Comidas y bebidas

Dónde comer en una capital gastronómica: un repaso por los mejores restaurantes de Oviedo

Luis M. Alonso configura un paseo por locales históricos y más recientes que conforman la gran oferta hostelera de la capital asturiana en su año más culinario

Cochinillo, pesto de avellana y piña ahumada, de Casa Fermin; Verduras, en NM; Callos, de Pedro Martino; Chuleta, de Casa Arturo

Cochinillo, pesto de avellana y piña ahumada, de Casa Fermin; Verduras, en NM; Callos, de Pedro Martino; Chuleta, de Casa Arturo / LNE

Luis M. Alonso

Luis M. Alonso

No creo que la nostalgia sea un lugar tan inhóspito para vivir como algunos insisten en repetir. Cada era tiene, además, la suya propia a disposición del consumidor. Coincidiendo con el año de la capitalidad gastronómica de Oviedo, añoro restaurantes que ya no están y de gran recuerdo para los ovetenses, en cuanto a cocina, servicio e innovación. Me vienen a la cabeza el Marchica como punto de reunión en la barra y de cierta opulencia en su salón rojo; el Logos, convertido en el gran asador del centro de la ciudad, y el innovador Cabo Peñas, que estrenó el tapeo en las ahora tan habituales mesas altas y que entonces representaban una rabiosa novedad. No hay que remontarse tan atrás si se trata de Conrado, uno de los comedores emblemáticos de Oviedo, que sigue en el mismo lugar pero sin ser el que conocimos con los Antón y que dejó de existir hace unos años. 

Otros, y hay que agradecerlo, continúan, como es el caso del centenario Casa Lobato, el restaurante familiar del Naranco, o Casa Fermín, que inauguró en el Cristo en la década de los setenta de la mano de Luis Gil Lus el fulgor gastronómico de la capital codeándose con los primeros establecimientos que obtuvieron estrellas Michelin en España. Más tarde también sería distinguido Trascorrales, del desparecido Fernando Martín. Casa Fermín sigue siendo, en la calle San Francisco, con María Jesús Gil, hija del fundador, Luis Alberto Martínez Abascal, y la descendencia, un ejemplo en Oviedo del mejor restaurantismo actualizado. Del Arco, en la Plaza de América, completaría esa gran terna ovetense capaz de honrar cualquier mesa.

Pero en la capital española de la gastronomía, la oferta es variada. Consciente del riesgo de ser injusto por omisión, citaré algunos establecimientos, dentro de mis preferencias, donde se puede comer como es debido sin que la cocina se conjure contra el cliente. En primer lugar, NM el flamante estrella Michelin de Nacho Manzano en el Vasco, con pocas plazas y en régimen de semiclandestinidad. Hasta el momento menús de temporada y temáticos que reflejan fielmente el alto concepto gastronómico que manejan Manzano y su equipo.

Casa Laure, en la plaza Trascorrales; Casa Arturo, en San Miguel, y La Corte de Pelayo, en Fruela, son otras tres referencias indiscutibles de la capital. El primero ocupa ese puesto envidiable de gran casa de comidas con guiños innumerables, bodega bien elegida y cocina ilustrada; el segundo, es el asador de carnes y pescados, con buenos platos de cuchara, que uno siempre tiene en la cabeza. La Corte de Pelayo, producto envidiable, buen servicio y mejor bodega, es una brasserie indispensable y elegante, con estilo parisino, en pleno corazón de la ciudad, frente al edificio de la Junta General del Principado.

Dos restaurantes con buena cocina actualizada de un tamaño medio son Ca Suso, en El Campillín, con una trayectoria ascendente que jamás defrauda, y Cocina Cabal, en la calle Suárez de la Riva. Dedicación y pocas mesas en ambos. En esta lista de favoritos y tratándose de bistrots no dejaré de mencionar a Eseteveinte, en la calle Santa Teresa, y a Gloria, de Esther y Nacho Manzano, en Cervantes. Urbanos los dos, con retranca asturiana el de los Manzano. Tampoco me olvidaré de dos templos sagrados de la tradición local como son El Ovetense, de la calle San Juan, sidrería donde se pueden comer un pollo frito y un jamón asado difíciles de repetir, y Casa Ramón, clásico entre los clásicos del Fontán.

