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Boda original en Oviedo: un concejal con chupa y pañuelo de calaveras, el encargado de oficiar

José Ramón Prado casa por sorpresa, vestido de motero, a su compañero en «Los Calavera Custom» Jonathan Espín en el Ayuntamiento

Lucas Blanco

Lucas Blanco

El rugido de los motores no sonó, pero el espíritu motero retumbó con fuerza este sábado en el salón de plenos del Ayuntamiento de Oviedo, escenario poco habitual para una boda «sobre dos ruedas». Allí se juraron amor eterno Jonathan Espín y Mihaela Raus, dando gas a una historia que arrancó hace cinco años en la cafetería donde ella trabajaba y que ahora culmina en un enlace tan singular como su propia relación.

La ceremonia estuvo lejos del protocolo clásico. El encargado de oficiar el matrimonio fue el concejal de Seguridad Ciudadana, José Ramón Prado, que dejó aparcada por un día la formalidad institucional para enfundarse la chupa de cuero y un pañuelo de calaveras. Como el novio, Prado pertenece al grupo «Los Calavera Custom», una hermandad de unos veinte apasionados de las dos ruedas que recorren Asturias en sus rutas habituales. El edil no solo hizo de maestro de ceremonias: se convirtió en cómplice de una sorpresa cuidadosamente acelerada entre los compañeros moteros.

Porque el novio tampoco sabía que, entre el medio centenar de invitados vestidos de etiqueta, aparecerían infiltrados varios miembros de la banda motera luciendo su indumentaria habitual. José Luis Varela, César Díaz, Gonzalo Míguez, Fermín Díaz, José Antonio Menéndez, Julio Cabal y Juan Gutiérrez aparcaron la sobriedad para colarse en la boda con cuero y parches. Su idea era llegar rugiendo hasta la puerta del Ayuntamiento formando un pasillo de motos, pero la lluvia los chafó. «El mal tiempo nos chafó el pasillo que queríamos hacer con las motos», lamentó Míguez tras el aguacero que les obligó a dejar a sus máquinas «en boxes».

Dentro del salón de plenos, sin embargo, la emoción fue a toda velocidad. Los padrinos, Alejandro Villa y Andrea Vigil, acompañaron a una pareja que escuchó con atención cómo Prado recitaba un poema de Jorge Bucay, provocando que a la novia se le «saltaran los fusibles» de la emoción y las lágrimas comenzaran a caer. Y mientras sonaban canciones de amor y el «Imagine» de John Lennon, el ambiente se caldeaba como un motor bien afinado antes de la arrancada final: el beso que desató una ovación entre los asistentes.

Aunque el sonido de los tubos de escape no retumbó en la plaza, el enlace dejó claro que el espíritu motero no entiende de lluvia ni de protocolos. «Fue una sorpresa muy agradable», confesaron los recién casados, felices de haber celebrado una boda que, más que un destino, ha sido un viaje compartido. n

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