La historia del gaitero «más real de Asturias», que fue «un poco apache» en el Oviedo setentero
«Cuando vives en la zona donde te criaste son todo ventajas», dice el hombre encargado de poner la música a los Premios Princesa y las previas de los partidos del Tartiere

J.A. / F.R.
Cuando de guaje jugaba por la canterona de la Ería estaba lejos de imaginar que cada quince días haría sonar su gaita allí cerca, al inicio de cada partido del Real Oviedo, en el nuevo Carlos Carlos Tartiere. Aquel «apache, muy de la Argañosa porque no era un barrio, era una familia muy grande, donde todos nos cuidábamos mucho», es José Manuel Fernández «Guti», el gaitero «más real» de Asturias por partida tiple: hizo la marcha nupcial de la boda de los Reyes, cuando eran Príncipes de Asturias, es uno de los directores de la Real Banda de gaitas «Ciudad de Oviedo» y es el gaitero mayor del Real Oviedo.
«Más de la Argañosa no puedo ser, nací en Francisco Bances Candamo, la última calle del barrio porque a partir de ahí eran todo praos, el límite de lo semiurbano con la parte más rural de Oviedo en aquella época. Mis abuelos bajaron de Pajares, acabaron por esta zona y entonces ahí nací», cuenta Guti. Vivió «en un quinto sin ascensor, hacíamos pierna continuamente», dice. Hasta que sus padres compraron un piso «cerquina, en la Argañosa 134, enfrente del Bar Pacita y del Colegio Llana». De la generación de 1964, fue alumno de las primeras promociones del colegio de San Pedro de los Arcos, en lo alto de Vallobín, que distaba un buen trecho del domicilio familiar. «El problema no era caminar mucho, era que salías de la Argañosa y tenías que pasar por la Sindical; digamos que no éramos muy amigos de los de Vallobín, que eran un poco apaches, como nosotros», refresca Guti, que empezó a escuela cuando ya estaban comunicados los dos barrios ferroviarios del oeste ovetense a través del puente nuevo de la Argañosa y no hacía falta subir hasta el de Ramiro I. «Ya fui por el puente de Alejandro Casona; además justo ahí, en la esquina vivía una tía mía, y pasaba directamente sin tener que dar un rodeo», recuerda.
En aquella Argañosa familiar, «las ventanas hablaban, eran todo comunicación. De repente oías: ‘A comer’, ‘¿Está Guti por ahí? Que suba’. Y claro tú dabas voces desde abajo: ‘Güelita, ábreme, que está cerrada la puerta’. Las mujeres se comunicaban por las ventanas», relata. El cambio de portal, de Bances Candamo a la parte baja de la Argañosa fue «un paso cuantitativo de maleantes», bromea. «Aunque estaba cerquina, era como si después de dar la curva, San Antonio de Padua ya era otra historia, había más piña, más concentración de amistad, más fútbol, más estar jugando la partida en Casa Pacita, más llegar los policías, parar y preguntar qué hacíamos allí. Porque cogimos unos años muy malos de droga, muchos amigos palmaron con aquella historia», detalla José Manuel Fernández de aquellos tiempos de quinquis en los barrios de la periferia.
Siete en un 127 a Andorra
«Eran muy tuyos. O tenías broncas con ellos o, si ya te adoptaban en su pandilla, eras intocable, tú y tus hermanas». Sirva de muestra una anécdota. «Mira, cuando nevaba mucho y subían neñas de Fuente de la Plata, hacías una pila de bolas de nieve y las acribillabas a bolazos sin comerlo ni beberlo, pero si salía del portal mi hermana y la hermana de Vázquez parábamos de inmediato, pasaban como dos gallos de la quintana y ni un copo de nieve las tocaba», cuenta Guti.
«Sí, se cuidaba a la familia, a los padres y a los abuelos, que eran toda una institución, vamos que cuando se acercaba el abuelo de cualquiera no se ponía toda la banda firme de milagro», abunda en la argumentación de lo importante que era ser «uno de los nuestros» en aquel barrio genuinamente setentero.
Un viaje con el abuelo y toda la familia fue clave en el nacimiento del Guti gaitero. «Empecé con trece años. Fuimos a Andorra en un 127 color café, que no se me olvidará en la vida; mi abuelo, mi abuela, mi padre, mi madre, mi tía, mi hermana y yo. Allí cómprame una flauta mi abuelo y en el viaje de vuelta, tocándola, parez que me salió el himno de Asturias». El abuelo vio la jugada:
–¿Por qué no tocas la gaita?
Y Guti cogió su gaita.
