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Lobos a las puertas de Oviedo: «Ni la gente ni los políticos son conscientes del peligro»

Un ganadero ha avistado ejemplares en la loma de Pando, justo encima de Las Campas, y alerta del riesgo que entraña «la falta de control sobre la fauna salvaje»

Varias vacas, con algunas crías, en la calle Yernes y Tameza, y a la izquierda los edificios de Las Campas.

Varias vacas, con algunas crías, en la calle Yernes y Tameza, y a la izquierda los edificios de Las Campas.

«Los lobos ya llegan a la loma de Pando». Esta afirmación de Víctor Manuel Fernández equivale a decir que están encima de Las Campas, en plena línea fronteriza del Oviedo rural y urbano. A tiro de piedra del colegio público Juan Rodríguez Muñiz y de la parada de los autobuses de TUA, para más señas. «La fauna salvaje ya es un problema en Oviedo y cada vez resultará más difícil tenerla controlada», asegura, con pleno conocimiento de causa. Nació y se crió en esta zona, donde sus padres cosechaban fabas y por la que caleya a diario para atender al medio centenar de vacas de asturiana de los valles, junto a la casa del Cantu. «Ni la gente, ni los políticos son conscientes de este gran problema. El lobo está alrededor de Oviedo y no se enteran», afirma.

Hace un mes ya se había topado con el lobo, entre Villamar y Villamorsén. «Los vi yo y lo notaron los perros», afirma. Pero la aproximación fue aún mayor esta semana pasada, en los veintiún días de gües (días de buey) de su terreno en la loma de Pando. «Salí dos veces de noche porque el ganado empezó a reagruparse; dejan a las crías en medio, con el xatu grande, el toro, y las vacas fuera para hacer el corro. Y eso es porque están los lobos por ahí», describe Fernández, que ya sale siempre de su casa para cuidar el ganado «con una foceta o con una pala de dientes».

Al ver el estado alerta de las vacas —a cada una la llama por su nombre—, se apostó, quieto, inmóvil: «Ya tenía la sensación de que algo, algún animal, me estaba vigilando. Fui por el camino , quedé pegado a un árbol un buen rato y pude ver tres lobos, uno más grande, el que enseña a cazar a los otros dos, algo más pequeños». Hasta que le olfatearon. «Tienen un gran instinto, te huelen y escapan, pero si tienen carne que coger no se mueven», asegura.

Sospecha que ese grupo de lobos «es el mismo» que atacó en Brañes recientemente, donde mataron a una oveja e hirieron a otras dos. «Los lobos pueden moverse tranquilamente cuarenta o cincuenta kilómetros en una noche», afirma Víctor Fernández. «En Las Regueras la gente ya está muy quemada, dicen que por allí hay más de seis lobos. Y luego están los ataques que hubo en la zona de Trubia. Todo se está volviendo monte, el Principado no limpia nada y fíjate el Naranco cómo está. Al estar todo abandonado es mucho más difícil tener controlada la fauna salvaje», sostiene el ganadero ovetense, que se afana en tener limpio su terreno, pero teme que la bola de la fauna salvaje se haga cada vez más grande, hasta alcanzar ya el Oviedo urbano. «Yo limpio sin parar, pero hay mucho monte alrededor. Antiguamente por aquí lo máximo que había era el zorro, el melandro o tejón, algún gato montés. Pero empezó a entrar el jabalí, luego la marta, ahora el lobo y lo siguiente qué será, el oso», se pregunta ante la ausencia de decisiones. «Es un problema medioambiental gordo porque los lobos si vienen y cogen algo, volverán. Si el invierno es duro, habrá más ataques. Los pueblos se están abandonando y el animal busca la comida fácil», prevé. Al tiempo, también avisa a «la gente que confunde la fauna salvaje con animales domésticos. Es una barbaridad ponerse a dar pan al jabalí».

El vecino «decano» que recuerda los praos de Velino Bolsones, «Catedralu», donde ahora va el instituto de La Florida; la casería de Luis de la Zurraquera, donde está el supermercado de Las Campas, o el regueru que bajaba por donde ahora está el restaurante El Pisón, ha tenido que tomar medidas: «Ahora cierro las fincas para que las vacas no puedan ir arriba, a la loma, y se queden en la que hay más abajo o al lado de casa, por culpa del lobo». Para controlar las cincuenta reses de asturiana de los valles, cuenta con dos perros, un mastín y un galgo «que corre como un misil». Asegura que el ganado libre «es mucho más feliz», hasta el punto de que «aunque llueva, no quieren entrar en la cuadra, prefieren arrimarse a un árbol para protegerse del agua».

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