La larga espera por los terrenos del viejo HUCA en Oviedo: once años de proyectos varados para llenar el gran vacío de El Cristo
Los 230.000 metros cuadrados abandonados por el cierre del viejo HUCA siguen atrapados entre planes, retrasos y falta de acuerdos

FOTO: Mario Canteli
El del viejo HUCA no es un solar cualquiera ni un problema menor que pueda despacharse con soluciones provisionales o anuncios a medio gas. Ocupa cerca de 230.000 metros cuadrados, una extensión equivalente a más de treinta campos de fútbol, en una de las zonas más estratégicas del casco urbano de Oviedo. Pocas piezas de ciudad concentran tanto potencial y, al mismo tiempo, tanta frustración acumulada. Once años después del traslado del hospital a La Cadellada, este enorme vacío urbano sigue siendo un territorio sin resolver, un espacio suspendido entre promesas, anuncios solemnes y rectificaciones que nunca terminan de traducirse en una transformación real.
La fotografía actual del Cristo es la de un lugar detenido en el tiempo, pero que se degrada cada día un poco más. Edificios vacíos, muchos de ellos reducidos ya a esqueletos por el pillaje sistemático, vallas improvisadas, solares cubiertos de maleza y una sensación de abandono que se extiende más allá del perímetro hospitalario. Lo que debía ser una de las grandes operaciones de regeneración urbana de la ciudad se ha convertido, con el paso de los años, en un símbolo de parálisis administrativa y desgaste institucional.
El reparto de responsabilidades explica buena parte del problema. El Principado de Asturias es el principal propietario del suelo; la Tesorería General de la Seguridad Social conserva edificios clave; el Ayuntamiento ostenta la competencia urbanística; y la Universidad de Oviedo aparece como uno de los grandes motores del nuevo relato. Sin embargo, esa pluralidad de actores no ha venido acompañada de una dirección política clara ni de una hoja de ruta compartida. Cada administración mueve su ficha con cautela, cuando no con recelo, y el resultado es un puzle en el que las piezas avanzan de forma desacompasada.
El proyecto universitario es hoy el eje sobre el que giran buena parte de las expectativas. La Universidad de Oviedo ha presentado un plan para invertir 102 millones de euros y trasladar en varias fases, hasta 2031, las facultades de Ciencias, Profesorado e Informática a los antiguos edificios de Maternidad, Silicosis y Consultas Externas, cedidos por la Seguridad Social. Sobre el papel, la operación permitiría aliviar la saturación de Llamaquique y avanzar hacia un campus más concentrado. En la práctica, el proyecto arrastra una debilidad estructural: la falta de financiación garantizada.
Sin presupuesto
Más allá del anteproyecto y de los plazos teóricos, no existen compromisos económicos firmes por parte del Principado. En los presupuestos autonómicos solo figuran 150.000 euros, destinados a encargar el plan especial que debe ordenar todo el ámbito del viejo HUCA. Es una cantidad simbólica si se compara con la magnitud de la actuación y que evidencia que, a día de hoy, el proyecto universitario sigue siendo más una intención estratégica que una obra con calendario cerrado.
Ese plan especial es, precisamente, la pieza clave para desbloquear el conjunto. Sin él no se pueden definir usos definitivos, ni calcular aprovechamientos urbanísticos, ni otorgar licencias con seguridad jurídica. Su tramitación exige, además, una coordinación estrecha entre Principado, Ayuntamiento y Seguridad Social, un entendimiento que, hasta ahora, ha sido deficiente. El Ayuntamiento se muestra dispuesto a agilizar permisos y a conceder licencias provisionales para las facultades, pero denuncia una preocupante falta de interlocución técnica con el Gobierno regional.
Mientras el planeamiento avanza a trompicones, los derribos, que se anunciaron como el primer gran gesto para cambiar el rumbo del Cristo, siguen encallados. El contrato adjudicado a la empresa Hercal para demoler el antiguo Hospital General y varios edificios auxiliares quedó paralizado el pasado verano tras ejecutarse apenas 420.000 euros de los 4,3 millones previstos. El hallazgo de daños estructurales en los conocidos como «hongos» y la imposibilidad de avanzar sin trasladar antes el Centro Comunitario de Sangre y Tejidos obligaron a detener las máquinas.
El giro de los hongos
La decisión de derribar finalmente los hongos supone uno de los giros más significativos de este proceso. Durante años se defendió su singularidad arquitectónica y se anunció su conversión en un vivero de empresas innovadoras. Hoy, los informes técnicos certifican que su deterioro es mayor del previsto y que no procede su conservación. El Principado admite, además, que ni siquiera tiene definida la fórmula administrativa para abordar esa demolición: si mediante una modificación del contrato existente o a través de una nueva licitación. Un nuevo foco de incertidumbre que alarga los plazos.
