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Fallece Raimundo Alonso, uno de los vecinos más veteranos de Oviedo

Llegó hace más de setenta años a la capital del Principado a trabajar como transportista para el Ayuntamiento, todos los que le conocían destacaban su sentido del humor y su buena memoria

Raimundo Alonso en su 104 cumpleaños junto a toda su familia.

Raimundo Alonso en su 104 cumpleaños junto a toda su familia. / Luisma Murias

Oviedo

Raimundo Alonso nació poco después de la Primera Guerra Mundial y presenció la proclamación de la Segunda República, la Guerra Civil, la dictadura franquista y la transición democrática, llegando incluso a vivir el primer cuarto del siglo XXI. Ayer, a los 105 años, falleció dejando atrás una vida estrechamente ligada a la historia de Oviedo. Aunque nació en Zamora, fue un vecino de larga trayectoria, testigo de cambios en la ciudad y de varias generaciones que pasaron por sus calles.

Nació en Villalba de la Lampreana, un pequeño pueblo situado en la provincia de Zamora; desde muy joven se dedicó a las labores de labranza y la agricultura, trabajando la tierra como muchos de su generación. Al trasladarse a Oviedo, buscó nuevas oportunidades y encontró un empleo como funcionario en el Ayuntamiento, donde ejerció como transportista.

Durante años recorrió la ciudad con su camión, ocupándose de repartir todo tipo de materiales y suministros necesarios para el funcionamiento del municipio. Su labor lo convirtió en un rostro familiar para quienes vivían en Oviedo, y le permitió mantenerse siempre en contacto con la ciudad que adoptó como su hogar.

Aquellos que le conocieron siempre destacaron la sonrisa que le acompañó durante toda su vida y su sentido del humor. Con el siglo de edad ya superado, seguía provocando carcajadas a sus conocidos contando la anécdota de cómo acabó en la capital del Principado "por equivocación". Su familia, además, resaltaba su memoria prodigiosa, capaz de recordar con detalle hechos de su infancia y situaciones cotidianas que otros olvidarían con facilidad. Les quedó grabado un día que se quedó solo en casa, porque estaba enfermo, y acabó memorizando el número de su carné de identidad.

Más de setenta años viviendo en la ciudad no le hicieron perder la costumbre de bajar cada día a por su café al mismo lugar de siempre. Cuando le preguntaban por su secreto para mantenerse joven, pocos eran capaces de adivinar la edad que realmente tenía; él siempre decía que se hacía masajes en la cara para que no le saliesen más arrugas. Su vitalidad y alegría de vivir dejaron una huella imborrable en todos los que le conocieron.

Esta misma tarde, a las 16.00 horas, se celebrará el funeral en la iglesia parroquial de San José de Pumarín. Tras la ceremonia, se llevará a cabo la incineración en la intimidad familiar.

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