Cierra en Oviedo el último quiosco del Campillín: "Esta zona fue el Bronx en su época; había paisanas que cruzaban en taxi"
"Fue fundado por mi suegro, Octavio, en 1982. El nombre lo eligió mi mujer. Yo venía de trabajar en los bares, en concreto en la cafetería San Remo, donde estuve cinco años. Me hice cargo del negocio en 1987"

VÍDEO: Amor Domínguez

Cuando el amanecer agita las ramas del Campillín, en la calle Padre Suárez abre el quiosco El Trópico: un vergel de chucherías, snacks y prensa. Ahora, su propietario, Juan Carlos Salguero, se dispone a cerrar el negocio entre la calma, la reflexión y la nostalgia. Un clásico de los quioscos de Oviedo, de los que atesoran multitud de historias y toda una mitología propia. Salguero ha sido testigo del tránsito y la mutación estudiantil y vecinal. El Trópico ha sido, durante décadas, una nota más del paisaje urbano.
Juan Carlos Salguero resume así los inicios del quiosco: "Fue fundado por mi suegro, Octavio, en 1982. El nombre lo eligió mi mujer. Yo venía de trabajar en los bares, en concreto en la cafetería San Remo, donde estuve cinco años. Me hice cargo del negocio en 1987".
Conocido en el barrio como Linos, el nuevo quiosquero dejaba atrás las jornadas maratonianas de la hostelería y recuerda así sus primeras impresiones: "Cuando entré no tenía muchas perspectivas ni trabajos estables. En el 87 estaba el colegio Santo Domingo, clave para el funcionamiento del quiosco, también el Hispania, y venía mucha gente de las Escuelas Blancas. Los sábados acudía gente de las Cuencas, porque cerraba muy tarde; era una nube de personal. A las once concluía la jornada".
La clientela siempre le fue fiel y convirtió el establecimiento en punto de encuentro: "Venía mucha gente de las piscinas de San Lázaro y también de paso desde Pumarín o Ventanielles. En el colegio siempre caí bien y me llevé bien con los chavales. Era un sitio de reunión, con diez o quince estudiantes. En los recreos había empujones para comprar bollería. Empecé con mucha ilusión, a los 25 años; no la he perdido, pero con esa edad te comes el mundo".
Uno de los cambios más evidentes ha sido la desaparición progresiva de los quioscos en los últimos años. "Antes, con un negocio, sabías que durabas y funcionabas. Cuando empecé no había supermercados, pero sí muchos quioscos, y todos trabajaban bien", afirma Salguero.
El trato con los chavales fue siempre distendido y cercano, aunque también hubo momentos difíciles: "En general, eran buena gente, con alguna rara excepción. Me tocó la época más dura del Campillín, con droga, mujeres de la calle y mucha mafia. Eran otros tiempos, pero te podías defender mejor que ahora".
El anecdotario de El Trópico es tan amplio como su oferta: "Antes se vendían montones de revistas y periódicos, pese a la competencia. Las gominolas se siguen vendiendo, aunque han cambiado de sabor. Vendía muchos frutos secos. Abría todos los días de la semana; hasta comía aquí. Tuve anécdotas con todo tipo de gente, incluso una vez alguien se puso a escalar por las estanterías".
Cuarenta años dan para muchas escenas: "Hubo momentos de todo tipo. El día era duro, pero con 25 años no tienes miedo a nada. El Campillín fue el Bronx en su época y tuve algún jaleo. Había paisanas que cruzaban la zona en taxi desde la calle Magdalena. El Trópico fue un sitio de referencia; cuando no había móviles, la gente quedaba aquí. La clientela te apreciaba y te daba cariño, y eso lo llevo dentro. Yo también puse de mi parte. Fueron muy buenos momentos, aunque hubo años bajos y aguanté como un cañón".
El futuro lo afronta con optimismo: "Voy a tener tiempo libre para disfrutar de mi mujer y mi hijo, para caminar. No soy de viajar; en Asturias hay muchas cosas guapas que ver. Volveré a mi pueblo, Huexes (en Parres), a recordar historias. Quiero estar tranquilo y vender el local. Escuchar la música de ‘Arcea’, el grupo de mi hijo, y verlo tocar el bouzouki, la guitarra, el bajo, el acordeón o el violín. Es muy bueno en lo suyo, un diez para él".
Cuando eche la persiana definitiva, un pensamiento le acompañará: "Será una mezcla de alegría y tristeza, porque dejo aquí cuarenta años de mi vida. Me quedo con el valor de la gente que me apoyó y me ayudó. El paso fue positivo".
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