Oviedo a pie de calle, el álbum de Olivares: "El Toti" necesitaba arena de playa para no patinar con las heladas
Los vecinos más veteranos recuerdan el tranvía que unía el alto de Buenavista con Colloto y las triquiñuelas para no pagar

Oviedo a pie de calle: el álbum de Olivares / LNE
La memoria de los vecinos de Olivares da mucho más de sí que los álbumes de fotos cuando era necesario revelarlas y era una acción muy esporádica, casi reservada a las fiestas de guardar. De aquellos años de mitad del siglo quedó grabado en los recuerdos de los entonces jóvenes el tranvía que salía del alto de Buenavista, punto elegido por la niñería y la juventud de Olivares para llegar nada menos que hasta Colloto, con paradas intermedias para hacer los necesarios cambios en puntos clave de aquel Oviedo como, por ejemplo, la plaza de Toros o la plaza de América, entre otras, gran parte de ellas en calles del centro de la ciudad.
Aquel tranvía que llegaba a la zona alta de Oviedo, coronando Buenavista fue bautizado por la gente como "El Toti". ¿A qué se debía ese nombre? Pues, según cuenta un crío de la época, que solía ir en el tope del tranvía para ahorrarse el importe del billete, era el mote de un conocido "maletilla" de entonces, de Colloto, que solía subir hasta la plaza de Toros, hoy totalmente en ruinas en espera de una reutilización que, de paso, contribuya a dinamizar una zona que primero perdió ese recinto y después el motor de actividad que era el complejo del viejo HUCA. En cada tranvía iban dos empleados, el conductor y el cobrador, que no vacilaba en tirar "puñados de arena" a la osada chavalería que iba en los topes para escaquearse del pago. Aquel crío de entonces, no duda ahora en justificar el empeño del cobrador: "Le iba en ello el sueldo", reconoce. ¿Y por qué tenía a mano la arena el currante del tranvía? La respuesta despeja las dudas. "En los días de helada", que abundaban en aquellos otoños e inviernos mucho más duros y crueles en cuanto a temperaturas medias que los actuales, "había que echar arena para que el tranvía no patinara sobre los raíles". El vehículo daba la vuelta al llegar al alto de Buenavista, en la curva que hay en la zona de la finca de los Buylla, donde hoy se conserva un paredón, pasada La Gruta (hoy residencia estudiantil) y el desguace que había en sus inmediaciones.
El antiguo Olivares de casas con antojana, corredor y quintanas era un cruce de caleyas por donde no pasaban siquiera los coches, si acaso la moto de algún osado y, eso sí, los carros de bueyes . "Había uno muy ruidoso, era necesario frenarlo con barras de madera que iban a la corona de la rueda porque si iba muy cargado podía llevarse a los bueyes por delante", detalla el guaje de entonces que, con el paso de los años fue concejal de la corporación municipal. Olivares tenía de aquella dos caminos de acceso: uno a la altura de la confluencia de Fuertes Acevedo con Julián Clavería, la calle que da acceso a la Facultad de Medicina que sería construida a principios de los setenta, hace ahora cincuenta años; el otro, más arriba, en el alto de Buenavista, a través de una cuesta muy pronunciada.
Era la aldea donde todos se conocían por el nombre de la casa en la que vivía. Una que todavía mantiene su estructura de antaño es la Casa Valero, una construcción de varios pisos que fue propiedad de un conocido policía que rehabilitó la que antes era conocida como la casa rota, por su mal estado original. Pero el policía, que solía trabajar en el turno de noche y era persona muy religiosa, acometió una mejora importante para alquilar la casa por habitaciones a varias familias, hasta cinco o seis. "Era muy buen paisano, a veces recogía a gente que no tenía a dónde ir , no les cobraba o solo lo que buenamente podían". Aquel Olivares rural y familiar, donde "Mari la practicanta" trajo al mundo a multitud de niñas y niños porque también era comadrona, ya quedó muy atrás en el tiempo. Tanto, que el nuevo vecindario se alarma cuando los jabalíes hacen alguna incursión o, como ocurrió en 2016, cuando una yegua se despista con su cría y cruza por la calle Catedrático Adolfo Álvarez Buylla para acabar en el arboreto, encima de las pistas municipales de tenis. Ya no hay carros de bueyes, pero sí los coches que circulan de paso a La Florida, para salir hacia la ronda exterior, por Montecerrao o La Gruta o que aparcan los días de partido en improvisados estacionamientos en los márgenes de una zona que ha dado un giro de 180 grados a lo que un día fue su rutina.
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