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Olivares, la mayor transformación de aldea a barrio residencial en apenas tres décadas en Oviedo

La construcción del nuevo Carlos Tartiere y del Parque del Oeste activaron un barrio con más vecinos, 3.059, que Las Campas y La Ería

Dos vistas de Olivares en las que se aprecia el aprovechamiento de la ladera para  la construcción de  diferentes tipologías de vivienda.

Dos vistas de Olivares en las que se aprecia el aprovechamiento de la ladera para la construcción de diferentes tipologías de vivienda. / Irma Collín

Olivares

Mudó de zona rural a residencial cuando las urbanizaciones de adosados y pareados empezaron a poblar un paisaje donde treinta años atrás dominaban las quintanas y casas con corredor tan típicas de las aldeas asturianas. Olivares, contrariamente a lo que pueda parecer, tiene más población, 3.059 vecinos, que dos de sus barrios fronterizos, La Ería (1.919 vecinos) y Las Campas (2.725) , donde los vecinos se concentran en edificios en altura. Los residentes de esta zona del oeste ovetense están mucho más dispersos, repartido mayoritariamente en casas unifamiliares y en las urbanizaciones. Los únicos edificios de pisos se sitúan en su límite sur, el entorno del pequeño parque Juan Mata.

La aldea a las afueras de Oviedo que fue Olivares ya aparece en referencias del año 1055, cuando se documenta su límite con Paniceres, zona del oeste de Oviedo en la falda del Naranco. No es la única huella documental. Otro texto del siglo XIII da fe del "camino que va de Olivares para Trobano", el espacio situado donde están ahora la Facultad de Medicina, la parte alta del antiguo Hospital General y la Escuela Oficial de Idiomas de Oviedo. Y existen alusiones a "los antiquísimos lugares de Truébano, Aspra y Olivares", recogidas por José Ramón Tolivar Faes en su obra "Nombres y cosas de las calles de Oviedo". El origen agrario del vecindario de Olivares aparece constatado documentalmente en los siglos XVIII y XIX. En 1787, mientras los Estados Unidos de América vivían sus primeros años de independencia de la Gran Bretaña, la gente de Olivares reclamaba a la ciudad de Oviedo "la reparación de la portilla en el Chamberí que baja a los Pilares y sitio de la Argañosa". Una inquietud reiterada casi un cuarto siglo después, en marzo de 1814, cuando "varios vecinos de Olivares piden que se repare la portilla llamada de la Argañosa para el resguardo de los frutos de aquellas erías".

El ADN rural de Olivares seguía plenamente vigente cuando las casas y quintanas dispersas en la ladera que cae del alto de Buenavista hasta Fuente de la Plata, en la carretera que conecta Oviedo con San Claudio, se convirtió en frente de batalla en la Guerra Civil. Tanta fue la amenaza en esta zona estratégica que varias familias, como por ejemplo la de Casa Gervasio, pusieron tierra de por medio, yéndose a otros concejos donde tenían vínculos. Del encarnizado fuego cruzado entre republicanos y nacionales quedan hoy , aunque ocultos por la maleza, nidos de ametralladoras catalogados por la Asociación para la Recuperación de la Arquitectura Militar en Asturias (ARAMA), que todavía hace un par de años seguía "descubriendo" vestigios que aún estaban sin registrar en esta zona.

Cuando la guerra pasó, las familias volvieron para recuperar una vida tranquila al cuidado de los huertos y las pequeñas explotaciones ganaderas para el autoconsumo, un paisaje que se mantuvo más de cuatro décadas. Por la zona, dispersas, estaban la casa de los Bolsones, la de La Campa, Casa Valero que antes había sido la Casa Rota, Casa Charo que era la única tienda de ultramarinos de todo Olivares y Casa El Jabonero, que recibía el nombre porque había existido una fábrica de jabones en la parte alta y más meridional de la aldea. Era cuando llegaba el tranvía hasta la finca de los Buylla, en pleno alto de Buenavista, y que dejó de funcionar ya entrada la segunda mitad de la década de los años cincuenta.

