La historia de Simón Iglesias: El profesor de Lengua de Oviedo que vio volar en directo a Usain Bolt y ahora cuelga el cronómetro
El considerado como uno de los mejores árbitros de atletismo en ruta del mundo, se retira tras 40 años como testigo de gestas deportivas y eventos como los Juegos Olímpicos de Barcelona

Simón Iglesias en las inmediaciones del Auditorio Príncipe Felipe. / Pelayo Méndez
Simón Iglesias Gutiérrez se prepara para despedirse de una vida que ha trascendido mucho más allá de las pistas y los cronómetros. Considerado uno de los mejores árbitros del mundo en mediciones de circuitos en ruta, el leonés afincado en Oviedo deja atrás una carrera que comenzó en 1984 y que ha discurrido paralela a su otra pasión profesional: la enseñanza de lengua castellana en varios institutos del Principado. Confiesa que no será fácil abandonar la adrenalina de las grandes competiciones, pero también reconoce que le reconforta la idea de seguir disfrutando del deporte desde el sofá, sin madrugones, viajes interminables ni maletas a medio hacer.
Nacido en 1950 en Villoria de Órbigo (León), Iglesias creció soñando con ser futbolista, como tantos niños de su generación. La vida lo llevó a estudiar en la Universidad de Valladolid y más tarde, en 1979, a instalarse en Oviedo por motivos laborales. Fue entonces cuando su amor por el deporte tomó una deriva inesperada. Descubrió en el atletismo una disciplina que, según él, «era la base de casi todo», y decidió acercarse a ella desde un lugar distinto al del deportista: el del arbitraje. En 1983 realizó su primer curso y al año siguiente ya era Juez Territorial, lo que le permitió comenzar en pequeñas competiciones de base en el Palacio de los Deportes. De aquellas primeras jornadas conserva el asombro adolescente que le provocó ver competir a futuras leyendas como Carl Lewis o Andrés Simón cuando todavía eran promesas.

Iglesias, a la derecha, junto a un atleta en el estadio olímpico de Montjuic. / LNE
Su progresión fue natural, alimentada por la constancia. En 1989 se convirtió en Juez Nacional, lo que le abrió la puerta a citas fuera de Asturias y a su primer gran acontecimiento internacional: el Campeonato del Mundo en Pista Cubierta de Sevilla en 1991. Aquella experiencia, explica, le hizo comprender que quería aspirar a más. Apenas un año después llegó uno de los hitos de su vida: los Juegos Olímpicos de Barcelona de 1992. Aunque por entonces no tenía capacidad de decisión y actuaba como auxiliar, vivir desde dentro el mayor evento deportivo del planeta marcó para siempre su trayectoria. Aún recuerda con viveza los comedores olímpicos repletos de estrellas, las charlas improvisadas en los pasillos, la electricidad del ambiente y la sensación de estar aprendiendo algo nuevo a cada paso. «En realidad, no recuerdo muy bien de qué hablábamos», bromea. «Pero sí que fueron días maravillosos», añade.
La cima nacional la alcanzó en 1999, cuando fue nombrado Juez Árbitro Nacional, la máxima distinción del arbitraje español. Asegura que el atletismo es un deporte «bastante aséptico» en materia de conflictos, aunque admite haber vivido momentos polémicos por dos mediciones controvertidas en campeonatos disputados en Sevilla y Madrid. «A veces tomas decisiones que a alguien no le gustan, pero forma parte del trabajo», reflexiona con calma.
Medio mundo
Su vida de juez lo llevó a recorrer medio mundo: Portugal, Italia, Finlandia, Alemania, Argentina… y, sobre todo, Japón y Jordania, destinos cuyo choque cultural lo dejó profundamente marcado. En estas aventuras casi siempre viajó solo. Su familia lo tildaba de «loco» y su mujer lo acompañó apenas en contadas ocasiones dentro del territorio español. Alguna vez aprovecharon para convertir una competición en una escapada de vacaciones, especialmente por el sur.

Posando delante del estadio olímpico de Berlín. / lne
Pero Iglesias no se limita a juzgar: también es un hincha fervoroso. Todavía se le ilumina el rostro al hablar de la vez que vio, desde pocos metros, a Usain Bolt volar en Berlín en 2009, batiendo el récord mundial de los 100 metros, parando el cronómetro en 9.58 segundos. Se declara devoto de Yelena Isinbáyeva, autora de 28 récords mundiales de pértiga, y lamenta no haber visto en directo a Armand Duplantis. Aunque el atletismo es su gran amor, también disfruta con el baloncesto europeo y cada vez presta menos atención al fútbol.
De la enseñanza se retiró en el Instituto Río Nora de Pola de Siero, poniendo fin a otra parte fundamental de su vida. Sabe que su adiós al arbitraje está próximo, pero quiere exprimir cada competición que le quede antes de hacer efectiva su retirada. Los reconocimientos ya han empezado a llegar: este sábado recibió en Oviedo la «Placa Juan Sastre», el mayor galardón para un juez de atletismo en España.
Con la perspectiva que dan cuatro décadas midiendo esfuerzos ajenos, Iglesias se atreve a hacer balance del estado del atletismo español. Considera que el país vive un buen momento, pero lamenta la decadencia del atletismo asturiano. «Desde que nos dejó Yago Lamela, se ha generado un vacío importante del que todavía no hemos logrado recuperarnos», afirma con serenidad. Lo dice alguien que ha visto pasar, de cerca, a los más grandes y que ahora se despide con la satisfacción de haber medido, literalmente, los pasos de la historia.
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