Alma de Oviedo

Iván Cores, la vida en los baobabs

Se crió en el Caribe y en África, de viaje con sus padres, y acabó estableciendo hogar y familia en Oviedo

Iván Cores en su casa de Oviedo, con una foto de una mujer nuba, obra de su padre, Antonio Cores, al fondo, tras él.

Iván Cores en su casa de Oviedo, con una foto de una mujer nuba, obra de su padre, Antonio Cores, al fondo, tras él. / Fernando Rodríguez

Chus Neira

Chus Neira

Iván Cores Valls (Madrid, 56 años) es hijo de Elisabeth Valls Klein y Antonio Cores, padres aventureros y espíritus inquietos que lo criaron, hasta los 9 años, viajando por medio mundo. Titulado en diseño industrial, ejerció de sonidista en TVE, fue grafista en Los Ángeles y en 1998 abrió la tienda de muebles Dune, primero en San José y después en Valdés Salas. Lleva 23 años con Eva Gómez Camacho y tienen dos hijos, Iván y Diego. Con su hermano, el cineasta Adrián Cores, proyecta editar la película que su madre rodó en África en su infancia.

Una noche en Los Angeles (California), trabajando en un diseño, Iván Cores fue consciente de que se pasaba 16 horas al día delante del ordenador resolviendo entregas que siempre eran para ayer. Una nube le entristeció el alma. Había ido en la dirección equivocada como solo le puede pasar al viajero que inicia su viaje muy cerca del paraíso. No había cumplido todavía la treintena y ya le quedaban muy atrás sus primeros viajes por el Caribe. Las olas del Atlántico rompiendo en la popa encima de los pies de aquel niño de tres años. En la cubierta del Ocean Spirit –71 pies de eslora, el "ketch" más grande del mundo– peces voladores para el desayuno. Eran esos días turquesa y ese viaje en el que sus padres, Antonio Cores y Elisabeth "Babette" Valls, se habían embarcado para dar la vuelta al mundo mientras criaban a su hijo.

Un naufragio frente a los costas de Santo Domingo acabó con el sueño del Pacífico pero impuso un nuevo rumbo. La familia entró en África con dos camiones Mercedes Unimog. Establecieron su primer campamento al pie de las pirámides de Egipto, ocho meses en los que el pequeño Iván empezó a chapurrear árabe mientras jugaba con alguno de los amigos de su padre –Miguel Ríos trepando a la pirámide de Keops– que pasaban de visita. Luego, en Sudán, ya solo fueron ellos tres. Primero lejos de los poblados. A los pocos días jugaba ya con los niños y las mujeres acariciaban el pelo de la madre. Babette tenía medicinas y ofrecía pequeñas curas y Antonio les ayudaba a cazar.

Todo lo que la sociedad contemporánea aspira a ser hoy lo conoció entonces en esa infancia entre guerreros esbeltos, mujeres solidarias y tribus sensibles con los animales que no necsitaban nada porque reposaban la felicidad en el espíritu de cada uno. Iván corría desnudo como sus amigos, se pintaba, se peleaba, se bañaba en la charca y al caer el sol su madre le llamaba para que viniera a leer aquel cuento en el que, no entendía muy bien por qué, un príncipe vivía en un asteroide lleno de aquellos árboles a los que él y sus amigos trepaban cada día para comer.

La vida entre los baobabs –veranos en Meres aparte, cuando venía a Asturias y los primos flipaban con sus aventuras– tocó a su fin el día en que Babette anunció que se habían acabado los viajes y empezaría su escolarización. "¿De verdad puedo ir al colegio como los otros niños?". La prueba de acceso que le hicieron en el Gaudí, en Barcelona, no resultó nada fácil, porque aunque sabía leer y dominaba las matemáticas, no logró contestar preguntas básicas del día a día. ¿Cómo se manda una carta? "¿Se da usted cuenta de que su hijo no sabe nada?". Babette se tragó la rabia y no explicó a la directora que Iván, con nueve años, hablaba cuatro idiomas, desollaba animales, podía purgar una bomba de inyección, arreglar motores de cuatro cilindros y manejar motos, coches y escopetas.

Todavía llegó a pasar una temporada de caza en Sudán al año siguiente, ya solo con su padre, pero la vida empezó a discurrir con cierta normalidad a partir de entonces. Asturias, Palacio de Granda, Bellas Artes, Nueva York y ahora Los Ángeles. ¿Dónde encajaba? Esa noche no lo pudo saber, pero volvería a viajar para hacerse con tesoros del Rajastán y venderlos en su tienda de muebles Dune, en Oviedo. Compartiría allí los diseños de su compañera, Eva Gómez. Un día volvería a Sudán y Nimeri, un antiguo guerrero Nuba, le reconocería a la entrada de Burram nada más bajarse de la moto, 47 años más tarde. Trabajaría en el Palacio de Meres, el negocio de la familia, y algunos días, al ser uno de los pocos con el título para esos trabajos en altura en Asturias, le llamarían para instalar pararrayos, en Alcoa o en la papelera de Navia. Y allí arriba, más cerca del cielo, quizá algún día llegaría a pensar que el viaje de vuelta seguía mereciendo la pena.

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