El tirón del tranvía, de la tienda y de los negocios que había en esa parte alta tuvo, seguramente, mucho que ver con que los vecinos de Olivares tuvieran siempre más relación con Buenavista que con la Argañosa, los barrios que en la segunda mitad del siglo XX pisaron a fondo el acelerador con la construcción de edificios donde antes eran casi todo praos, más arriba del Campo de Maniobras de Llamaquique. "Buenavista tenía mejor comunicación y más servicios", corrobora un antiguo vecino de la zona.

La mudanza de Olivares de aldea rural a futuro emplazamiento de urbanizaciones para viviendas unifamiliares y chalés se comenzó a gestar a finales de los años ochenta del siglo XX. Hubo incluso un PERI (Plan Especial de Reforma Interior) que no acabó cuajando porque el Ayuntamiento exigía unas contribuciones especiales para sufragar los costes de urbanización que la mayoría de vecinos no estaba por la labor de pagar. Al final, la metamorfosis de las caleyas rurales a los viales urbanizados del siglo XXI, que han acabado por vertebrar la zona, se financiaron a través del Fondo Estatal de Inversión Local. Y la faz de Olivares cambió definitivamente a partir de 2009, tras el primer arreón que habían supuesto los accesos al nuevo Carlos Tartiere.

Las urbanizaciones comenzaron a ganar terreno para desesperación de los carteros, que se las veían y deseaban para dar con los nuevos vecinos pues el nomenclator dependía del nombre de cada residencial. Una tarea engorrosa, también para los repartidores que debían realizar entregas en una zona dispersa. Los quebraderos de cabeza acabaron en 2018 tras una consulta entre los vecinos, de por medio, para elegir si los nombres de las calles se correspondían con topónimos de la zona o con los de futbolistas del Real Oviedo por su proximidad al nuevo Carlos Tartiere que, junto al Parque del Oeste, tanto influyeron en la nueva configuración de esa zona. La toponimia ganó por goleada en una votación telemática en la que participó algo más de un once por ciento del vecindario, que optó por nombres como La Cuesta, La Frialdad, Casa de la Morena, Casa Manín, La Reguera, El Monticu, La Quintana o El Pipón, todos ellos con el "de Olivares" como apellido. Lo que sigue sin llegar, reivindican algunos vecinos, es la iluminación navideña municipal.

La pandemia descubrió Olivares a muchos ovetenses que encontraron allí su espacio al aire libre para el paseo diario, a partir de esa fecha repuntó incluso la construcción de chalés, un incremento que refleja su radiografía demográfica. El padrón del Ayuntamiento de Oviedo, actualizado al pasado 31 de octubre, contabiliza 3.072 vecinos con una ligera tendencia al alza, ya que en marzo pasado había trece habitantes menos. Por sexos, ligera mayoría femenina: 1.608 mujeres y 1.464 hombres. La población jubilada, de mayores de 65 años, 750 personas, casi dobla a la de los menores de 19 años, 433 habitantes, rompiendo la tendencia que se da en los barrios limítrofes de Las Campas y La Florida, donde hay más menores. Y el desequilibrio intergeneracional todavía crecerá más pues el grupo más numeroso es el de los vecinos con edades comprendidas entre los 60 y los 64 años, que suman 750 habitantes. Es decir, uno de cada cuatro vecinos de Olivares está próximo a la edad de jubilación.

La llegada de población inmigrante, un total de 251 ciudadanos de 37 nacionalidades, se sitúa más de dos puntos y medio por debajo del 10,8 por ciento del conjunto de Oviedo. La comunidad extranjera más numerosa es la ucraniana, con 57 habitantes, por delante de la colombiana (23 personas) y de las procedentes de Perú y Mali (ambas con 19 nacionales).

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