El Centro Comunitario de Sangre y Tejidos se ha convertido, entretanto, en uno de los principales cuellos de botella. Su traslado al Centro Tecnológico de Llanera depende de unas obras de tres millones de euros, con un plazo de ejecución de diez meses, que previsiblemente comenzarán en enero. Hasta que esa mudanza no se materialice, su permanencia en el viejo HUCA condiciona cualquier avance relevante. Aunque ahora el consejero de Hacienda, Guillermo Peláez, abre la puerta a retomar los derribos en verano y compatibilizarlos durante tres meses con la actividad del centro, el calendario sigue siendo frágil y está sujeto a demasiadas variables.
Las dos grandes incógnitas
A este escenario se suman los edificios que aún son propiedad de la Seguridad Social y para los que no existe una solución definida. La antigua Residencia y el edificio de Rehabilitación siguen siendo grandes incógnitas. Su tamaño y su peso dentro del ámbito los convierten en piezas clave, pero su futuro está supeditado al plan especial y a una negociación compleja sobre valor, usos y costes de demolición. Tirar abajo la Residencia podría costar entre ocho y diez millones de euros, una cifra que condiciona cualquier acuerdo.
No es la primera vez que el viejo HUCA protagoniza un gran anuncio de futuro que acaba frustrado. En 2018, el ambicioso proyecto HUCAMP estuvo a punto de salir adelante con un planeamiento avanzado que apostaba por un gran campus universitario de nueva planta. El acuerdo se vino abajo tras el desmarque del Ministerio del Interior y de la Tesorería de la Seguridad Social, que cuestionaron los aprovechamientos urbanísticos pactados. Aquella ruptura dejó el ámbito en punto muerto y convirtió el HUCAMP en un precedente incómodo que todavía pesa sobre las decisiones actuales.
Desde aquel fracaso, el enfoque ha cambiado. Donde antes hubo un dibujo global —fallido, pero coherente— ahora hay una suma de actuaciones parciales que avanzan sin una visión de conjunto clara. Derribos sin calendario, edificios cedidos sin financiación asegurada, servicios que siguen operando en instalaciones obsoletas y proyectos que dependen unos de otros forman hoy un entramado difícil de descifrar incluso para los actores implicados.
La plaza de toros es un buen ejemplo de esa fragmentación. Propiedad del Ayuntamiento, el coso de Buenavista lleva cerrado desde 2007 y su rehabilitación avanza entre dificultades técnicas y exigencias de Patrimonio. El alcalde, Alfredo Canteli, quiere convertirlo en un espacio multiusos con capacidad para 9.000 espectadores, pero el proyecto todavía no ha conseguido despejar todos los obstáculos. Mientras tanto, el edificio suma años de deterioro.
Otro caso paradigmático es el de la lavandería del Cristo. Durante meses se anunció su traslado a Langreo, a los terrenos de Nitrastur, con una inversión de unos 12 millones de euros y la creación de 200 empleos. Sin embargo, la reciente licitación de un contrato de 178.000 euros para reforzar el suministro eléctrico de la instalación actual evidencia que ese traslado no es inminente. Se sigue invirtiendo en mantener servicios en un recinto que, sobre el papel, debería estar en pleno proceso de desmantelamiento.
La degradación del espacio incrementa la desesperanza de los vecinos
Todo este cúmulo de retrasos y contradicciones se produce en un clima de creciente desesperanza vecinal. Los residentes del Cristo y Buenavista asisten año tras año a una degradación progresiva de su entorno, con edificios vacíos convertidos en focos de suciedad, inseguridad y vandalismo. El pillaje ha dejado muchos inmuebles en un estado que pone en duda incluso su viabilidad para una futura rehabilitación y obliga a replantear decisiones que hace solo unos años parecían asumidas. Los anuncios se suceden, pero las obras no llegan, y cada nuevo calendario incumplido refuerza la sensación de abandono institucional. La desconfianza se ha instalado de forma permanente y condiciona ya cualquier promesa de futuro.
El viejo HUCA se ha convertido así en un puzle interminable, formado por piezas que no terminan de encajar porque falta la imagen completa que las ordene. Sin una planificación integral, sin financiación clara y sin una dirección política capaz de coordinar a todos los actores implicados, el riesgo es evidente: que el Cristo siga acumulando proyectos sobre el papel mientras la realidad del barrio continúa deteriorándose y perdiendo oportunidades.
Once años después del cierre del hospital, y con una enorme mancha de suelo bloqueada, el margen para nuevos errores es cada vez menor. La experiencia del proyecto HUCAMP de 2018 parece servir de advertencia, no como un recuerdo incómodo, sino como una lección pendiente y cada vez son más voces las que recuerdan que Oviedo no puede permitirse otro gran plan fallido ni otra década perdida. Lo contrario amenaza con cuestionar la credibilidad de las instituciones para transformar, con hechos y no solo con anuncios, uno de los espacios más estratégicos de la ciudad. n
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