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Alberto Ámez, artista, expone "In Arcadia" en el Museo de Bellas Artes de Asturias: "El arte es un juego para olvidar lo inevitable, que es la muerte"

El gijonés, en estado de gracia en su última exposición, se reconoce parte de una corriente impregnada de misticismo junto a pintores como Chechu Álava, Breza Cecchini y Juan Fernández Álava

Alberto Ámez, en su estudio de San Miguel de Arroes, en Villaviciosa.    | JUAN PLAZA

Alberto Ámez, en su estudio de San Miguel de Arroes, en Villaviciosa. | JUAN PLAZA

Elena Fernández-Pello

Elena Fernández-Pello

Oviedo

A Alberto Ámez (Gijón, 1963) se le suele presentar como artista, pintor, licenciado en Bellas Artes por la Universidad Complutense, profesor de instituto en Gijón durante años, ganador del Certamen Nacional de Arte de Luarca, y se le pueden seguir añadiendo méritos, premios -como el Nicanor Piñole–, exposiciones, individuales, colectivas, en Asturias y fuera de Asturias, pero, para hacerse una mejor idea de quien es, mejor habla de él como de un hacedor de mundos. "Bello mundo" se titulaba la exposición que, a finales de 2020 inauguró en Oviedo, en la galería Arancha Osoro, y "In Arcadia" se titula la que, comisariada por Juan Llano Borbolla, se puede visitar hasta el 1 de marzo de 2026 en el Museo de Bellas Artes de Asturias y que, con su fuerza expresiva y evocadora, lo consagra como uno de grandes pintores asturianos contemporáneos. Sobre el camino que ha transitado hasta llegar a su particular Arcadia como artista, ha conversado con LA NUEVA ESPAÑA.

El punto de partida. "El origen de ‘In Arcadia’ está en la tradición de la pintura europea, clásica y tradicional, y en el paisaje del norte. Clásicos son los maestros antiguos, El Prado, el barroco, el neoromanticismo, el XIX y el XX, la pintura costumbrista, de paisaje… Tradición es lo que empezó en el trecento, al principio del renacimiento y que llega a las vanguardias. La mía es pintura figurativa narrativa, contemporánea, pero puede alimentarse de referencias de distintas épocas. Esas son las coordenadas de esta pintura, que apunta a lo espiritual. Puedo ir caminando, escoger senderos diferentes, siempre que mantenga la conciencia de lo que voy haciendo. Es una pintura tradicional en la presentación: el cuadro está tratado como objeto estético y hay un ritual en su contemplación".

La huida y el refugio. "El arte es un rito mundano, un camino de iniciación, hay algo de misticismo. El arte es un juego con la muerte, para olvidar lo inevitable, que es la muerte. Los cuadros de ‘In Arcadia’ funcionan como un refugio y un consuelo, por eso a veces aparecen capillas rurales. Hay un armazón espiritual, de refugio del mundo, de la ciudad. De ahí lo de ir al campo, a la campiña y a personajes míticos: la ninfa, el pastor, el corderito… ‘In Arcadia’ hace hincapié en ese concepto que tiene más de 20 siglos, de que la cultura urbana nos despoja de los valores de nuestro ser primarios". "Llega un fin de semana o un puente y la gente escapa. Cuando escapas, escapas de algo que no está bien. Da que pensar…".

El tiempo suspendido. "Primero es la ejecución y luego el concepto. Como en el flamenco, uno se arranca y no piensa en las coordenadas conceptuales. Pintar es como un trance, como cuando pasas del sueño a la vigilia: el tiempo funciona de una manera diferente, se desconecta el reloj de la cabeza. Es otro mundo. Hay un cuadro en el Prado, ‘El paso de la laguna Estigia’ de Patinir, que las almas cruzan después de la muerte. Esa laguna conecta la vigilia y el sueño. Eso lo investigaron los surrealistas. El arte sigue una razón poética. Lo que decía María Zambrano, que había una razón poética y una razón práctica. Hace unos años yo hacía una pintura demasiado sofisticada, pero eso me frenaba. Estaba atascado, hice un clic y me dije: ‘No puedo seguir así, voy a pintar lo que sea’. El arte bueno está conectado con su entorno, no es una serie de trucos".

