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Manuel Vilas, en la Cátedra Alarcos: "Moriré sin haber leído muchos libros que me podrían haber salvado"

"Hay algo común a un escritor y a un lector: la necesidad de enfrentarse al misterio de la vida", afirma el autor en la Universidad de Oviedo

Por la izquierda, Carmen Alfonso, Manuel Vilas, Ignacio Valverde y Josefina Martínez. | LUISMA MURIAS

Por la izquierda, Carmen Alfonso, Manuel Vilas, Ignacio Valverde y Josefina Martínez. | LUISMA MURIAS

Tino Pertierra

Tino Pertierra

Oviedo

El poeta y novelista Manuel Vilas llegó, se sinceró y emocionó con su conferencia sobre literatura y vida. El Aula Magna del Edificio Histórico de la Universidad de Oviedo se llenó para asistir a una nueva propuesta de la Cátedra Alarcos que dirige la catedrática Josefina Martínez, en presencia del rector Ignacio Villaverde y de la profesora Carmen Alfonso, que presentó a un creador muy afín.

"Sé que moriré sin leer muchos libros que me podrían haber salvado", admitió el autor de la celebrada "Ordesa". "Se quedarán perdidos, sepultados, escondidos en el caos de mi biblioteca". O de otras bibliotecas perdidas, mudadas, refundadas. Y es que "soy un caos con los libros". Confesó no haber leído todas las novelas de Dickens, ni todas las de Galdós, ni toda la literatura rusa. "No caben tantos libros en la vida de un hombre". La vida es un libro "y un libro es un objeto que puede convertirse en un cuerpo y un cuerpo siempre es erotismo. Para mí, los libros son eróticos en sí mismos, son materia. Por eso el libro electrónico no tiene nada que hacer conmigo. En papel son materia y son gravedad porque pesan, ocupan espacio, tienen tapas, tienen encuadernación, huelen, los libros huelen, son visibles, envejecen, son susceptibles a la erosión, a la humedad, acaban oliendo como sus amos. Cuando te prestan un libro, si lo hueles, huele como él o ella. Huele como su casa. Esto es inquietante. Parecen a veces gatos o lebreles, parecen dioses o momias o ruinas. Tienen una vida propia".

La conferencia se volvió entonces un canto a los clásicos. Es algo muy importante "la idea de que hubo otros escritores que amaron la vida. Leer a los que escribieron antes que nosotros es extenderles una mano para que regresen al mundo para absolverlos de la muerte, de la oscuridad, de la extrema insignificancia y de la nada que a todos nos esperas".

Y así aparecieron Góngora con sus temores a la corrupción del tiempo, Whitman con su alegría expansiva, Neruda con sus cuerpos destinados a la plenitud. Y Kafka, siempre Kafka, el escritor que a Vilas lo convirtió en escritor y que lo acompaña como un dios privado, como una brújula que señala el misterio y la oscuridad.

"Si Frank Kafka se levantara de la tumba, se volvería loco al contemplar que su vida y su obra se han convertido en una de las referencias literarias más importantes de la historia de la cultura occidental". ¿Qué pensaría Kafka del término kafkiano con el que "calificamos nuestros desórdenes mentales y nuestras insatisfacciones y nuestros delirios más íntimos? Probablemente se sentiría víctima de un malentendido kafkiano para huir del tiempo y de la muerte".

Hay algo que es común, "esto es lo más fascinante, a un escritor y a un lector. La necesidad de enfrentarse al misterio de la vida". Misterio, la palabra que, según él mismo confiesa, su editora le raciona (junto con enigma). El misterio de un pasado que duele y consuela a la vez. Como cuando recordó a su padre, que, sin educación y con una vida marcada por la guerra y la posguerra, decidió comprar una colección de grandes obras universales. Libros que él no podía leer, pero que quizá –solo quizá– su hijo sí leería un día.

Y así fue.

Vilas heredó los dos tomos de las obras completas de Kafka, envueltos todavía en su celofán original. Libros que no había abierto nadie. Libros que esperaron veinte años para que alguien los amase. "En esos dos libros mi padre me entregaba un tesoro: el tesoro de la condición humana".

Todos estamos solos, todos somos frágiles, todos vivimos sostenidos por las palabras que dejaron atrás los clásicos: "Estamos solos los escritores y están solos los lectores", dijo. Y en esa soledad compartida ocurre el milagro: un libro abre sus manos y otro las recibe. "La literatura sirve para que nos amemos más".

Vilas definió la pasión como "la droga santa de la literatura. La pasión como lo único verdaderamente peligroso y, a la vez, lo único que merece la pena. La pasión como una forma de amar más y mejor: a los libros, a la vida", a quienes nos acompañan en esta aventura que no admite ensayo general. Y quizás un antídoto para que no muramos de tristeza y de soledad. Cuando un lector abre un libro "colisionan dos soledades, colisionan dos misterios". Así que "necesitamos que un libro nos revele el mundo".

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