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Ciudad secreta

La vocación tardía de Juan Díaz que le llevó de Bolivia a Oviedo: "Mi planteamiento es responder a la necesidad allí donde pueda ser útil"

El sacerdote, que se encarga del rastrillo navideño en los Carmelitas, decidió dedicarse a la vida religiosa cuando regresó del servicio militar y ejerció de misionero en la República Centroafricana durante la guerra

Juan Díaz en el convento de Los Carmelitas.

Juan Díaz en el convento de Los Carmelitas. / Mario Canteli / LNE

Cada diciembre, el rastrillo de Navidad de los Carmelitas en Oviedo se convierte en punto de encuentro solidario para cientos de personas. Al frente de su organización está Juan Díaz Quintana (Sucre, Bolivia, 1969), religioso carmelita destinado en la ciudad desde hace casi un cuarto de siglo. En enero se cumplirán 25 años de su llegada a Oviedo, una etapa marcada por una trayectoria vital que nunca imaginó: dedicar su vida a la religión tras descubrir su vocación durante el servicio militar, cuando tuvo "tiempo para reflexionar" y, en la primera confesión de su vida, con 20 años, preguntó qué debía hacer para formar parte de la Iglesia. Desde entonces ha ejercido en tres continentes distintos y mantiene un propósito invariable: "ayudar a mis compañeros en las tareas que me encomienden".

Primogénito de una familia de cuatro hermanos, creció en un hogar "sencillo", marcado por el trabajo y el esfuerzo. Hijo de Avelino Díaz y de Estefanía Quintana, perdió a su padre a una edad temprana, lo que obligó a su madre a sacar adelante sola a la familia. Avelino se dedicaba a la agricultura y al comercio, actividades que lo llevaban a viajar con frecuencia, mientras que Estefanía se ocupaba del cuidado de los hijos y de la vida doméstica. Tras la muerte del padre, el apoyo de un tío paterno y de su familia resultó fundamental, especialmente para él, como hermano mayor y único varón.

Antes de terminar la secundaria, se alistó voluntariamente en el servicio militar, con solo 17 años. Aquel año en la mili, lejos de suponer una pérdida de tiempo, como a menudo se decía entre los jóvenes, se convirtió para él en un "periodo decisivo de reflexión personal". Durante ese tiempo recibió catequesis de confirmación y despertó en él una primera inquietud por la vida religiosa, pese a no haber sido especialmente creyente en su juventud.

Durante el servicio militar llegó a aceptar una oferta de trabajo con comunidades menonitas asentadas en la Amazonía boliviana. Atraído por el espíritu aventurero propio de la juventud, valoró la posibilidad de integrarse temporalmente en estos grupos de origen extranjero —mayoritariamente de raíces europeas— dedicados a la agricultura, la ganadería y la producción de leche y queso. Finalmente, aquella opción quedó solo como una tentación juvenil. Regresó a casa y decidió concluir el último año de colegio que le restaba.

La entrada en la Iglesia

De manera casual, una amiga del colegio lo invitó a entrar en la iglesia y, sin más explicaciones, le sugirió confesarse. Hasta entonces nunca lo había hecho y desconocía incluso en qué consistía; simplemente pensaba: "¿qué mal he hecho?". Movido más por el deseo de complacerla que por convicción, accedió a sentarse frente al cura. Sin saber cómo empezar ni qué decir, en un momento que, a día de hoy, sigue sin explicarse, terminó preguntándole qué debía hacer para ser sacerdote. Aquella confesión improvisada sorprendió al sacerdote, que decidió invitarle a reunirse con él los domingos y a integrarse en un grupo parroquial.

Unos meses después, los frailes carmelitas le invitaron a participar en una convivencia. La experiencia le permitió conocer de cerca la vida religiosa y, al final, tuvo que enfrentarse a un cuestionario que le obligaba a tomar una decisión sobre su futuro. Reflexionó durante toda la noche "con su propia sombra" y, sin consultar con nadie de su entorno, respondió afirmativamente. Decidió guardarlo como un secreto hasta que, llegada la fecha, comunicó en casa que se marchaba a Cochabamba, ciudad del centro de Bolivia donde se encontraba el monasterio, con un billete de autobús ya comprado.

Lo que más le costó al principio fue "adaptarse a la disciplina religiosa", pero poco a poco se acostumbró. Desarrolló su formación en Cochabamba, con tres años de filosofía —incluido el propedéutico— y cuatro de teología. Tras completar este proceso, realizó la profesión perpetua y fue ordenado diácono en abril de 1999. Un año después, el 15 de octubre de 2000, recibió la ordenación sacerdotal. Concluida esta etapa, fue destinado a su primer encargo pastoral en La Paz, donde atendía a más de cincuenta mil feligreses.

En una visita, el superior provincial le propuso ampliar estudios en España. Entre 2001 y 2002 cursó formación en espiritualidad carmelitana en el Centro Internacional Teresiano-Sanjuanista de Ávila y posteriormente continuó su especialización en Burgos. En 2003 regresó a Bolivia para retomar su labor pastoral en La Paz. De su primera estancia en España recuerda especialmente el contraste en el ritmo de vida, mucho más acelerado que en su país de origen, aunque asegura que la lengua común "facilitó" la adaptación.

Llegada a Oviedo

Después de casi dos décadas en La Paz, su traslado a Oviedo se produjo en 2020, aunque la pandemia retrasó los trámites y no pudo incorporarse hasta enero de 2021. De su llegada a Asturias recuerda sobre todo el "contraste climático y paisajístico" con otras zonas de España donde había residido.

Con el deseo de "vivir una experiencia distinta al trabajo parroquial", solicitó a sus superiores un destino diferente, que finalmente se concretó en Centroáfrica. Tras barajar otras opciones, como Irak o Lituania, fue enviado a este país africano, donde los carmelitas dependen de la provincia italiana de Génova. Antes de partir tuvo que realizar un curso intensivo de francés en una academia de idiomas de Oviedo. Estuvo dos meses y logró "defenderse".

La crudeza de la guerra

Una de las experiencias más duras la vivió en 2022, cuando una mina explotó al paso de una camioneta en la que viajaban compañeros suyos hacia una comunidad. El superior de la misión, que conducía el vehículo, perdió el pie izquierdo. "Era horrible de ver; lo más duro fue acompañar a un hermano toda la noche, vendado, sin medicamentos, viéndolo sufrir", recuerda.

Tras ser evacuado por los cascos azules en un helicóptero gestionado por la embajada italiana, fue trasladado primero a la capital, después a Uganda y finalmente a Italia, donde pudo ser atendido por especialistas. "Pensar que yo podía haber estado allí también te marca para siempre", concluye.

De vuelta a Oviedo desde septiembre de 2023, tras su experiencia misionera en África, afronta el presente con "serenidad" y "compromiso pastoral". Integrado de nuevo en la comunidad carmelita, desarrolla su labor en la parroquia junto a un pequeño grupo misionero de voluntarios con los que impulsa iniciativas solidarias como los mercadillos de diciembre. Valora especialmente la "implicación" de la gente.

"Mi planteamiento es muy sencillo: responder a la necesidad allí donde pueda ser útil. Donde los superiores consideren que hace falta, con disponibilidad total. No tengo ambiciones personales; mi intención es estar en manos de la comunidad y de la orden, al servicio de lo que se necesite", concluye, restando importancia a cualquier pretensión de futuro.

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