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Julio Rodríguez, escritor, publica "Señales para futuros arqueólogos": "La tecnología es el amo sin rostro de nuestros tiempos"

El autor asturiano (Oviedo, 1971) llega con nuevo poemario, premio «Alegría". "El humanismo", dice, "es el único virus que podemos inocularle al sistema"

Julio Rodríguez con su nuevo poemario. | LNE

Julio Rodríguez con su nuevo poemario. | LNE

Lauren García

Lauren García

Oviedo

Desde una sencillez emotiva, nada fácil de lograr, en el verso que le caracteriza, Julio Rodríguez se alzó con el premio Alegría, con su obra "Señales para futuros arqueólogos". Todo un desplante a la tecnología como sustitución de la pura vida para pasar a un estado alienado y corrosivo. En las siguientes páginas se vuelca en defensa del amor, el humanismo, la poesía, los seres queridos.... Y en la última parte toma protagonismo la muerte, a la que aplica su ironía distante frente al hierro de lo inexorable. Un libro que, como sus predecesores, ofrece vitamina y ternura.

Un premio de prestigio y vuelta a la actualidad poética, ¿ya es un coleccionista de ellos?

No. Si los coleccionara tendría que ordenarlos, lo que ya sería una derrota. Eso se lo dejo a mi hermana Mónica, que es la verdadera escritora de la familia (y, con diferencia, la más premiada). Pero me gustan los premios: son algo así como accidentes felices. Los que he ganado hasta ahora me han permitido colarme sin pedir permiso ni llamar mucho la atención en las mejores editoriales de poesía. Vienen, además, acompañados de cierto prestigio, como bien dice, y, por qué no decirlo, de algo de dinero, que nunca está de más. Por si fuera poco, gracias a este último, la palabra "Alegría" luce ya en mi currículum literario como un rayo en una tormenta. ¿Qué más se puede pedir?

Trata en el libro el consumismo y subraya que el sistema crea esclavos agradecidos

Cada vez más y con una eficacia notable. El sistema actual no produce esclavos en el sentido clásico, sino ciudadanos convencidos de su libertad que en realidad no hacen otra cosa que seguir los dictados del algoritmo. Y cuando digo "hacen" quiero decir "hacemos". Es una forma más sofisticada de dominación, la nueva profecía autocumplida: nos dicen lo que queremos, lo que necesitamos, e incluso lo que somos. Y es en eso en lo que nos acabamos convirtiendo. Hay que reconocer que se lo han montado de cine.

Critica la dependencia tecnológica y sus leyes propias e internas que tilda de injustas...

La tecnología es el amo sin rostro de nuestros tiempos. ¿Para qué usar el látigo, pudiendo flagelarte con el refuerzo intermitente de las notificaciones? Podría extender el argumento, pero me acaba de llegar un WhatsApp...

¿Cómo ha sido abordar grandes temas literarios con el lenguaje de la tecnología?

Resulta un reto divertido unir ambos mundos: el de la poesía y su supuesta pompa (esperemos que no fúnebre), y el de la modernidad tecnológica, con su léxico impostado y esos anglicismos de luz blanca, tan luminosos como fríos. No es nada nuevo, la literatura siempre ha ido generando, consciente o inconscientemente, el retrato de una época. En mi caso, la premisa para no perder el tono poético ni caer en la anécdota fue no excederme en su uso e intentar hablar de aquello que dentro de algún tiempo pueda seguir siendo reconocible, algo cada vez más difícil en estos tiempos acelerados.

Llega a hablar de muerte digital, ¿Con la inteligencia artificial y demás adelantos no es descartable?

Esa muerte digital, ese "colapso" que hasta hace no demasiado tiempo yo veía como una catástrofe, hoy lo imagino como una oportunidad, casi como una liberación. Volver a trabajar con las manos, a hacer fuego, a conversar lentamente, a acariciarse… Fíjese que yo, inútil para casi todo eso, empiezo a verlo más que deseable.

Más adelante el poemario se vuelca en una defensa del humanismo, la poesía, los seres queridos, la naturaleza...

La naturaleza, la poesía, los afectos no son una huida (ni siquiera hacia adelante), sino una forma de resistencia. Y, en ese contexto, el humanismo es el único virus que podemos inocularle al sistema, así que, por mi parte, que no quede.

En la última parte toma protagonismo la muerte, irremisiblemente y también con una ironía distante que le quita hierro.

Más allá de su ocasional papel protagonista, la muerte es una actriz secundaria que siempre está ahí, al fondo del plano, dispuesta a cambiar (o adelantar) el final de la historia al menor descuido. Utilizo el humor para asumirla y naturalizarla, a pesar de que no hay nada más natural. Y en este caso la ironía me permite plantarle cara, pero mirándola de reojo, no vaya a ser que se piense que la función ha terminado. Así las cosas, le regalaré un titular: Me río de la muerte, pero no mucho.

¿Su personaje el gran Pirelli retornará pronto a las librerías?

Pues eso dicen las malas lenguas, que suelen estar bien informadas. Pirelli es así: aparece cuando nadie le llama. Si nada se tuerce (cosa nada descartable hablando de quien hablamos), en marzo estará disponible la segunda entrega de su (ya podemos llamarla así) inefable saga. Esta vez le ha dado por reunir a una banda de lo más particular para atracar un museo. Y luego un furgón blindado. Y luego un casino… Una especie de Ocean’s Eleven de bajo presupuesto, con Pirelli en vez de George Clooney y Maguiver en vez de Brad Pitt. Y con un diamante maldito de por medio. ¡Qué podría salir mal!

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