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La sinfónica asturiana saca brillo a Dvorák en el Auditorio Príncipe

La OSPA, bajo la dirección de Tebar, se exhibe en un buen concierto con la interpretación de la pieza "The cry of Anubis"

La OSPA, ayer,  al inicio del recital. | IRMA COLLÍN

La OSPA, ayer, al inicio del recital. | IRMA COLLÍN

Jonathan Mallada Álvarez

Jonathan Mallada Álvarez

Oviedo

La Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias (OSPA) culminó, anoche, las citas de abono en el mes de enero mediante el sexto concierto de la temporada que, bajo el título "El resplandor de Dvorák", ofrecía un programa interesante y atractivo con obras del maestro checo, Johannes Brahms y Harrison Birtwistle dirigidas por Ramón Tebar.

La velada, patrocinada por LA NUEVA ESPAÑA, se inició mediante la "Obertura para un festival académico", una pieza compuesta por Brahms tras ser nombrado Doctor Honoris Causa por la universidad de Breslau. La OSPA se mostró bien ensamblada y ejecutó con acierto las inspiradas melodías de la partitura bajo el paraguas de una cuerda brillante y homogénea bien comandada por el concertino Aitor Hevia.

La pieza central del concierto era "The cry of Anubis" ("El grito de Anubis"), obra compuesta por Harrison Birtwistle interpretada por la OSPA por primera vez esta semana. "The cry of Anubis" concede gran protagonismo a la tuba, quien realiza durante la obra, de en torno al cuarto de hora de duración, un diálogo con la orquesta donde se contraponen, de forma efectista, los timbres de la tuba y las diferentes secciones de la OSPA. El principal de tuba de la formación asturiana, David Moen, fue el encargado de ejercer como solista y mostrar todas las posibilidades idiomáticas del instrumento, con un registro muy amplio y una gran potencia oara superar a una orquesta que se mostró sólida y compacta. El público acogió con aplausos esta pieza contemporánea, de fácil audición y con pasajes de corte cinematográfico.

La segunda parte estaba dedicada a una de las obras más emblemáticas de la historia de la música: la "sinfonía número 9 en Mi menor", op. 95 de Dvorák, más conocida como la sinfonía "Del Nuevo Mundo". La batuta de Ramón Tebar emergió en esta segunda mitad para ofrecer una versión notable de la obra, con un primer movimiento lleno de agilidad donde la OSPA evidenció una gran flexibilidad -a pesar de su gran plantilla- y un "Largo" repleto de lirismo y delicadeza en unas maderas muy entonadas. El "allegro con fuoco" final dejó momentos de grab expresividad gracias al dramatismo que Tebar, apoyado en una cuerda espléndida, supo imprimir a cada uno de los compases, rubricando una velada, de algo más de hora y media, que dejó buenos resultados artísticos.

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