La vía secreta. "Todo está ahí, el acervo de cosas, lo que observo, lo que veo, lo que he leído. Cuando te pones a trabajar aparece una vía secreta. Una de los misterios de la pintura es por qué un cuadro es bueno o no lo es, y porque pintamos unas cosas y no otras. Hay una resonancia de impulso, de matiz espiritualista. Chechu Álava, Breza Cecchini, Juan Fernández Álava se inclinan a esa vertiente y es, no digo inevitable, pero, con el mundo que vivimos, tan dominado por lo tecnocrático, sí una compensación. La angustia, el vacío... Los libros de autoayuda no acaban de resolverlo. Volver al sistema anterior no es posible. Lo que manda es lo anglosajón, aquí estamos atravesados por esa civilización, que tiene cosas maravillosas, pero tanto materialismo… Para optimizar beneficios aceleran los vídeos, los adolescentes se ha acostumbrado a ver los vídeos acelerados y si les hablas a la velocidad normal se aburren, pero se olvidan de todo, porque no tiene capacidad para asimilar tanta información, y en clase no prestan atención".

El camino. "Hace siete, diez años que me di cuenta de que debía encontrar mi camino. Ahora tengo una mirada más lenta. La obra, la pintura no puede apoyarse solo en la destreza técnica, que puede ser llamativa, tiene que haber una conexión con algo más. Eso es lo que hace el artista: lanza una emoción al espectador y algo de esa mirada por un canal misterioso alcanza al que mira. El arte de unos años para acá es incomprensible para mucho público, críptico o chocante. La educación artística, bastante pobre, no llega".

La naturaleza. "Trabajo en un espacio no muy grande, normal, no tengo mucho sitio. Tengo pared, no ventanas, pero en cuanto franqueo la puerta veo árboles, arbustos, vegetación y prao. En el campo ves el tiempo meteorológico, salidas de sol, puestas, atardeceres, la lluvia, un sonido, la luz más natural. Si viviera en la ciudad iría de senderismo, pero trabajar aquí me ayuda. Si tienes claro lo que quieres pintar el sitio no importa. Necesitas unos materiales, un oficio".

El esfuerzo y la recompensa. "Hay mucha gente que es indiferente al arte, la indiferencia nace de no entender. Decía Alejandro Mieres que tampoco todo el mundo entiende el alemán. Las artes plásticas requieren un poco de trabajo para adentrarte e iniciarte. Lo mismo con la música, has escuchado, ¿pero has interpretado todo lo que hay en esa sinfonía? No, porque no has hecho un curso de iniciación o no has escuchado un podcast sobre arte. Es como tomar el sol, un poquitín bien… Demasiado de cualquier cosa es demasiado y hay manifestaciones del arte más complicadas. El cómic también es arte, y hay tanta diversidad que puede causar perplejidad si no lo pones en contexto. No hay fórmula, no hay receta". "Una de las cosas que quiero con mi pintura es reconfortar al espectador, no quiero plantearle problemas ni acertijos ni paradojas, ni entristecerle. Un poco de melancolía sí, pero solo un poco y por el placer que da deslizarse en la melancolía".

La puerta a la Arcadia. "La pintura abre mundos. Voy sin estridencias, templado; no voy por la espectacularidad, porque el impacto es grande pero efímero. Voy a algo duradero. Reconfortar es una opción, pero no hay fórmula, hay un salto en el vacío. Lo que esperas es que el duende se manifieste, te ayude, y ayudar y ser generoso, íntegro y no hacer trampas al espectador y dárselas de ingeniosos. El ingenio es enemigo del arte bueno, está bien para los sudokus o los jeroglíficos, pero el arte no se complica tanto. El buen arte no es ingenioso, eso lo ves en cuadros y pinturas antiguas; hacen cosas diferentes, pero lo que buscamos es un momento de claridad de la conciencia, de sanación. Es una iluminación y no se llega a ella por el esfuerzo, dice Zambrano".

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