"Orlando Furioso", un éxito razonable desde la fantasía
El estreno de Vivaldi fue de menos a más, con ovación para la OFIL dirigida por Zapico y para Gluck, San Martín, Jone Martínez y Serena Pérez

La Reina Alcina, a la izquierda, manda domar al hipogrifo, en una de las escenas. | IVÁN MARTÍNEZ

Disfrutar desde el 2025 de la fantasía barroca del "Orlando furioso" de Vivaldi como ayer sucedió en el estreno del título dentro de la temporada de Ópera de Oviedo es como tirar los dados de esos juegos de rol de bolsillo con opciones fabulosas y variopintas. Se hace difícil montar cualquier historia con la combinación de salida, pero a medida que la imaginación va poniendo las cosas en su sitio y se improvisa una historia, las piezas van encajando. Algo de eso tuvo la función de ayer, que pasó de cierta frialdad e incredulidad en el primer acto a emociones más placenteras ante la propuesta en lo ofrecido después del descanso, en especial en el segundo acto. A incrementar esa desconexión inicial ayudó también un estilo musical que, conviene subrayarlo, no es del gusto del público habitual de primera del Campoamor.

La aparición de Ruggiero con su hipogrifo.
Con voces y roles apreciados, pero sin ninguna que se convirtiera en protagonista absoluta de la noche, la música de Vivaldi interpretada por Oviedo Filarmonía bajo la batuta de Aarón Zapico y con Jorge Jiménez, David Palanca, Guillermo L. Cañal y Pablo Zapico, fue uno de los prodigios más fabulosos que sucedieron en los dominios de la Reina Alcina.
Porque la trama de "Orlando Furioso", que adapta el famoso poema de Ariosto, también parece encima del escenario el resultado de una improbable combinación de dados. Se podría resumir como dos historias de amor paralelas con infidelidades y venganza y una lucha entre el poder femenino y el masculino, entre fuerza y magia. O como una fantasía donde aparecen caballos alados, mucha brujería, viejos dioses del inframundo y giros de guión imposibles. Es un lío difícil de entender pero muy bien empaquetado por la escenografía que firma Fabio Ceresa.
Ayer no hubo incomodidad con la propuesta, una producción de Venecia, que aprovecha la fantasía barroca sobre la que se desarrolla la ópera para echar a volar la imaginación con recursos clásicos escenográficos bien ejecutados: el sistema de marionetas de varillas a escala gigante para presentar al dios del inframundo, el alucinante hipogrifo Ruggiero, otro títere de dimensiones enormes y ocupado por varios manipuladores o el sencillo y efectivo eje central de la escena, una luna que al girarse se convertía en el salón del trono de Alcina y ante la que se plegaba y desplegaba un puente. La aparición de toda esa serie de elementos en escena, junto a la música, un vestuario lleno de dorados y brillos y el harén travesti de la corte de Alcina fueron los ingredientes más llamativos de la primera parte, en la que las voces apenas recibieron tímidos aplausos. El público salió al descanso con la necesidad de espabilarse un poco y confiar en lo que estaba por venir.
Efectivamente, el segundo acto trajo otro encaje, una nueva dinámica y una reconciliación entre el público y la obra. Brilló de forma especial, en el momento en que se da cuenta de que ha sido embrujado para engañar a su amada, el personaje de Ruggiero, interpretado con delicia, sensibilidad extrema, por el contratenor Arnaud Gluck. Muy bien desde el principio, también en esta segunda parte brilló totalmente la soprano Jone Martínez en el papel de Angélica. Y el barítono César San Martín puso también al público de su parte con arrojo.
El resto del elenco no lo hizo mal, no al menos para el público, aunque quizá no tuvieron momentos de especial inspiración que les hicieran destacar. En el papel de Orlando, la mezzosprano Evelyn Ramírez sorprendió al Campoamor por su registro, muy adecuado para el papel masculino, casi un barítono en ocasiones. Su interpretación, como el encaje progresivo de esa tirada de dados, también fue de menos a más, y compuso un tercer acto muy creíble en el que el protagonista cae en el pozo de la locura.
Ese juego de voces que no son lo que aparentan ser es una tónica en esta ópera, y en juego paralelo al de Orlando, también el de Medoro lo interpretó una mezzosoprano. En este caso, la gijonesa Serena Pérez es la encargada de defenderlo. Su buen desempeño, sumado al hecho de que jugaba en casa, le valió una ovación cerrada al finalizar la obra.
Progresivamente empoderada también se mostró Shakèd Bar en el papel de la malvada reinta Alcina. Divertida en escena, llena de brillos y dorados, se puso muy bien en la piel de la bruja poderosa, frívola y disfrutona. Su voz, que a veces dio la impresión de faltarle cierta presencia, también creció en los actos finales, después del descanso. Y casi lo mismo se puede decir de Maria Zoi en el papel de Bradamante.
La obra no carga tanto la partitura en el papel de Orlando como para que éste tenga que soportar la responsabilidad de llevarla a buen puerto. En ese diluirse y repartirse las cargas, el elenco fue compensando lo bueno y lo por mejorar hasta llegar a un tramo final más valiente y con el público más sincronizado. Derrotadas ya todas las brujerías y repuesto Orlando de su locura y su furia, la victoria del amor y la recomendación al espectador de que más vale ser prudente y no hacer locuras como subir a la luna o bajar a los infiernos remató la obra, con el empuje final del eficacísimo coro Intermezzo. Algún espectador –muy pocos– salió corriendo después de tres horas largas de peripecia fantabulosa. Los que se quedaron –la mayoría– aplaudió la propuesta. Con ganas y ovación para el director Aarón Zapico y para los cantantes ya citados. Y dejó la sensación de que el "Orlando Furioso" no llevó al Campoamor a la luna pero tampoco lo sumergió en ningún infierno. Un éxito razonable.

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Los estudiantes de Harvard visitan el teatro
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