Autor de "Ni una ni grande ni libre" | Nicolás Sesma Historiador

"Franco negociaba con la soberanía nacional de España según le convenía"

"La construcción europea es lo mejor que nos ha pasado, eso debería bastar para no volver a discursos ultranacionalistas"

Nicolás Sesma.

Nicolás Sesma. / Jordi Otix

Eduardo Lagar

Eduardo Lagar

El historiador aragonés Nicolás Sesma (1977), profesor de la Universidad Grenoble Alpes, acaba de publicar "Ni una ni grande ni libre" (Crítica), una visión sobre la dictadura franquista que está convirtiéndose en uno de los libros más vendidos del año. Este domingo, día 9, a las 12,30 horas, lo presenta en la librería Matadero de Oviedo.

–Usted sostiene que Franco, en realidad, no defendía a España en absoluto.

–Franco negocia con la soberanía nacional cuando a él le conviene para mantener su régimen. En un régimen que precisamente basa su discurso en la supuesta defensa de este orgullo nacional, el contraste con la realidad es muy grande. Se ve en los acuerdos posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Se ve en el protocolo que firman Franco y Perón en 1948, donde se prevé que Cádiz se convierta en un puerto franco para los productos comerciales argentinos, lo que supone una cierta dejación de soberanía nacional desde el punto de vista económico. Se ve en el Concordato con el Vaticano, donde hay una dejación de soberanía porque los tribunales ordinarios tampoco pueden encausar a miembros del clero. Pero donde mejor se ve es en los acuerdos con Estados Unidos; los americanos pueden hacer en las bases militares que tienen España prácticamente lo que quieran.

–De manera resumida, ¿quién fue Franco?

–Bueno, es una pregunta difícil. Franco fue, ante todo, un dictador. Fue una persona que supo encontrarse en el momento adecuado en el tiempo preciso. Vio que tenía la posibilidad de permanecer en el poder y no la desaprovechó. Supo jugar con la victoria de la guerra civil y todo lo que le había dado en términos de prestigio ante los sectores sociales que lo podían apoyar. Y lo que quiso hacer fue cambiar el país a nivel estructural. En algunas cosas lo consiguió. Logró extirpar de raíz toda la cultura republicana, todo ese mundo de la clase media republicana que venía desde prácticamente el siglo XIX. Sin embargo, no consiguió acabar con la diversidad territorial del país, que es algo bastante consustancial a la propia nación española. Y desde luego no consiguió terminar con los sectores sociales de izquierda, socialistas, comunistas, etc.

–Usted incide en que la dictadura de Franco tuvo una base social que la sostuvo. ¿Identificar el franquisimo solo con Franco es una forma de sacudirnos la culpa colectiva?

–Sí. A mí me parece casi la clave fundamental del libro. La dictadura no puede entenderse sin Franco, no estoy intentando quitar la importancia a su figura, pero Franco es la cúspide de la pirámide y para llegar hasta esa cúspide tiene que estar apoyado por toda una serie de sustentos sociales, de estructuras, de instituciones, de cuerpos administrativos, del cuerpo diplomático, de los cuerpos de los ministerios… Eso me hace pensar en la dictadura como un proyecto más colectivo que individual. Atribuir la dictadura sólo a Franco, no es algo que solamente suceda en España. Hace unas décadas se veía siempre a Hitler como la causa de todo o la persona que estaba en el origen de todas las decisiones de la dictadura nazi. Pero a medida que la investigación ha ido avanzando nos damos cuenta de que es una interpretación a posteriori. Es decir, si cargamos toda la responsabilidad de la dictadura sobre Franco, pues el resto quedamos en cierta manera exonerados.

–¿Nos falta entonces interiorizar que media España sostuvo la dictadura a costa de la otra media?

–Creo que sí. Sobre todo porque que resulta inaceptable un sistema que se basa en la división de la comunidad nacional en vencedores y vencidos. Y eso es así durante toda la dictadura, no se revierte en ningún momento. Hay ahora un cierto discurso que dice poco menos que Franco buscaba la reconciliación nacional. Y eso no es así en absoluto.

–¿Le preocupa un cierto revisionismo sobre la figura de Franco, que los jóvenes normalicen o acepten mitos como que con Franco se vivía mejor?

–Tengo muchos amigos que enseñan en institutos y me iban diciendo que había un cierto discurso así, un poco por contestación, por provocación o por las tonterías que se mueven por las redes sociales. Como decir que con Franco todo el mundo se iba de vacaciones y todo el mundo tenía una casa. Pero si hablas con cualquier persona que viviera en cualquier barrio de aluvión, de la emigración, en Barcelona, en Madrid o Avilés, te hablará de barrios con calles sin asfaltar, en los que no había ninguna clase de dotación municipal y donde la gente muchas veces estaba pluriempleada. Hablamos de jornadas de trabajo larguísimas y de salarios muy reducidos. El porcentaje de población que podía irse de vacaciones era bastante reducido.

–Obviamente, con la democracia empezamos a vivir mejor.

–Hay un auténtico abismo en términos de calidad de vida material entre aquella época y la actual. Pero se dice mucha tontería en redes sociales. Como cuando se habla del tema de la sanidad universal, que es un fruto preciado de la democracia. La sanidad universal no llega hasta los años 90 del pasado siglo, con Ernest Lluch como ministro de Sanidad, desgraciadamente después asesinado por ETA. Lo que existía durante el franquismo era un sistema mucho más basado en la antigua caridad y en toda una serie de mutuas, un sistema que viene desde los años 20 más que de una verdadera preocupación del Estado por el bienestar de sus ciudadanos. Esto se ve muy bien en los informes que hace la Organización Mundial de la Salud en los años 60 sobre la situación sanitaria en España.

–Y usted que estudió una época tan turbulenta, ¿cree que caminamos hacia unos nuevos años 30?

–Quiero creer que no, pero es verdad que Europa está en un cierto declive, sobre todo a nivel de mano de obra industrial, con las deslocalizaciones. Los que se oponían a la globalización ya advirtieron que ese declive industrial iba a restar soberanía al propio continente. Estamos viendo una cierta sensación de decadencia y entonces la gente busca respuestas fáciles, sencillas. El proyecto de construcción europea es probablemente lo mejor que nos ha pasado en los últimos años. Y esto a mí me parece suficiente como para no volver otra vez a discursos ultranacionalistas que sí se parecen más a los de los años 30 del pasado siglo XX. Este resurgir del nacionalismo sí que es bastante inquietante.

–¿Qué opina de esa demonización de la Transición entre algunos jóvenes políticos españoles, sobre todo de la izquierda?

–Creo que el sistema que ha resultado de la Transición ha garantizado una buena calidad de vida, educativa y sanitaria, para hacer un balance positivo de aquel proceso. Con fallos y con críticas, por supuesto.

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