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Adiós a un jesuita que dejó huella en el colegio San Ignacio de Oviedo: fallece Jesús Martín-Mateo

A lo largo de su vida, abandonó en tres ocasiones la docencia y las tareas sacerdotales para ayudar a los más desfavorecidos en Centroamérica

Jesús María Martín-Mateo Martínez.

Jesús María Martín-Mateo Martínez.

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Rosalía Agudín

Rosalía Agudín

Oviedo

El sacerdote jesuita Jesús María Martín-Mateo Martínez, que durante ocho años fue profesor del colegio San Ignacio, falleció en la mañana de ayer a los 92 años. Nacido en Valladolid, era hijo y nieto de boticarios, tercero de ocho hermanos. Estudió en el colegio San José de su ciudad natal, un centro de jesuitas al que ya habían acudido su padre y su abuelo, y donde recibió una educación muy competitiva y con toda clase de estímulos. Una noche, tras acabar sus ejercicios espirituales y con la edad de diecisiete años, acudió a la capilla y le prometió al Señor que se haría jesuita. Lo cumplió. En septiembre de 1949 entró en el noviciado en Orduña, en Vizcaya, empezando una larga formación. Le ordenaron como sacerdote con treinta años y, doce meses después, terminó sus estudios.

Su primer destino fue en el Colegio del Sagrado Corazón, en Logroño. Luego volvió al colegio que le vio crecer. En el San José fue docente y un día recibió una carta de unos compañeros que habían ido a las misiones en Centroamérica. Le animaban a ayudarles y aceptó. Se fue a Managua (Nicaragua) en agosto de 1972 y esa misma Navidad vivió un terremoto que arrasó con la ciudad. Sólo quedaron en pie tres edificios: un hotel, el Bank of America y la iglesia de los jesuitas. Tras pasar por Rafael del Sur y volver a Managua, cogió un año sabático. Quería aprender inglés y fue a Estados Unidos. Volvió a Valladolid en 1978 y le destinaron a una escuela profesional de formación agraria. Sentía que no estaba preparado para este reto e hizo un máster de agricultura y desarrollo en Montpellier, Francia. Con la llegada de la década de los ochenta volvió a Nicaragua y también pasó por Honduras. Retornó a España en 1998 para que le operasen de cataratas. La cirugía no salió bien. No tuvo más remedio que quedarse y le destinaron a Oviedo como profesor de Literatura en el colegio San Ignacio y, después, le nombraron superior de la Comunidad de Oviedo. En la capital asturiana estuvo hasta 2006 cuando le trasladaron a Madrid como vicario parroquial en la residencia de Maldonado.

Tras pasar por Santander y Honduras, regresó a Oviedo, donde desempeñó la responsabilidad de bibliotecario y colaboró con las celebraciones litúrgicas de la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús. Allí se celebra, a las 13.30 horas de hoy, su funeral.

A Chus, a quien tanto quiero

Por Gabriela Planas

Jesús María Martín-Mateo, SJ. Siempre reías diciendo que vaya ocurrencia la de tus padres al ponerte tantos nombres seguidos. Pero ese nombre acompañaba tu presencia alta y esbelta, tez morena, nariz aguileña y esos ojos llenos de vida.

A los 17 años sentiste tu vocación, pero te daba apuro decirlo en casa. Fue en uno de esos paseos por los campos vallisoletanos cuando, con el corazón latiéndote fuerte, le dijiste a tu padre: «Papá, yo quiero ser jesuita». Y te quedaste en silencio, esperando.

Eras disfrutón, te ilusionabas con las pequeñas cosas. Te gustaba mucho ir a Villabrájima, leer las memorias de grandes personalidades y te encantaba la gente alegre. Siempre con tus gafas Ray-Ban, tu bastón y ese paso largo recorriendo la Losa. Tenias una sensibilidad especial, mucho te enternecía el epitafio que Severo Ochoa escribió: «Aquí yacen Carmen y Severo, unidos toda una vida por el amor y ahora eternamente unidos por la muerte».

Tus decisiones fueron siempre valientes. Estuviste en muchos destinos: Valladolid, tu tierra; la Universidad de Montpellier... Pero rompiste con la comodidad y partiste a la lucha misionera en Nicaragua. Decías que los barcos están hechos para navegar, que los que se quedan en el puerto se llenan de óxido y ya no sirven. Y allí te fuiste.

Nunca dudaste de tu vocación. Me decías: «Siempre que miro mi vida hacia atrás, en todos y cada uno de los momentos, he visto la mano de Dios».

Ahora has emprendido tu último viaje. Querías alcanzar el magis de San Ignacio: hacer de la vida algo significativo. Y vaya si lo has conseguido.

A mí me cambiaste la vida. Me enseñaste a llamar a las cosas por su nombre, a no tomar decisiones en momentos difíciles, a valorar la vida, a tener fe… Me enseñaste lo que es una verdadera amistad.

Que el cielo hoy esté lleno de toda la gente que te ha querido, de atardeceres nicaragüenses, de mar, de rabas de calamar, de limonada y de paseos con tu perrita «Pimienta». Al fin verás a tu Santina.

Y como reza el poema de Miguel Hernández: «A las aladas almas de las rosas del almendro de nata te requiero, que tenemos que hablar de muchas cosas, compañero del alma, compañero». Hasta que nos volvamos a reunir, tu amiga siempre, Gabi. n

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