Urbieta-Vega y Stéphanie Müther, y alguna sombra en el concepto dramatúrgico

Samuel Sakker (Lohengrin), en el centro del escenario, y Miren Urbieta-Vega (Elsa),  en la pasarela, en la escena final de la ópera de Wagner en el estreno en el Campoamor.  |  IVÁN MARTÍNEZ

Samuel Sakker (Lohengrin), en el centro del escenario, y Miren Urbieta-Vega (Elsa), en la pasarela, en la escena final de la ópera de Wagner en el estreno en el Campoamor. | IVÁN MARTÍNEZ / Cosme marina

Cosme Marina

Cosme Marina

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Intérpretes: Insung Sim (bajo, Heinrich der Vogler), Samuel Sakker (tenor, Lohengrin), Miren Urbieta-Vega (soprano, Elsa von Brabant), Simon Neal (barítono, Friedrich von Telramund), Stéphanie Müther (soprano, Ortrud), Borja Quiz (barítono, Heraldo del rey), Javier Blanco Blanco, Antoni Martínez Barañano, Francisco Sierra Fernández, Sergey Zavalin (nobles de Brabante). 

Dirección musical: Christoph Gedschold. 

Director de escena: Guillermo Amaya. 

Coro Lohengrin Global Atac (coro Intermezzo), Escuela de Música Divertimento. Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias. 

Teatro Campoamor. 25 de enero

La historia de la interpretación de las principales óperas de Richard Wagner en el teatro Campoamor es la de la lucha contra unas condiciones en absoluto propicias para la representación de los títulos del compositor germano.

En primer lugar, porque el foso del coliseo no permite acoger el número de efectivos adecuados para sacar adelante un discurso musical de la envergadura requerida; en segundo, porque escénicamente poco se puede hacer en una escenario raquítico, técnicamente obsoleto y fuera de cualquier estándar de calidad media europea. Ambos parámetros son dos barreras que hay que saltar para comenzar a trabajar, al menos, con cierto decoro este repertorio. Los intentos que se han realizado se han saldado con fortuna desigual, unos más acertados que otros, ninguno ha bordeado, ni siquiera, la excelencia. Al final, casi siempre estamos ante unas versiones bastante estáticas, repletas de carencias y no muy cercanas a lo que debiera ser la realización de un legado tan opulento como es el wagneriano.

Por otra parte, tampoco nuestras orquestas están habituadas a trabajar asiduamente el compositor –aunque siempre hay que reconocer el esfuerzo por sacar adelante cada título con garantías– y no es sencillo cuadrar repartos que requieren intérpretes que no suelen acudir a un teatro que está totalmente al margen de los circuitos habituales.

De ahí que los títulos de Richard Wagner acaben dejando aquí una sensación agridulce. Unas veces de quiero y no puedo, otras de falta de medios, otras de una lasa sensación de aburrimiento fruto de no poder responder a la excelencia requerida en este repertorio.

En esta ocasión, las luces fueron de mayor brillo que las sombras y se logró cuadrar una función decorosa con algunos elementos a muy buena altura vocal y dramática.

El estreno de este "Lohengrin" posibilitó escuchar de nuevo la obra después de décadas de ausencia en el teatro, que no en la ciudad, porque la OSPA en 2008 hizo una magnífica versión en concierto dirigida por Maximiano Valdés, con un magnífico elenco y el Coro de la Fundación Princesa de Asturias. La obra se estrenó en el teatro ovetense en 1897, cantada en italiano, algo habitual por entonces y así se siguió haciendo hasta 1965. Luego ya en 1983 el Festival de Música de Asturias, organizado por la Universidad de Oviedo, ofreció una versión ¡en checo! Por lo tanto, en el Campoamor esta fue la primera vez que se pudo audicionar la obra en su lengua original.

El trabajo de Christoph Gedschold fue clave para potenciar lo mejor de cada intérprete de la OSPA, siempre ayudados por la batuta, y a la vez mostrar una lectura de fervor romántico, como requiere la obra

Así pues asistimos a una versión escénica aunque un tanto descafeinada en un montaje, vamos a decir, de tintes abstractos que se puede reutilizar, por ejemplo, para una Norma sin el menor problema. Podríamos, en este sentido, denominarla como una producción sostenible esta comandada por Guillermo Amaya y que se coproduce con el Auditorio de Tenerife.