Los callos son un plato obligado cuando se habla de Oviedo. Me suelen gustar los de Del Arco, Laure o Casa Arturo, pero también hay tabernas especializadas en calladas. Están la de El Bodegón de Teatinos, sublime, en la calle Puerto San Isidro; la que últimamente probé en La Tabernilla, en Tomás Crespo, un lugar magníficamente atendido que derrocha vocación, con toques australianos. Y, en las afueras de Oviedo, en Anieves (Tudela Veguín), el Bar Camacho cuenta también con sus incondicionales. Saliendo de la ciudad pero dentro del concejo, en Caces, se encuentra precisamente Pedro Martino, el cocinero que con mayor conocimiento es capaz de ilustrar este plato de casquería. Martino ofrece en su restaurante el menú asturiano que probablemente mejor conecta con las raíces y con un concepto esencial de la modernidad. Inexcusable la visita para cualquier buen aficionado. Un poco antes, en Las Caldas, está La Vizcaína, que ofrece a los clientes una cocina de mercado de honrada e impecable factura gracias a Chus Martínez. Y en El Cordial/El Caleyo, no hay que olvidarse de Casa Chema, platos de cuchara y guisos, además de sensibilidad vegana por parte de la cocinera Joaquina Rodríguez. 

En el Gran Hotel España, se halla Mestura, el restaurante del chef y empresario Javier Loya, que ofrece menús cerrados para comidas planificadas. Loya, desde su parcela, ha contribuido como otros a que Oviedo se familiarice con la gastronomía.

No hay que dejar a un lado la importancia de la proximidad: el conjunto de casas de comida, tabernas y gastrobares, repartidos por la ciudad. Para evitar perderme me voy a ceñir al entorno más inmediato de donde vivo con esos ejemplos felices de cada día. Dos lugares italianos donde hacen buenas pizzas y focaccias: Rezeta, la pequeña cantina de la plaza San Miguel, y Curniciello Napolitano, en el Rosal. La concurrida y animada taberna Bar Tienda Mariluz, en González Besada, y La Cava de Floro, oferta constante y renovada, clientela adicta, donde a uno le hacen sentirse como casa, en Fermín Canella, a unos pasos del Auditorio.

Sin olvidar el tirón turístico del Bulevar de la Sidra, en Gascona, con Tierra Astur como mascarón de proa.

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Monovarietal de maturana tinta, prima de la cabernet franc, con crianza de quince meses en tinajas y barricas. Se trata de un vino riojano singular de color rojo rubí, capa tirando a alta, con reflejos florales y especiados en la nariz. Muy balsámico y con una carga elevada de fruta negra. En la boca se nota equilibrio y frescura, además de un recorrido largo que seguramente no acabará de convencer a los que buscan ese vigor característico que aporta la tempranillo. La botella cuesta alrededor de 40 euros. 

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Juventud y fruta roja madura en este pequeño burdeos elaborado con merlot y una pequeña parte de malbec. Crianza de seis meses en sus lías, la nariz nada en la intensidad de las frambuesas y las grosellas, con toques de pimienta negra. En la boca es como comerse la fruta a puñados y se agradece ese último recuerdo mineral que contribuye a hacer el trago menos empalagoso. El precio ronda los 10 euros.

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Tinto australiano de la bodega Ten minutes by tractor, o lo que es lo mismo Diez minutos en tractor, famosa al parecer por sus aromáticos pinot noir y sus refrescantes chardonnay, procedentes de viñedos en el litoral del estado de Victoria. En concreto este perfumado pinot noir reserva en la nariz cerezas negras, especias y toques de té verde, además de recuerdos de carbón y de humo, que aportan complejidad y longitud. En la boca es fresco y envolvente. Muy rico. La botella cuesta alrededor de 35 euros.

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