«Mi abuelo me llevó a un gaitero, Nicanor González Fueyo. Canorín el de Columbiello, lu llamaben. Era de Pola de Lena, pero vivía aquí, en Vallobín. Me enseñó todo lo que sabía y ahí empecé a tocar la gaita. Diba todos los días por la tarde a su casa y allí me enseñaba todas las canciones tarareadas porque aquello del solfeo y música no existía. Era ‘tarariroriro, tararirorirora, y así de oído hasta que sonara algo parecido», cuenta Guti de Canorín el de Columbiello. «Había venido de Francia, tocaba la gaita y tenía una mente bastante abierta porque no solo me enseñaba música asturiana, también algo de música francesa y belga, traía mucho conocimiento de melodías musicales», añade.
El chaval que aprendió a tocar la gaita en un piso de Vallobín dio el pelotazo, con la marcha de la boda de los Príncipes de Asturias, en 2004. Del impacto que esa pieza iba a tener en su carrera de gaitero se dio cuenta a miles de kilómetros de su Argañosa natal. «Fuimos a tocar un concierto en el Teatro de Guayaquil; iba con Arévalo, él al piano y yo a la gaita, en el mismo escenario donde la semana anterior había actuado Plácido Domingo. Y yo le decía a Arévalo: ¿Quién nos va a venir a escuchar si aquí no hay Centro Asturiano?». Tres días antes del concierto les sacaron una entrevista en el periódico de Guayaquil y el titular, recuerda Guti, fue «algo así como ‘El Gaitero de la Casa Real o El Gaitero Real’». El caso fue que se enteró el alcalde de Guayaquil, el gobernador y la sociedad local «y llenamos el Teatro de Guayaquil el Arévalo y el Guti, los dos tocando piano y gaita». El resultado fue de «vuelta al ruedo, dos orejas y rabo porque preparamos una especie de Guayaquil de mis amores, y la gente se puso en pie, entusiasmada».
José Manuel Fernández se ha convertido en «el gaitero más real de toda Asturias» entre la marcha nupcial, la dirección de la Real Banda de Gaitas Ciudad de Oviedo en los Premios Princesa y ser el Gaitero mayor del Real Oviedo. Pero también ha puesto método, junto a otros gaiteros, en la enseñanza de la gaita asturiana, que antaño se aprendía de oído. «Los primeros libros y partituras acabamos haciéndolas nosotros, antes no había nada didáctico, dependías de la buena fe del que te enseñaba, como Canorín, y bastante hacía porque algunos gaiteros no querían ni enseñarte». Hoy Guti da clases de gaita en los bajos del mismo Tartiere, muy cerca de donde nació y de donde vive. «Cuando la pandemia decían que la gente necesita moverse en un círculo de cinco kilómetros cuadrados, a mí me sobran dos por lo menos», afirma un Guti que ya se reconoce «de esos padres antiguos» con la condición que ha puesto a su hijo, Geri Fernández, para dedicarse a la música. «Lleva desde piquiñín, desde los tres años, tocando el tambor en la banda de gaitas, luego aprendió a tocar la gaita, la guitarra; compón canciones. El año pasado me cantó una canción y oye era guapa. Le pregunté de quién era y me dijo que suya. No le creía y entonces cantome cinco o seis más», revela el gaitero. Pero había que testar, más allá de la familia, las composiciones del chaval. «Por si acaso no soy capaz de distinguir si oía esas canciones como padre o como músico. Pero cuando dos o tres amigos que se dedican a esto me dicen que están guapas, pues empiezas a dar un poco de apoyo al guaje», explica Guti. Eso sí, con una condición: «Está bien que cantes, muy guapo, pero tienes que acabar la carrera. Habrá padres más modernos que les digan venga hacemos un Tik Tok o un Instagram, pero a mí me salió pedirle que acabe la carrera y después, si quiere, vamos a ver si le damos otro empujonín con la música. Ahora está haciendo tercero de Derecho, de Erasmus, y debe estar pasándolo mejor en Roma que aquí cantando. Este pasado fin de semana estuvimos juntos en Bilbao, para ver al Oviedo, y por lo que me contó casi marcho con él pa Roma», desvela José Manuel Fernández, medio en serio, medio en broma.
Pero a Guti le tira el oeste ovetense. Nació en aquella Argañosa, del cine Roxy y su sucesor, el Gimnasio Casal, «donde aprendí karate», y de los billares Mariano, «que estaban enfrente, donde jugábamos al billar y a las máquinas». Hoy vive cerca, «en Vallobín, me pasé al enemigo», vuelve a bromear. «Parece que uno le cuesta salir de su zona de confort, cuando vives en la zona donde te criaste todo son ventajas. Por ejemplo, vas a la farmacia y les dices se me acabó tal cosa, y no te preguntan más, te dicen tráesme la receta este semana; saben cómo eres y saben, evidentemente, que luego les llevas la receta. O vas a la tienda sin perres y te dicen lleva esto igual porque saben que vuelves al día siguiente y págueslo. Esa tranquilidad, esa confianza de estar en tu barrio, de sentirte parte del barrio, son todo ventajas».
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