Amaya crea un marco de acción estable, una especie de anfiteatro en grada, del que se sirve para ubicar al coro de manera fija en unas posiciones que hacen que la acción acabe siendo plúmbea, por falta de contraste. Funciona la narrativa, pero le falta vigor. No ayudan las discretas escenografía y vestuario que firman Pablo Menor y Raquel Porter, respectivamente. Tampoco esa gestualidad del coro tan básica –brazo arriba, brazo abajo, brazo lateral, brazo al corazón– es demasiado acertada. Poco más se puede decir de una propuesta tan banal y fuera de nuestro tiempo. Si acaso, por buscar alguna virtud, que el tráfico está bien regulado en las escenas más grandes y fin del tema. La reacción del público no fue unánime y se produjeron algunas protestas en los saludos finales

Toda la fuerza que faltó en el concepto dramatúrgico sobre el escenario se vio compensado por un magnífico trabajo de Christoph Gedschold al frente de la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias, con un discurso musical soberbiamente estructurado que consiguió cuadrar cada pieza del puzzle con precisión. Fue clave su trabajo para potenciar lo mejor de cada intérprete, siempre ayudados por la batuta, y a la vez mostrar una lectura de fervor romántico, como la obra requiere. Hay que poner muy en valor los resultados musicales de una prestación en unas condiciones complicadas en un foso no apto para plantillas orquestales amplias. Hay un aspecto, sin embargo que supone un punto negro en este ámbito, y es el del uso de música pregrabada en las bandas internas. Es un recurso que se emplea en algunos teatros. No es una excusa. Mal de muchos, consuelo de tontos. Siempre me ha parecido un fraude para el público del que ya se comienza a abusar. Si seguimos así, acabará sobrando hasta la orquesta. Ponemos un disco y suficiente.

En líneas generales el reparto cumplió con dignidad sus cometidos, con algún altibajo pero con eficiencia vocal y escénica. La gran sorpresa para buena parte del público fue la excepcional Elsa von Brabant de Miren Urbieta-Vega. No así para quienes conocemos el tesón y el rigor con el que está construyendo su carrera la soprano donostiarra. Es una forma de ir adelante de forma pausada, sin prisa y, sin duda, esta Elsa debe ser un punto de inflexión en su carrera. Dotada de una emisión caudalosa, de un timbre bello, dio a la perfección el carácter frágil del personaje, su inocencia ambivalente, las dudas que la acaban precipitando al naufragio. Urbieta transmitió el rol con una intensidad arrolladora, con aplomo y seguridad. Afronta los requerimientos del rol desde una veta lírica que le funciona a la perfección. No podemos decir lo mismo del Lohengrin de Samuel Sakker. El tenor australiano puso toda la carne en el asador, pero no por ello logró convencer del todo. Su interpretación, discreta y con una clara voluntad de triunfo en el tercer acto, está muy lejos de lo que se espera en el emblemático héroe wagneriano. La emisión, a veces un tanto estrangulada, no acaba de lograr la homogeneidad precisa y da la impresión al oyente de estar siempre justo de recursos.

Magnífica la Ortrud de Stépanie Müther. La soprano dramática suiza es una wagneriana de fuste y esto de deja ver desde que está en escena, con una interpretación especialmente natural y una vocalidad poderosa, de agudos firmes y bien timbrados, certerísima estilísticamente. Una delicia de principio a fin. Buena prestación también la de Insung Sim como Henrich de Vogler. Seguro y expresivo, con la firmeza y la autoridad escénica necesarias para el papel. Un tanto irregular el Friedrich von Telramund de Simon Neal que alternó pasajes muy bien resueltos con otros en los que su vocalidad quedaba un tanto velada y con algún que otro aprieto en la zona aguda. Estupendo el Heraldo del rey de Borja Quiza, exhibiendo fortaleza vocal en intervenciones siempre en primer plano, contundentes y magníficamente resueltas. Estupendo también el coro Intermezzo, rebautizado en esta ocasión como Coro Lohengrin Global Atac (sic), permitiendo el disfrute de los decisivos pasajes de una obra en la que la masa coral es un personaje más y de enorme relevancia y exigencia. Cumplieron con creces. También lo hicieron los cuatro nobles de Brabante –Javier Blanco, Antoni Martínez, Francisco Sierra y Sergey Zavalin–, así como los pajes interpretados por estudiantes de la escuela Divertimento. Buen cierre, por tanto, a una temporada en la que no todas las propuestas estuvieron a la misma altura.

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